Que las cabinas de teléfono se han convertido en meros adornos en las calles no es algo que haya pasado inadvertido. Ajadas por el paso del tiempo, con algo de herrumbre, y sufridoras de alguna que otra escaramuza de vándalos urbanos, estos teléfonos públicos, que a más de uno sacaron de un apuro, no han tenido más remedio que ceder espacio al teléfono móvil. Ahora las calles están pobladas de personas con la cabeza baja que miran hacia las pantallas de su terminal.

Biblioteca libre en una cabina de Nueva York ideada por el arquitecto John H. Locke. /INFORMATBL.COM
Con algo de suerte uno aún puede cruzarse en su trajín diario con una cabina; en uno de esos cruces el arquitecto neoyorquino John H. Locke pensó que sería buena idea mantener estos elementos del paisaje urbano dándoles otros uso. Hay que recordar que solo en la ciudad de Nueva York hay más de 10.000 de estos teléfonos.
La propuesta de Locke es reconvertir las cabinas telefónicas en bibliotecas libres. En su idea, los propios ciudadanos son los encargados de llenar con libros las baldas de las estanterías instaladas en el interior del cuerpo de la cabina: tan fácil como dejar un libro, mirar qué otros títulos hay y coger el que más guste.

Dos personas en Nueva York atraídas por la idea de Locke. /INFORMABTL.COM
El arquitecto hizo la prueba hasta en cuatro ocasiones dentro de cabinas del Upper West Side, encontrando una interesante reacción: la mecha prendía, la gente colaboraba. Los nuevos espacios culturales del arquitecto acababan por desaparecer, pero fueron la muestra viva de que la cultura libre funciona: la gente entiende el concepto y colabora. La ciudad, a veces, se convierte en el peor enemigo; otras, en cambio, puede ser un lugar maravilloso. No hay duda que con estas bibliotecas libres sería más lo segundo que lo primero.
Vía: Informatbl.com/ Revita/ The Atlantic Cities

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