
Sigo recordando con agrado mi lectura de la primera novela de Bruno Galindo. El recuerdo me habla de extrañeza, frialdad, mecanismo. El público es una novela intensamente intelectual, poco cariñosa, apenas atenta a su propia trama, orillada por ese pensar el sistema a que se encomienda la voz narradora. Las reflexiones se dirigen, en primer término, hacia los medios de comunicación y su modo de entender al receptor: el público. Aquí el autor da muestras de una enorme perspicacia y de una considerable falta de piedad hacia un oficio, el periodismo, tan excesivamente mitificado. En segundo término, aparece el amor, la pareja, inscritos sin pudor en un arco etario concreto: la generación de los nacidos en los años 70 en España. Las páginas sobre la, digamos, pareja stándard-moderna-treintañera-autosatisfecha son particularmente memorables en su cinismo, su contundencia, su -nuevamente- desacralización de un modelo de vida que se nos ensalza continuamente en las revistas de tendencias. Sanamente influida por Las cosas, de Georges Perec, El público es una de las mejores novelas españolas que se han publicado en los últimos meses.
Alberto Olmos
