Ander Izagirre (San Sebastián, 1976) se define como “periodista satélite”. Será porque ha recorrido buena parte del mundo contando las historias que encuentra, aunque no precisa de grandes viajes para fascinar al lector con sus narraciones. Izagirre hace buena una de las máximas de su amigo y periodista Daniel Burgui: no hay que irse lejos para hacer buen periodismo, prueba de ello son reportajes como Las raíces de una vida. Charlamos con él de su pasión, el ciclismo, de algunos de sus libros y de la situación editorial en España.
P.- ¿Dónde nace su pasión por la bicicleta?
R.- En Luz Ardiden, 1985, cuando mi padre me llevó al Tour con nueve años. La niebla se tragó los Pirineos, no veíamos nada, y de repente apareció Pedro Delgado con la cara retorcida. Ganó su primera etapa, por los pelos. Después nos lo encontramos en el coche de su equipo, me firmó un autógrafo y me asombró su seriedad, llevaba la expresión de alguien que acaba de pasar una angustia o una agonía.
P.- ¿Se acaba, en parte, con esa frase lapidaria de una mujer a un niño cuando usted montaba en bici y pasaba descolgado en una carrera, “si vas a andar como este, tú mejor ni salgas”?
R.- No, esa frase de una espectadora me confirmó que debía dejar la competición. Pero mi pasión por la bici sigue muy viva. Disfruto mucho pedaleando, incluso cuesta arriba.
P.- Entonces comienza a ser un ciclista frustrado y pasa, además, a una profesión, como dice todavía un periodista de la vieja guardia, llena de frustraciones, el periodismo.
R.- El periodismo está lleno de frustraciones, sobre todo si aspiras a una vida estable y con buenos sueldos, pero ofrece oportunidades estupendas para meterse en mundos ajenos y variados, para conocer historias y vidas. A mí me da muchas más satisfacciones que frustraciones.
P.- Dedicándose al periodismo, ¿nunca le han dicho frases parecidas a la que le soltó aquella señora?
R.- Que yo sepa… no. Puede que a mis espaldas… Tampoco paso tiempo en una redacción, puede que eso me libre.
P.- Viendo su trayectoria, que está llena de pequeñas grandes historias, ¿estamos en lo correcto si dijéramos que le gustaría contar qué ha sido de ese niño de la frase anterior?
R.- Tengo curiosidad. El niño estaba vestido de ciclista cuando me vio pasar y cuando su madre le avisó para que no hiciera el ridículo como yo. ¿Se habrá dedicado al ciclismo? ¿Habrá hecho el ridículo como yo? Espero que sí. Es una experiencia que da cuajo.
P.- Junto a la nueva edición de Plomo en los bolsillos (Libros del K.O.) pusieron en marcha una serie de etapas ciclistas con usted a la cabeza a modo de promoción del libro, el Tour de Plomo lo llamaron. Confiese, ¿tenía miedo de encontrarse con aquella mujer de la frase…?
R.- Me daría más miedo encontrarme con el hijo. Estas giras a pedales (primero de San Sebastián a Madrid, luego de Bilbao a Santander) han sido muy divertidas, muy relajadas, nos han acompañado amigos en la carretera, hemos presentado el libro en montones de sitios, así que nos hemos olvidado de la competición y nos hemos volcado en la venta ambulante de libros, al estilo de los charlatanes que iban en carromato vendiendo crecepelos por el Oeste.
P.- ¿Con el hijo? ¿Por?
R.- Por si es ciclista y me da pa’l pelo en un repecho.
P.- Plomo en los bolsillos le ha supuesto motivos de alegría, como por ejemplo ganar la tercera edición del Certamen del Libro Deportivo Marca. Luego viene la publicación con Libros del K.O.
R.- Quisieron reeditar el libro y que yo añadiera algunos capítulos nuevos, sobre los últimos Tours. Confieso que me daba pereza escribir sobre el ciclismo actual, plagado de escándalos y decepciones, pero le di una vuelta: quizá ya no podemos cantar la épica de los campeones como cuando éramos críos, pero seguimos encontrando grandes historias en el Tour, por ejemplo entre los perdedores. En el Tour hay derrotas preciosas y son más fiables que las victorias. De Contador me gusta más el Tour que perdió en 2011 que los que ganó. Y algún ciclista reciente como Vansevenant, que jamás ganó una carrera, pasó a la historia por pedalear lo más despacio posible, incluso descolgándose aposta en la última etapa, con la intención de ser el último clasificado en tres ediciones seguidas.
“El periodismo está
lleno de frustraciones,
sobre todo si aspiras
a una vida estable y
con buenos sueldos”
P.- ¿Quién dio con quién? ¿Cómo empezó a trabajar con ellos?
R.- Emilio Sánchez Mediavilla, que es un chico muy raro, escribió un blog veraniego sobre traineras en El País. Era un blog maravilloso y cumplía uno de los grandes logros de la crónica periodística: fascinar al lector con historias sobre un tema que no le interesa. Yo le mandé un reportaje mío sobre la misteriosa invención de la trainera, una historia del siglo XVIII que a mí tampoco me interesaba pero que me pareció preciosa. Después de aquella correspondencia, nos conocimos en persona en las regatas de La Concha. Le pasé mi libro viejo con historias del Tour de Francia. Se empeñó en reeditarlo, con capítulos nuevos. Y así seguimos desde entonces, fascinados por historias que no nos interesan.
P.- Nos han dicho que uno de ellos es un “talibán de la edición” y que ante cualquier leve detalle que muchos pasarían por alto es capaz de retener la impresión.
R.- Agradezco mucho que los editores sean estrictos con los textos hasta la obsesión. No hablo solo de ortotipografía, sino del amor por la precisión. A propósito del cáncer de Armstrong, los editores me cuestionaron la exactitud del término “coriocarcinoma” y me recomendaron dejarlo en “carcinoma” a secas. Qué tíos.
P.- ¿Qué encuentra el lector en su libro sobre ciclismo que no esté en otros?
R.- Más que unas crónicas deportivas del Tour, el libro es una galería de personajes bastante estrambóticos. Desde los aventureros brutales que hace cien años corrían etapas de treinta horas, se subían a trenes para hacer trampa y se dopaban con bacalao, hasta el musulmán que iba camino de ser el primer ganador de etapa africano pero que acabó borracho y desmayado; pasando por el ciclista que se arrepintió de ganar el Tour porque semejante triunfo inesperado le arruinó la vida (Walkowiak) o el que se alegró de no haberlo ganado nunca porque entonces nadie se acordaría de él (Poulidor, que siempre quedaba segundo o tercero).
P.- Habla también de dopaje, ¿es posible borrar esa lacra del ciclismo o es algo que caminará de la mano de este deporte y otros?
R.- La historia del Tour no encaja en el género de “vidas de santos y otras vidas ejemplares”. El primer ciclista que se escapó en la historia del Tour, Aucouturier, llevaba botellas de vino tinto para pedalear con furia. En 1924 Pélissier cuenta cómo resistían el Tour a base de cloroformo y pastillas. En 1951 Koblet hizo una exhibición después de meterse un supositorio de cocaína. En 1967 Simpson murió en el Mont Ventoux, reventado por el esfuerzo, el calor y las anfetaminas. Y solo entonces se establecieron el concepto de dopaje y los controles. La historia del Tour es, entre otras muchas cosas, una historia del dopaje. En el ciclismo se reflejan las grandezas y las miserias de la vida, la generosidad, el empeño, la heroicidad, y también, por supuesto, la codicia y la trampa.
P.- El Tour siempre está salpicado de este tipo de casos. ¿Cómo definiría a esta carrera?
R.- El Tour es una narración. No es casual que lo inventaran unos periodistas para vender más periódicos. Por eso es una historia fabulosa que dura tres semanas, con entregas diarias, con momentos de tensión y momentos de transición, con tramas y subtramas, con todo tipo de protagonistas y personajes, de héroes y antihéroes. El dopaje es un problema muy grave precisamente porque ataca a la credibilidad de la narración: si no nos creemos el final, si dudamos del campeón en París porque quizá lo acabe descalificando un laboratorio, tenemos un problema narrativo serio, que espanta a los espectadores.
P.- ¿No tiene ningún tipo de reticencias hacia este deporte?
R.- Sí, claro. Tengo esas reticencias por la falta de credibilidad. De todas maneras, las carreras de tres semanas me siguen pareciendo una fórmula apasionante, con esa mezcla entre fuerza bruta y estrategia fina, como si practicaran boxeo y ajedrez de manera simultánea, y sigo viéndolas con mucho interés. La diferencia es que ya no las veo con la pasión de un chaval. He desarrollado un recelo ante la épica. Pero, como periodista, le sigo encontrando historias muy atractivas más allá de las hazañas de los campeones. Una historia atractiva no tiene por qué ser una historia ejemplar.
P.- ¿Qué le parece la decisión que tomó Armstrong días atrás?
R.- Decepcionante. Si decide no defenderse, nos quedan pocas razones para el entusiasmo por sus hazañas. Más allá de las hazañas nos quedará una historia interesante, aún sin completar, porque Armstrong es un personaje complicado, con claroscuros, un personaje que da mucho juego.
P.- Ahora su compañero en el US Postal, Tyler Hamilton, desvela en un libro los presuntos métodos que empleó el heptacampeón de la ronda francesa y afirma “Armstrong tenía dos años de ventaja sobre el resto en materia de dopaje”.
R.- Tengo muchas ganas de leer ese libro.
“Una historia atractiva
no tiene por qué ser una
historia ejemplar”
P.- Ha llegado a saber por qué se dopa el ciclista, ¿prefieren el triunfo como sea que quedar en un segundo plano?
R.- Pues es obvio que se dopan para conseguir triunfos, fama, dinero, ¿no? La clave del dopaje no está en la mayor o menor dureza de un recorrido, porque también hay dopaje en los cien metros lisos, sino en la codicia por ganar al rival. Y eso no va a desaparecer.
P.- Publicó con e-cícero, que es una editorial que apuesta por libros electrónicos que están a medio camino entre un reportaje largo y un libro, Groenlandia cruje (y tres historias islandesas). ¿Es esta una de las vías para que el Periodismo salga de la crisis que le rodea?
R.- No, eso es mucho decir. El e-book solo es una vía interesante para algunos textos, como los reportajes largos, que no tendrían salida en otros medios. Quizá se vaya convirtiendo en una manera fácil de que los periodistas autónomos divulguemos y vendamos por nuestra cuenta nuestras historias, así que andaremos atentos.
P.- ¿Cómo ve el patio periodístico en España?
R.- Lleno de cascotes y con gente deambulando. Y también con mucha gente entusiasta montando proyectos, inventando nuevas maneras, reviviendo el periodismo como una aventura. Solo falta que alguien acierte a convertir esas nuevas maneras en una profesión.
P.- Hace unos días leíamos en una conocida red social una publicación de uno de tus editores en libros del K.O., Emilio Sánchez Mediavilla: “Tuvo que venir la abuela de Ander Izagirre a resumirnos a los metafísicos y llorones en qué consiste esto del periodismo. Y lo hace cantando: “Traigo noticias de todos los países, reportes de la guerra que causan sensación, gobierno en crisis y el crimen de Granada, los toros de esta tarde y un robo en la estación”. ¿Nos faltan noticias, verdad? ¿Hemos puesto el modo altavoz y no nos acordamos que el periodismo precisamente era esto, traer noticias?
R.- Los periodistas a veces nos ponemos demasiado trascendentales, pedaleamos en el velódromo de nuestros ombligos, damos vueltas y vueltas sobre nuestra misión. Metafísicos y llorones, decía Emilio, y creo que tiene razón. Está bien debatir, está bien replantearse nuestro trabajo, pero sin perder la perspectiva: lo que tenemos que hacer bien es conocer y contar historias. Los protagonistas y si acaso los héroes de las historias son los que las viven, no los que vamos a contarlas.
P.- Pero para usted no hay tal crisis, decía en una entrevista en el libro Seguimos informando que se trata de “una bendición para el periodista autónomo”.
R.- No, no. Una cosa es la crisis económica general, que es bien gorda, y a los autónomos nos afecta porque no nos compran los trabajos o no nos hacen encargos, y cuesta cada vez más alcanzar un sueldo mínimo publicando en los medios. Otra cosa es la crisis de los medios convencionales: el escenario tradicional de los medios se ha puesto patas arriba, pero ese caos y ese derrumbe han abierto a la vez una época de exploración, de búsqueda de caminos, de nuevas posibilidades para publicar y divulgar tus trabajos al margen de los medios. El periódico de mi ciudad ya no me compra reportajes, pero gracias a las redes sociales, a las revistas digitales, a mi blog, llego a otros editores y a otros lectores de otros ámbitos y de otros países. Eso sí: es una tarea muy trabajosa y cuesta muchísimo ganar un dinero mínimo para seguir viviendo de esto. Si no fuera por mis trabajos laterales (edito textos, escribo guías, paseo turistas…), no podría pagarme el periodismo que de verdad quiero hacer. No es buen momento para el oficio.
P.- Cerramos. Miguelón Induráin es un extraterrestre que vino a la Tierra para demostrarnos que se pueden tener 30 pulsaciones por minuto, llegar bien lejos en el sufrimiento subido encima de un sillín, y anunciar sobaos, ¿verdad?
R.- Y encima arreglaba despertadores. O eso creía, según una leyenda, una abuela de su pueblo que fue a su casa con un despertador averiado porque había oído en la tele que Induráin era “el mejor relojista del mundo”.
P.- ¿Cuál es su palmarés? Como ciclista, claro.
R.- Mi triunfo más hermoso es el de la clasificación de las metas volantes en el Circuito de Larratxo de 1994. Los organizadores pintaron rayas de metas volantes por distintos puntos del circuito, en el pelotón nadie sabía cuál de ellas puntuaba en cada vuelta, y se ve que yo pasé en cabeza por varias de ellas sin saberlo. Gané dos mil pelas.

