“Periodista y escritor”. Así se define Bruno Galindo cuando Libros.com intenta encasillarle. El público (Lengua de trapo, 2012) y la situación del panorama editorial monopolizan esta conversación en la que, además, hay una interesante reflexión sobre la necesidad de “más imaginación” en el mundo editorial.
P.- “Bruno Galindo produce textos en distintas superficies”. ¿No cree que esta descripción que aparece en su blog puede inducir a pensar que usted es una máquina, que puede producir textos sin más?
R.- La mayor parte de la gente que se dedica a escribir se gana la vida en más de un ámbito: literatura, prensa, guiones, publicidad, canciones… Yo trabajo en proyectos literarios, en prensa y en textos concebidos para ser leídos en público. ¿Me convierte esto en una máquina? No lo creo.
P.- En referencia a esto último, ¿hay mucho autómata en el panorama editorial?
R.- No sé cómo trabajan los demás. En cualquier caso no soy un experto en el panorama editorial. Y prefiero pensar en el panorama literario.
P.- Hace unas semanas entrevistamos a Gonzalo Garrido, autor de Las flores de Baudelaire. Dice en su blog: “La literatura basura ha llegado al mundo editorial para quedarse”. ¿Cree que esta es la situación actual?
R.- Desconozco qué motivos hay detrás de esa consideración. Siempre es tentador decir que las cosas están peor que antes, y desde luego habría motivos para pensarlo cuando el presentador de Sálvame publica una novela -y que la prensa seria lo juzga relevante-. Es un fenómeno a estudiar que una experiencia vocacional, tan dura como la del novelista, seduzca tanto a gente de la farándula. Pero desde que tengo uso de razón veo que parte se publican novelas de presentadores de televisión, de famosos en general. De lo que se deduce que no hay literatura basura si no hay antes editoriales tóxicas bien dispuestas.
P.- ¿Cree, además, como apunta el autor mencionado, que “no es algo improvisado, viene de atrás. Pero con la crisis y la digitalización se ha acelerado”?
R.- No veo en qué modo esos pueden ser esos factores de aceleración. Coincido en que la cosa viene de atrás, como acabo de argumentar. Pero no veo demostrable que hoy haya más basura que ayer.
P.- Intentaremos nosotros darle una definición de usted. ¿Periodista musical y novelista? ¿Le vale?
R.- He ejercido el periodismo musical mucho más hace años que ahora. Hoy escribo sobre más cosas, en parte por gusto y en parte porque no me queda otra opción como periodista freelance. Por otro lado -y aunque la novela es mi mayor interés- he publicado libros de otros géneros: poesía, reportaje, ensayo musical. Así que, si se empeña en definirme, mejor periodista y escritor.
P.- ¿Podría explicarle al lector cuáles son las diferencias entre un perfil y otro? ¿Cómo afronta la escritura en uno y otro caso?
R.- Como periodista estás al servicio de formatos predefinidos e incluso a estilos editoriales marcados que dejan muy poco -cada vez menos- margen a la improvisación. Como novelista puedes trabajar en un territorio narrativo con absoluta libertad de mezclar tiempos, espacios, géneros.
P.- Hablemos de El Público¸su novela. Le da caña al Periodismo pero… ¿es necesaria? Entiéndanos, día a día el gremio hace esfuerzos para dejarse en evidencia el solito, ¿no?
R.- No es necesario darle caña al periodismo ni a nada. No es el objetivo principal de la novela, aunque quede tocado como daño colateral. El periodismo me pareció un ámbito interesante para hablar del cambio del viejo al nuevo mundo, que es el verdadero empeño de la novela.
P.- Quizá es que lo hemos mitificado demasiado y no era para tanto…
R.- El periodismo tenía, hasta hace poco, la exclusiva de la interpretación de la realidad. Hoy la comparte con el público, que además tiene la capacidad de replicarle.
P.- Alberto Olmos nos decía que El público “es una de las mejores novelas españolas que se han publicado en los últimos meses”. ¿Qué dice a esto?
R.- Evidentemente valoro una crítica tan positiva; cualquiera lo haría. Intenté que El público fuese una buena novela, y celebro que cualquier lector así lo corrobore. El libro está cosechando grandes elogios, pero llevo el tiempo suficiente leyendo prensa como para entender que sería el próximo puede ser machacado. No hay que pensar demasiado en las críticas, sean buenas o malas.
P-. ¿Y a que Ignacio Reyo lo incluya en ‘Diez libros que definen nuestra época’ junto a La carretera de Cormac McCarthy o El club de la lucha de Chuck Palahniuk?
R.- El público tiene pretensiones de narrar, con perdurabilidad, un determinado momento histórico que, por cierto, aún no ha terminado. Así que estoy de acuerdo en que define su época. Estar en una lista con Palahniuk, McCarthy o Houellebecq es un elogio que no sé si merezco. Los rankings siempre son polémicos, uno siempre dice que sobra este o falta aquel otro. Y yo no escribo con fines competitivos sino justamente para dejar de estar en un mundo competitivo. Vuelvo a decir que a la experiencia de leer sobre el trabajo de uno hay que darle el debido valor y la justa (des)confianza.
P.- Leer su novela traslada al lector inmediatamente al momento actual. Dijo en una entrevista que hoy “nadie quiere hablar de lo que le preocupa”. ¿Por qué? ¿No sería esa una forma de encontrar soluciones?
R.- No recuerdo en qué contexto dije tal cosa, pero es evidente que si en algo han cambiado las cosas la ruinosa situación actual es que precisamente sí nos hemos puesto a hablar de lo que nos preocupa. De repente todos tenemos una opinión política. También tenemos miedo.
P.- Otra solución, por ejemplo, sería dejar de ser como los demás, algo que reconoce en su texto. Pero, ¿es posible?
R.- Yo no creo que haya que dejar de ser como los demás o todo lo contrario, sino como a cada uno le dé la puñetera gana. Dios me libre de decirle a los demás cómo deben ser.
P.- Volviendo al inicio de la entrevista. ¿Usted cómo ve el panorama editorial? ¿Cree que sigue siendo un determinado modelo de negocio que triunfó con la imprenta industrial en el siglo XIX?
R.- La editorial es la última de las industrias del contenido en sufrir la gran transformación tecnológica, y tiene delito que mientras estaban cayendo los negocios periodístico, musical o cinematográfico, los editores hayan estado tan poco espabilados, como si no fuera con ellos la cosa. Creo que en el futuro -perdón: ya mismo- tiene que haber mucha más imaginación en el mundo editorial. Y en esto tienen que trabajar juntos editores, puntos de venta y autores. Las librerías -sobre todo las pequeñas y medianas- deberían tener estrategias más lúdicas: lecturas, ciclos, encuentros con escritores, autores-libreros, firmas, pequeños festivales, spoken word… No entiendo que los puntos de venta solo se esfuercen por hacer cosas especiales cuando llega la Feria del Libro (evento que necesita directamente un director artístico).
P.- ¿Cómo ve que surjan otras alternativas a la publicación: crowdfunding, co-edición, autopublicación…?
R.- Positivo, claro. Hay mucha gente que escribe bien, mucha más de la que es publicada. Las facilidades para publicar, sobre todo en el ámbito digital, harán que la cosa sea más justa.
P.- ¿Son fórmulas saludables para la edición?
R.- No necesariamente. El amateurismo (también) traerá libros ilegibles, pésimas ediciones, libros que nadie en su sano juicio hubiera publicado, historias infumables que nadie leerá. Esto ya lo vimos con la música. Saldrán pocas maravillas de esas alternativas, pero algo saldrá. Más trabajo para el crítico, que tendrá que manejarse bien en las redes. Grandes (y viejos) medios no se molestan en bajar a ciertos niveles. Algunos ni siquiera tienen curiosidad por los catálogos independientes.
P.- Pregunta obligada. IVA diferente en libros físicos y digitales. ¿Usted podría explicarnos por qué? ¿Cuál cree que es el argumento que sustenta esta diferencia?
R.- La pugna entre el desprecio y el desconocimiento de nuestros políticos. Un libro de papel es un libro, un libro electrónico es visto como una transacción de comercio electrónico.
P.- Cierre. Nos podría decir cinco libros que deberíamos leer sí o sí.
R.- Urbana (Fogwill), W (Georges Perec), Plataforma (Michel Houellebecq), La exhibición de atrocidades (J. G. Ballard) y El libro uruguayo de los muertos (Mario Bellatin).

