Continuamos con el recuento de escritores reconocidos internacionalmente y que al morir nos dejaron alguna frase para el recuerdo, y que empezamos con la entrada anterior.

El encargado de abrir esta segunda entrada es el poeta galés Dylan Thomas (1914-1953), quien murió a causa de una neumonía y de los problemas hepáticos que arrastraba debido a su alcoholismo. En sus últimas palabras, no dudó en fanfarronear sobre el aguante que tenía bebiendo: “Me he tomado dieciocho güisquis. Creo que es mi record…”. Lo malo es que sólo sobrevivió lo suficiente para contar su hazaña antes de morir.
George Gordon Byron (1788-1824), más conocido en la literatura inglesa como Lord Byron, tuvo que irse a Grecia en la última etapa de su vida como miembro del Comité de Londres para ayudar a declarar el país independiente del imperio otomano. El día de su muerte, entre altas fiebres, se despertó un momento simplemente para decir: “Me voy a dormir. Buenas noches”, y horas después pasó a mejor vida.
León Tolstói (1828-1910), autor de Guerra y paz o Ana Karenina (con una nueva adaptación próximamente en los cines españoles), fue un hombre que renegó de la iglesia ortodoxa imperante en Rusia. Cuando estaba ya con un pie cerca de la tumba, sus amigos intentaron que se reconciliase con su fe, a lo que él les contestó: “Incluso en el valle de las sombras de la muerte, dos y dos no hacen seis.”
El escritor de la ahora tan de moda por su reciente adaptación cinematográfica del musical de Los Miserables, Víctor Hugo (1802-1885), murió por culpa de una pulmonía. Él solo se ha cargado la teoría que Hollywood lleva vendiéndonos desde pequeños sobre la luz al final del túnel porque sus últimas palabras fueron: “Veo una luz negra.”
Aldous Huxley (1894-1963) era conocido por, a parte de escribir Un mundo feliz, experimentar con las drogas. Antes de morir le pidió a su esposa que le inyectase “LSD: 100 microgramos”.
A Hector Hugh Munro (1870-1916) se le conocía en el mundo literario como Saki. Cuentista, novelista y dramaturgo, nació en la actual Birmania, que por aquel entonces pertenecía al imperio británico. Aunque podría haberse librado por la edad, se alistó en el ejército durante la Primera Guerra Mundial. Según contaron sus compañeros, la última frase que se le oyó gritar fue “¡Apaga el maldito cigarro!”, justo antes de recibir un balazo del frente enemigo.
Charles Dickens (1812-1870) sufrió un accidente de tren al que milagrosamente sobrevivió, pero justo cinco años después murió de un ataque al corazón (lo cual es una novedad dentro del mundo de los escritores de aquella época). La frase que se le atribuye al famoso escritor de Cuento de Navidad es “¡Al suelo!”. Si queréis saber por qué, tendréis que leer El libro de los finales de Albert Angelo, publicado por la editorial El Aleph.
Y cerrando esta entrada, tenemos a Karl Marx (1818-1883). Filósofo, economista y escritor de El capital, murió por la complicación de un resfriado que se trasformó en pleuresía. Cuando estaba en el lecho esperando la muerte, su sirvienta le preguntó si tenía algunas palabras que quisiera compartir para la posteridad, y él le contestó esto: “¡Vamos, fuera! ¡Las últimas palabras son para estúpidos que todavía no han hablado lo suficiente!”.




















La saga se llama Wild Cards, y aterriza en nuestro país precedida por las buenas críticas y las ansias de los fans de la ciencia ficción que habían oído hablar de ella. Eso sí, que no os engañen, George R.R. Martin es el editor y co-autor de algunas de las historias, pero en principio él no es el escritor de esta nueva antología literaria que llegará a nuestras librerías a finales de marzo.

