Este texto es un fragmento de

El cerro de Garabitas

Francisco López

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Navidad en Madrid. Fechas odiadas por unos, indiferentes para otros, símbolo de felicidad y reencuentro para los más. Sin embargo, para los solitarios, para algunos solitarios, es el momento en que se exacerba más la sensación de vacío que siempre les acompaña. Ello a pesar de las multitudes que se reúnen sobre todo en determinados sitios, como la Puerta del Sol y sus aledaños. Vomita el Tragabolas chorros de gente que han traído aquí el metro o el tren de cercanías, que nada más salir, tras fijarse —o no— en los cimientos de la iglesia del Buen Suceso, se encontrarán con el enorme cono verde que quiere representar un árbol de Navidad, con el cartel de Tío Pepe cambiado de sitio por voluntad de una multinacional, con grupos de personas con extraños tocados —cuernecitos de reno, gorritos de Papá Noël, diademas de lucecitas—, a cual más absurdo, que luchan por avanzar en la inundación humana.

En las últimas tardes del otoño el cielo y el aire tienen una luz apagada, una bruma que vela el horizonte más lejano. Aunque los hornos y estufas de leña o carbón no son ya más que un recuerdo, aún parece que oliesen las hogueras que antaño calentaban las casas y los fogones; ese peculiar aroma entra en una nariz a la que el frío enrojece, un frío que no mitiga el calor humano, ni siquiera en el espantoso atasco que se forma, en estas fechas, entre las calles del Arenal y Mayor y hace de cruzar el breve trecho que las separa una verdadera odisea.

Y es que, en general, atravesar la Puerta del Sol en Navidad es una odisea. Desde el Tragabolas, pasar por delante de la Casa de Correos, en frente de la cual el Kilómetro Cero tan admirado por los forasteros se convierte en un punto de encuentro y aglomeración, y alcanzar la calle de Postas y dirigirse a la plaza Mayor para pasear delante de los puestos y golpearse la cabeza con lo que tienen colgado en sus viseras, todo esto es una aventura para muchos deseada, terrible para otros, un agobio para la mayoría.

En las muchas tiendas que se encuentran por este trillado camino no cabe un alfiler; los bares, ayudados por la temperatura gélida, están llenos. Los puestos de los manteros, en las orillas de la calle, estrechan el chorro de viandantes que van y vienen. Todo es ruido, luz, humo, estridentes villancicos y otras músicas ratoneras que salen de los altavoces que usan algunos comerciantes como reclamo. En agudo contraste, las ancestrales tiendas de hábitos, con su muestrario que recuerda al espectador el color que corresponde a cada orden, como una ventana que asomase hacia el pasado.Malos tiempos y malos lugares, pues, no solo para quienes huyen de las aglomeraciones, sino también para los misántropos, para quienes han hecho de la soledad su compañera fiel y también para quienes la padecen sin desearlo. En estos tiempos y en este lugar sufrirán el azote de una alegría carente de motivo, un estado que hay que alcanzar porque sí, porque las fechas lo piden y porque todo el mundo está contento. «¡Es Navidad!» repetirán los lemas publicitarios de los grandes almacenes. «Es tiempo de paz, de amor, de regalos…» Sobre todo de regalos. Es tiempo de vaciarse los bolsillos, de comer y beber sin freno, de estar feliz porque hay que estarlo, de querer mucho a todo el mundo… Cuando tienes alguien a quien querer.

 




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