El actual panorama editorial, entiéndase, es como un océano en el que cada día navegan infinidad de barcos. Los hay de todos los tamaños: grandes con tripulaciones que llevan años capeando temporales; medianos que notan como el casco de la embarcación precisa de una buena soldadura para evitar entradas de agua; pequeños que con ligereza avanzan en el rumbo que marcaron en la carta de navegación y que generan, cada vez más, la admiración de las gentes que están en tierra firme. Cada cierto tiempo, algunos de ellos, los más grandes, atracan en un puerto por orden de su capitán; entonces, comienzan las conversaciones entre los cargos de mando. Las charlas, dicen los entendidos, pueden alargarse meses y finalizar, en el mejor de los casos, en el acuerdo de aprovechar sus naves, y la tripulación que trabaja en ellas, para crear una embarcación aún mayor con la que surcar las aguas, con la certeza de que durante unos años más serán ellos los que crearán el movimiento en el agua que tambalee al resto de embarcaciones y no al contrario, incluso a esas que gozan de la última tecnología y que tienen nombre de manzana, monstruo imaginario y… bueno, la otra, tiene en su interior un enorme centro comercial.
Y eso, lo de crear una gran embarcación, ocurrió este lunes 29 de octubre. Bertelsmann, el mayor grupo de medios de comunicación de Europa, anunció la fusión entre su editorial Random House y Penguin Group. Del resultante, el conglomerado mediático poseerá un 53% y Pearson el 47%. La calificación que recibió esta acción por parte de los primeros fue de “hito”. Y no se quedan cortos con tal palabra al obedecer a las siguientes razones: el volumen de negocio estimado rondará –vista la facturación del último año y sorteando posibles batacazos, que no todo será un jardín de rosas- los 3.000 millones de dólares; Random House tiene a día de hoy 45 editoriales subordinadas; la empresa resultante de la fusión no tendrá complejos para hablar de digitalización; tendrán en sus filas a un buen conjunto de escritores superventas, de los más grandes de la actualidad.
Con las fusiones cunde también el temor en las plantillas, pues creen que, pese al tamaño de la nueva nave, habrá lastre que dejar en tierra antes de poner otra vez rumbo a alta mar. Nada a la vista por el momento; sí se sabe que la fusión no recibirá el status de completada hasta la segunda mitad de 2013.
Bertelsmann no es un actor nuevo cuando se habla de fusiones editoriales. En Julio de 2011, Random House y Mondadori unían fuerzas creando el segundo grupo líder mundial en la edición de libros en lengua española. El resultante tenía una variopinta fila de autores: Mario Benedetti, Umberto Eco o Stephen King.
Los que esperan en puerto a estas grandes naves no tienen que echar la vista muy atrás para recordar casos similares; no de tanta envergadura, quizás, pero sí relevantes. Bastante. La editorial Anagrama abandonaba en diciembre de 2010 su premisa de mantener en el mando de tripluación únicamente marinos de la familia. Su capitán y fundador, Jorge Herralde, daba paso en el accionariado a la italiana Giangiacomo Feltrinelli Editore, que está entrando de forma paulatina. Dentro de cinco años controlará el 49 por ciento y Herralde cederá el timón a Carlo Feltrinelli. “Soy de 1935 y no tengo herederos. La solución para la continuidad era Carlo Feltrinelli, le gusta Anagrama y siempre me dijo que si yo quería él estaba dispuesto”, dijo a El país el editor español. A la vista, que la editorial siga con la misma independencia que mantiene desde su creación. Habrá que esperar a las mareas, que serán ellas las que acaben decidiendo la trayectoria del barco.
Más. En enero de 2012, el alto mando de Roca Editorial y el capitán de Libros del Atril aprobaron la fusión por absorción de la segunda.
Hay casos en los que el casco de la nave está tan desvencijado por las desavenencias económicas que la aparición de otra nave en la que montar a la tripulación -que está más cerca de saltar por la borda que de seguir en galeras- es la única baza. Ariel, en los años setenta, vivió lo que supone una revolución tecnológica y no tener los cuartos necesarios para unirse a ella. La renovación no era capricho del editor, la obsolescencia hacía de las suyas y no les permitiría ser competitivos. Fue entonces cuando apareció Seix Barral. Compartiendo gastos llegaron hasta 1982, fecha en la que la Editorial Planeta se hacía con los dos sellos. Esta los mantuvo vivos, a ellos y a sus líneas editoriales trazadas años ha por sus respectivos fundadores. O intentándolo.
Las cuentas pendientes
Que una fusión supone beneficios para las cuentas empresariales de una editorial –o eso se presupone-; que las plantillas saben que durante el proceso es más que posible que algunas de sus sillas sufran movimientos poco agradables; que la producción editorial del conglomerado resultante aumentará. Estas son solo algunas de las conversaciones solapadas a cualquier proceso de fusión. Ahora es el turno de que también se solape la mejora en la recepción y gestión de los manuscritos que envían los autores, que se abran las puertas al talento y que, por favor, no se olvide a la parte más importante de todo este círculo, el lector. Escúchenlo.

