No sé si son cinco, o más o menos. Si tuviera que hacer algún cambio, cambiaría sobre todo algunas ideas que se presentan como verdades cuando esconden un engaño y que están tergiversando el debate sobre el futuro del libro (y de la difusión de los textos):
1. El libro no ha de confundirse con el texto que difunde. El libro industrial, como anteriormente el libro manual, el incunable, el códice manuscrito, el rollo o la propia oralidad, son solo medios de transmisión del texto, que es el elemento que ha de sobrevivir, el verdaderamente importante en la cadena de la información y del conocimiento.
2. El mundo editorial es muy complejo y no puede limitarse a las grandes corporaciones editoriales, los grandes imperios económicos que, cada vez, se han ido alejando de los autores. Estos “dinosaurios editoriales” ya no tienen cabida en la Sociedad de la Información y del Conocimiento. Sus formas de trabajo y de negocio ya son obsoletos, pues el consumo rápido de best-sellers se realiza al margen de sus sistemas habituales de ventas. De la misma manera que el floreciente negocio de las enciclopedias en el siglo XIX ha desaparecido actualmente, así también desaparecerá en pocos años el negocio editorial basado en la continua publicación de libros, que han de ser sustituidos por otros en pocos meses para que la cadena de producción funcione.
3. Desde los organismos públicos, especialmente desde la Dirección General del Libro, y desde las Comunidades Autónoma se debe apostar por las pequeñas editoriales, por los nuevos modelos de negocio que se están planteando con las posibilidades de las tecnologías informáticas y las herramientas que están ya puestas a nuestra disposición. Ha sido muy triste ver cómo el Ministerio de Cultura en los últimos años se ha dedicado a defender a las grandes empresas (lo que debería haber hecho el Ministerio de Industria) y no a los autores, a los emprendedores del mundo editorial, que han visto mermada su capacidad de respuesta y participación en los órganos creados para analizar el presente y el futuro de los libros en nuestro país.
4. En este sentido, se debería dar una ayuda especial –de carácter fiscal y económico- a las nuevas empresas nacidas del mundo digital, que ofrecen propuestas novedosas, que serán, sin duda, el motor económico de los próximos años.
5. Y por último, los editores –y entiéndase, los empresarios al frente de editoriales tradicionales- deben abandonar los discursos apocalípticos de que sin los libros no habrá cultura. No habrá cultura sin TEXTOS, que se difundirán, como lo han hecho hasta ahora, en diferentes soportes. Se habla del ecosistema del libro, donde creadores, editores y libreros han de sobrevivir. Pero no hemos de olvidar que en este ecosistema también han existido (y existen) parásitos y depredadores, y muchas casas editoriales se han comportado como tales con los autores, con contratos draconianos, con derechos perdidos o con obras secuestradas. Estos piratas de la edición, estas costumbres de monopolio son las que ahora se han acabado. Y a muchos les debe dar miedo, porque se les acaba un tipo de negocio en que se encontraban muy a gusto, repartiendo y cambiando las leyes a su gusto.
