A veces escribir no sólo depende de la inspiración del artista, sino también de su entorno. Y a veces ese entorno debe estar configurado de una forma especial para que las musas visiten al escritor. Otras siguen un auténtico ritual de preparación antes de empezar a escribir. Nunca se sabe qué va a hacer a la caprichosa inspiración quedarse…

Alejandro Dumas
La ropa es algo a tener en cuenta a la hora de sentarse a componer una obra literaria. Bien porque es más cómoda o bien porque le aporta cierta seguridad al escritor. Un claro ejemplo de ello era Alejandro Dumas (Los tres mosqueteros), quien vestía con una sotana roja de mangas anchas y sandalias; o Balzac, que usaba una túnica blanca de monje. John Milton, escritor del famoso El Paraíso perdido, se envolvía en una vieja capa de lana. Otros menos conocidos como Pierre Loti o el conde Buffón le prestaban más atención a su indumentaria. Loti usaba trajes orientales y decoraba su habitación en un estilo turco, mientras que Buffón se vestía de etiqueta con espada al cinto incluida.
El horario y el entorno en el cual se trabaja también es importante para un escritor. Gabriel García Márquez (Cien años de soledad) siempre tiene que tener una flor amarilla encima de la mesa y escribe descalzo. A Jean-Paul Sartre le gustaba escribir en los cafés con el ruido ambiente de fondo. Juan Ramón Jiménez, en cambio, prefería el silencio absoluto hasta el punto de que llegó a forrar de corcho su despacho. Se comenta que incluso llegó a irse a vivir a un monasterio durante algunos períodos de tiempo para crear sus obras.
José Saramago sólo escribía dos folios diarios. Jorge Luis Borges solía meterse en la bañera por la mañana y repasar los sueños que había tenido esa noche para meditar si le servían para un poema o un relato. Franz Kafka solía escribir a oscuras o en penumbra, y siempre con tinta azul o morada, mientras que Pablo Neruda prefería la verde. A Truman Capote seguro que le daba igual la tinta, pero siempre llevaba con él un diccionario y un lápiz para poder hacer sus anotaciones en cualquier momento.
Mario Vargas Llosa, madrugador nato, se levanta todas las mañanas a las siete para trabajar, y además rodeado de hipopótamos (suponemos que figuritas de todos los tamaños y colores). Haruki Murakami es mucho más estricto en comparación. Su rutina empieza a las cuatro de la mañana y trabaja seis horas seguidas. Por la tarde corre diez kilómetros o nada mil quinientos metros, y por la noche se acuesta a las nueve. El porqué de esta rutina tan estricta que sigue todos los días del año no es otra cosa que buscar un cierto grado de hipnosis,la cual le permite alcanzar un profundo grado mental de inspiración y creación a la hora de trabajar.
Pero estas costumbres no pasan de ser simples manías para buscar la concentración necesaria más que supersticiones en sí.
Supersticiones y brujerías varias

Isabel Allende
Isabel Allende, por ejemplo, si es supersticiosa. Antes de empezar a escribir realiza conjuros, y siempre empieza sus novelas el ocho de enero. T.S. Elliot escribía solamente un par de horas al día porque consideraba que a la tercera hora las musas le dejaban sólo ante el peligro de la hoja en blanco. Ernest Hemingway solía llevar siempre una pata de conejo con él.
El escritor inglés William Somerset Maugham (El velo pintado) no se replanteó lo de ser supersticioso hasta que, estando de viaje por China, una mendiga le echó una maldición por no darle limosna. Desde ese día, tenía siempre en su escritorio un amuleto contra el mal de ojo que también cosió en toda su ropa e incluso dibujó en sus manuscritos. Sir Winston Churchill, premio Nobel de Literatura en 1953, no salía a la calle sin su bastón de la suerte. A parte, sentía verdadera aversión al número trece, tanto que llegó a rechazar comidas en las que el número de comensales fuese doce más uno si él se sentaba a la mesa.

Pingback: Novelas inspiradas por las drogas | Blog | Libros.com