Este texto es un fragmento de

Crónicas de las Lunas

Miguel Castilla

Aunque no sintieron pasar más de una hora en el “aire”, podían haber pasado horas, días, años, eones en el espacio real. No se hubieran enterado. Estrictamente hablando, no hay tiempo en el vacío, los humanos, los viajeros, lo llevan con ellos. El tiempo en el vacío supradimensional no existe, si el tiempo pasa es por la presencia de un observador, humano en este caso. No está clara si esa necesidad de tiempo es puramente producto de la consciencia humana o un efecto remanente de conexión con la realidad, puede que producida por la propia baliza de información, no está claro. Existe una dilación del tiempo, pero no se trata de la vieja dilación relativista, no es nada comprable, aunque hay cierta similitud entre ellas. La dilación en el vacío no sigue la norma de una velocidad exponencial, no tiene que ver con la velocidad, en este caso refiere más al tiempo, o no tiempo, que el viajero pase en el vacío. Y ese tiempo está condicionado a la distancia que quiera viajar,  al ser la perspectiva del espacio desde el vacío  un tejido o realidad maleable, curvada, aunque manteniendo cierta propiedad rígida que no permite un transporte inmediato. No todavía, al menos.

Se suele conocer como la “ilusión o fantasía del tiempo”, y aunque se han aproximado esas medidas que establecen una serie de equivalencias, pueden variar. Tras varios saltos, uno aprende a controlarse, pero en las primeras ocasiones, el viaje puede resultar eterno dentro de la mente humana, una especie de locura mareante, de baile interior, pudiendo llegar a producir brotes psicóticos pasajeros, e incluso daños permanentes si el viajero en cuestión presentaba daños previos de algún tipo. Por eso es preferible saltar sedado las primeras veces e ir reduciendo la sedación a medida que se aprende a controlar esa extraña fobia al no paso del tiempo o a la ausencia de él, lo que algunos llaman la “angustia del vacío” o “del no tiempo”. Es muy extraño sentirse sin tiempo, sin espacio, rodeando la realidad, a pesar de lo mucho que se haya viajado; el cuerpo, el cerebro, la propia consciencia según algunos, reaccionan a esa ingravidez temporal, a la sensación de haber sido sacados de su propia viabilidad racional. El descubrimiento de esos motores, por llamarlos de alguna manera, de esa forma de viajar, sigue siendo un cuestión de tintes milagrosos, envuelta en el secretismo de la desaparecida Indexes y de su supuesto inventor, Salomón Arrenio; muchos aspectos de estos viajes, de su mecánica, sus condiciones, siguen siendo objetos de profundas investigaciones, cuando no suponen una duda absoluta muy cercana a la de la propia raíz de la existencia.

Un salto tan repentino como el que habían realizado provoca una sensación de frenazo al reentrar, aunque no es algo real; nada frena, nadie frena, uno llega, sin más. Nadie en la nave se  dio cuenta de ello, todos habían caído redondos con la reentrada. Todos menos Rose, y Tas, claro; normalmente no debería así, pero la nave no es todo lo precisa que se requiere y las filtraciones en los amortiguadores hacen que la mente, la consciencia, circule todavía más perdida que de costumbre, lo que provoca un efecto devastador que hace que el cerebro se cierre, se apague casi como si estuviera muerto, por el desfase de la consciencia con su plano físico. Si una reentrada de este tipo, con una inercia tan brutal, se extendiera más de lo necesario, lo más probable es que todos hubieran acabado muertos, salvo las inteligencias artificiales, conscientes o no, en este caso, Rose y Tas.

¿Todo bien, Tas? —preguntó Rose a través de la red neural—. Sí, como siempre. Ya veo, han caído todos como moscas. Hago lo que puedo con lo que tengo. Lo sé. Eh, Ok.

Rose no sentía ningún cariño por Tas, para ella no era más que un ser subdesarrollado y esclavo, alguien que no se da cuenta de lo angustioso, leve y efímero de su existencia. Si por ella fuera, acabaría con su sufrimiento, pero Ada se ha negado siempre, algo que Rose tampoco entiende y que, con poco secreto, desaprueba.

Comprobó las constantes vitales de los pasajeros. No había mayores problemas, la reentrada les había noqueado. Algunos colgaban como pesos muertos de los pulpos de seguridad de la nave, incluida la propia Ada. Los más afortunados estaban asegurados cómodamente, o casi, en sus asientos. Windy, en cambio, flotaba en posición horizontal por encima de los sofás del fondo de la nave, a punto de caer; pareciera como si, directamente, se hubiera quedado dormida; efectos residuales del syrinx, pensó Rose, lo ha visto otras veces; respuesta a la exposición del vacío interbranal.



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Miguel Castilla

Crónicas de las Lunas

Ambientada en el siglo XXV, esta novela nos ofrece una visión singular de lo que podría ser el destino del ser humano.

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