Unas minutos con Amin Maalouf

Llegado a una cierta edad, pongámosle cincuenta años, por ejemplo, recibe la siguiente propuesta: “Escriba sobre su juventud”. Pese a que alguno le resultara escandaloso que con esa edad ya no lo consideren joven, que todo puede ser,  serían pocos los que no se aventurasen a relatar peripecias y desventuras, entre otras cosas de la oferta vital; incluso, para qué extrañarnos, los que viven el fervor de la juventud aceptarían la propuesta. No es el caso del escritor Amin Maalouf  (Beirut, 1949). Lleva décadas escribiendo, pero no ha sido hasta su última novela, Los desorientados (Alianza Literaria), cuando ha entrado en esa etapa de su vida, aunque de forma indirecta. Su explicación: “Hay cuestiones de la vida que requieren un tiempo de maduración para abordarlas. Creo que en la trayectoria mental que se sigue en una vida hay ciertos momentos en los que puedes hablar de unas cosas y no de otras, porque no están maduras”.

Esa ligazón a su juventud está vinculada, inevitablemente, a su tierra, Líbano, de la que marchó joven -conocidas por todos son las convulsiones de ese enclave-. Maalouf cuenta en Los desorientados la historia de un hombre, Adam, que años atrás dejo su tierra natal y recibe la llamada repentina de un amigo. Está enfermo y le queda poco tiempo de vida. La vida, que nos la juega cuando lo considera oportuno, acelera el reloj para que la parca y su guadaña aparezcan, y hagan lo que mejor saben. Llega tarde al encuentro no planeado.

En memoria de su amigo decide reunir al resto de trupe de la juventud. Esa búsqueda, esa reunión, dice Maalouf, sirve para construir el pasado y el presente. Y esas perdidas que se suceden en esos espacios temporales.

Y habla entonces, ahora sí directamente, del lugar donde nació: “Nunca me he visto privado de volver. Me marché de forma voluntaria. Pero tener una relación muy serena con el Líbano es difícil, lleva cuarenta años atravesando una zona turbulencias y estos problemas no se acaban como demuestran los acontecimientos de hace unos días -en Beirut se vive con miedo vive con temor a la reactivación de las viejas fronteras sectarias-”. En esta especie de confesión íntima que esecinifica, Maalouf señala que no han sido pocas las veces que su tierra le ha decepcionado por los hechos que se han sucedido. “Y por eso creo que con este libro he escrito un libro alegre sobre un tema triste”. Todas estas palabras que brinda al periodista tienen lugar en un encuentro organizado en Casa Árabe para la prensa en España , país con el que tiene una relación especial, dice. “Una relación que remonta a León el africano, cuyo tema era una de las páginas de España. Esa relación se ha consolidado con el tiempo. Y en mi visión de un mundo reconciliado España tanto la de hoy como la  del pasado ocupa un lugar simbólico importan”.

Esa reconciliación de la que habla contrasta con su siguiente línea de discurso: Irak, Libia, Siria y Mali. “Es difícil posicionarse pero no voy a escabullirme”. Y no lo hace, llegando incluso a decir que “occidente puede ayudar en el proceso de democratización”; eso sí, interviniendo cuando se debe y de forma oportuna. “En Siria hubo un momento de intervención fácil pero hoy parece bastante complicado. Creo que la intervención en Libia estuvo justificada pero fue un error no tener en cuenta a los rusos y no se les implicó lo suficiente, mostrando ahora posturas negativas respecto a Siria. En Mali hay que intervenir, es un país que no puede gestionar el mismo su situación, y tampoco sus países vecinos. Requiere de una respuesta desde fuera porque la ha creado gente que tiene armamento sofisticado y que aplica una política destructiva. Y en Irak [la intervención] fue desastrosa, por lo menos tal y como se llevó acabo”.

Pese a todo, aunque lo dicho tenga más de negativo que de positivo, al menos en los dos párrafos inmediatamente anteriores a este, hay atisbo para la luz, para ser positivo. Y eso lo hace el propio libro de Maalouf dando también en su nuevo título una “visión positiva del futuro”. Palabra  del autor.

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