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Apetito de riesgo

Paloma Llaneza

Las bolsas para cadáveres se apilan sobre la encimera de la cocina. Unas son grises, otras negras; se abren como portalápices gigantes, con una cremallera ancha y plateada, resistente. El hombre termina de cerrar la última y luego las recoge abrazándolas con cuidado, como si llevara en una funda el traje de su boda.

—¿Quieres dejar eso de una vez, no ves que te estamos esperando? — le dice el joven con una bola blanca de plástico en la mano.
—Me gusta tener el material preparado —contesta el hombre.
—Son las tres de la mañana y no es fin de semana. No seas cansino.
—Siempre tienes excusas con tal de dejarlo todo para el último momento. Así nos pasa, luego nos toca correr con las bolsas oliendo a choto y el furgón lleno de mierda, como la última vez. No son formas.
—Tendré yo la culpa de que los muertos se caguen encima.

Hay un futbolín en medio del salón. La estancia es funcional, con dos sofás panzudos de terciopelo gris hundidos por el uso, una mesa baja, una barra y una pequeña cocina. Al fondo hay dos dormitorios para pasar las guardias y unas duchas para quitarse el olor acre del cuerpo. Varios trajes grises cuelgan de un perchero al lado de la puerta. Dos chicos con el pelo rapado por los laterales y tupé de futbolista, casi clónicos, esperan junto al joven a que el hombre acabe su ritual de las bolsas.

—¿Delante o detrás? — pregunta un clon al otro.
—Yo detrás, que tú no paras una — contesta el que es igual que Ronaldo.
—Poneos donde queráis, porque vais a pasar por debajo de la mesa los dos. No vale ni media ni guarra —dice el joven, y se vuelve hacia el hombre —. ¿Vienes ya?

El hombre lo ignora. Sale a la calle y deja las bolsas dentro de la furgoneta, encima de las bandejas de acero de la parte de atrás. Hay dos arriba y dos abajo, cóncavas, como los moldes de pan del horno de una tahona. El aire está en suspensión. Huele a madera quemada de los chalés del otro lado de la avenida; la primavera ha venido fría este año y parece que el verano no llega nunca. No le gusta jugar al futbolín, le parece una falta de respeto a los muertos que van a recoger. Él está en capilla, como los toreros, concentrado en la inminencia de embolsar los restos que, en vida, tuvieron dignidad. Su función es evitar la fealdad de la muerte para los familiares, para la sociedad. Los funerarios son la última barrera antes del abismo de la mortalidad. Es una gran responsabilidad de la que se siente orgulloso.

Suena su móvil.

            —Sí, en La Finca. ¿Ha llegado su señoría? Claro, procuraremos ser discretos, como siempre.
            
Al poco de colgar, recibe otra llamada.

—Ya me figuraba que era un tema delicado. Sí, no te preocupes, que dejo a los Ronaldos en la base. Me han dicho que ya han llegado los de la científica. No hay problema, con el móvil puedo sacar fotos sin que se den cuenta. Te dejo una copia donde siempre.

Vuelve a la sala, los chicos siguen en el futbolín.

—Tú—le dice al joven—Ponte el traje que nos vamos.
—¡No me jodas! Ahora que iba cinco-cero.



Han tomado la M40. El hombre conduce con tranquilidad y precisión.

—¿Puedo poner la radio? Tengo música en el teléfono —dice el joven.
—¿Esa mierda de electro latino?
—Es para que no te duermas.
—No vamos de marcha. A ver si te concentras en el trabajo que vamos a hacer. Hay un hombre muerto, su familia estará allí. Tenemos que ser invisibles, evitar que vean cómo metemos el cuerpo del difunto en la bolsa, amortiguar el ruido de la cremallera al cerrarla. La serenidad no se improvisa.

La pantalla del móvil del joven se ilumina: “Cuando acabes con el rancio, te vamos a dar por culo”, pone. Se gira hacia el hombre intentando mantener la seriedad.

—¿De qué se ha muerto el tipo? —pregunta.
—No me lo han dicho, pero la científica está en la casa. Suma.
—Así que toca Anatómico Forense. Sarita estará de guardia hoy.

El joven hace una pausa y mira los cubos de basura alineados al borde de la acera esperando a que pasen a vaciarlos de sus desperdicios.

—Ayer tenían ocho bultos en batería esperando para autopsia —continúa—. Se muere mucha gente que no se debería morir en esta ciudad, no dan abasto. Dice que todavía tienen ciento cincuenta fiambres del once eme.
—¡No digas gilipolleces! Yo estuve allí y están todos identificados y enterrados. No jodas con esas cosas, que pareces imbécil.



Los identifican en el control de entrada. Uno de los coches de seguridad les acompaña a la casa. Las luces de la ambulancia y las furgonetas de la científica se ven al final de un camino bordeado de césped verde botella, prieto, mullido como una alfombra de nudo. Arbustos en forma de cubiletes perfectos delinean la entrada de losetas y pizarra de uno de los dos edificios que conforman la casa. Las luces del salón se reflejan en el lago que rodea el porche lateral.

La policía les guía a la entrada de servicio, más ancha y discreta. La cocina es un cubo de cristal transparente con dos islas de granito blanco como monolitos perfectos. Una mujer con el pelo castaño y corto, sentada en un taburete alto, mira a través de los cristales. Está de espaldas, inmóvil. Lleva un jersey ancho y fino de angora gris. Tiene los hombros musculados y no lleva sujetador. Sostiene una taza entre las manos.

La sirvienta de rasgos asiáticos les guía hasta el salón. El hombre ha preferido no entrar con la bolsa aún hasta reconocer el terreno. El techo tiene más de diez metros de altura. El segundo piso flota sobre ellos sostenido por un entramado de pasarelas de cristal.

El cadáver está a los pies de la escalera. El de la científica, vestido con un mono y patucos de papel, se interpone entre ellos y el muerto. Está sacando fotos mientras otro compañero, como salido de un viaje lunar, recoge unas piedras blancas de un charco de sangre. Se aparta para fotografiar la escalera, y entonces lo ven. Un hombre canoso con una camisa blanca y un pantalón vaquero yace boca abajo sobre las escaleras de cristal. Los brazos aprietan los escalones como si estuviese haciendo fondos. Tiene la boca abierta, encajada en el borde de un escalón. Las comisuras de los labios se abren hasta las orejas como una costura reventada. Se ven los músculos sanguinolentos, la dentadura lateral completa como si les sonriera con amargura. Su cráneo está hundido por detrás. Dos dientes rotos con rosca metálica han saltado y flotan sobre una mancha de sangre bajo la escalera. El cristal blindado de los escalones ha aguantado el golpe sin agrietarse.

El hombre saca el móvil y hace una ráfaga de fotos con disimulo mientras saluda a los forenses.

—¿Cuánto os queda? —pregunta.
—Aún estamos recogiendo dientes. Le han reventado la cabeza como una sandía. ¿Ves el golpe en la parte posterior del cráneo? Parece una patada. Hay que ser muy animal para espachurrarle el coco a alguien así.

El hombre se gira con disimulo para sacar fotos de la cara del muerto, del charco, de los escalones. Un mocasín Sebago de color corinto se ha quedado colgando, sin desprenderse, en el pie derecho del muerto.

—Nosotros ya casi hemos acabado. Firmamos el acta y es todo vuestro.
—Voy a por la bolsa.




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