Este texto es un fragmento de

El fuego que me quema

Pablo Melgar Salas

“…a mí que no puedo explicar nada sino balbucir el fuego que me quema.”
Federico García Lorca


POESÍA DE HUMO
¿Cómo escribir sin pensar?
Me encuentro fuera de juego:
dominado por la perversión,
las tardes apáticas del verano,
el fuego en el aire que no prende.
Salgo a la calle en busca del fuego.
Andar,
andar,
andar sin rumbo fijo.
Mis pensamientos
no valen la pena últimamente,
así que observo,
lo observo todo.
Bañistas en chanclas,
un lunes muy domingo
y esa madre que se hace un selfie,
mientras arrastra a un niño con un carrito.
¿Cómo escribir sin pensar?
Y ando,
ando,
ando sin rumbo fijo.
Divorciados triatletas,
niñas actuando
con el desparpajo de una mujer,
mujeres riendo como si fueran niñas.
Andar,
andar,
andar sin rumbo fijo.
Jubilados con camisa de manga corta,
velas en alta mar
y el tintineo de los mástiles
del Mar Menor en soledad.
Andar,
andar,
andar sin rumbo fijo.
Llevo en este pueblo
toda una vida
y apenas cinco minutos.
No se puede escribir
sin pensar,
solamente andar,
andar,
andar sin rumbo fijo
y ni una pizca de fuego
en mi poesía de humo.

TREN DE LEJANÍAS
Fue un suspiro soberbio,
mi pequeño gran fractal,
un oasis en el paraíso
de mis días cruentos.
Llegó el final del cuento,
con el estruendo de una maitinada,
miradas de circunstancia
y unos hombros calentitos en el metro.
Después, llamo a las puertas de un yermo,
diapositivas en la ventana
y pequeñas migajas de recuerdos
esparcidas por todo el suelo.
Vuelo en tren desde el aeropuerto,
con la respiración contenida,
un agujero negro en el pecho
en un vagón desierto.
El sabor de sus besos
no es una quimera
en la botella de agua
que aún conservo.
Vuelvo al extranjero
de auroras ojerosas
y de megáfonos
que no entiendo.
El tren de lejanías
llega a su destino,
recuerde llevar con usted
todos sus fantasmas.


FUEGO
“it's better to burn out than to fade away.”
Kurt Cobain
 
“tú en tu casa, nosotros en la hoguera.”
Extremoduro

En un momento cualquiera
de la línea temporal,
se prendió una llama
con mi nombre.
¿Cuántas veces la casualidad
llevó a otra casualidad
que a su vez contrajo un acuerdo
con otra casualidad que me creó a mí?
Soy casualidad, como ese rayo en la copa de un árbol.
Cada momento de mi vida no estaba destinado a ocurrir,
simplemente se derramaron en el tiempo
los chispazos que componen mi vida.
Víctima o privilegiado,
nací en una hoguera
y desde niño siempre quise
quemarme a lo bonzo.
Un día veintinueve
de un año bisiesto
en un mes que no era
ni siquiera febrero.
Me creía capaz de todo,
nací en el kilómetro cero,
con una antorcha en la mano
y vomitando gasolina a borbotones.
Fui la única Q de mis padres
y la matrona
me selló la piel al nacer,
con “SOLEDAD” a fuego.
Ahora sé, que algún día
no habrá más hogar
que el que haya
entre las palmas de mis manos.
Mis padres echan leña
al fuego,
cuando llueve
en noviembre.
En nuestra cueva,
la llama alumbra
los versos
de nuestras pinturas rupestres.
Conversador pirómano,
siempre me gustó
soplar sobre
unas ramas humeantes.
Las cazas de brujas
nunca pudieron
convencerme
para que trabaje.
Así, que me llamaron rojo
en el patio del colegio
por crear
mi propio argumento.
En esta sociedad hablo
a través de vidrieras
que encierran
mis versos de hollín.
El deshollinador del sistema
apaga nuestra falla
con mangueras
de somnífero.
Pero mi arquero
me ató una sábana blanca
a la cabeza,
antes de mandarme a la Revolución.
A mí me bautizaron apátrida,
hay una chimenea en mi maleta roja
que mantengo viva
con páginas en blanco.
Soy ese viajero que
una vez dijo amor
y se poblaron
sus labios de ceniza.
Eso sí,
jamás dije mañana,
yo nunca planeo
mas que por el aire.
Por eso intento no esperar
nada de nadie,
para evitar que nadie
me queme.
Soy un ardor
en continua combustión
con el mundo
que me rodea.
Quiero perderme
en todos los lugares,
como un incendio
que se expande.
Espero sorpresa de la vida,
dedos chamuscados,
guerras de humo blanco
y fuegos artificiales.
Espero lágrimas,
quiero lágrimas
que intenten
apagarme.
Quiero seguir sonriendo,
como una antorcha olímpica
que cruza el mar
y prende el cielo.
Y que vengan a mí
las caras calcinadas,
quiero comerme
todas las caras de este mundo.
Quiero dejar quemaduras
en todos los cuerpos
y en todas las mentes
con las que retozo.
Quiero fumarme las mentes,
y arder con mi gente.
Incinerar mi existencia
con palabras escritas con sangre.
Quemar etapas
con carbón entre los dientes.
Quiero que ni un ejército de bomberos
pueda conmigo el día de mi muerte.
Dime,
Helena mi amor,
si estás ardiendo
y si es que puedo aliviarte yo.
Me llamo Paris ardiendo Troya
con la explosión de un beso,
y menos mal
que tu carne reaviva todas mis cenizas.
Nací en una hoguera
cubierto de gasolina,
y menos mal
que la risa cercena todos mis fuegos.
Odio y amo,
porque aquí dentro siento un fuego
y, a la vez, un humo de ceniza.
Yo soy el fuego y quiero prenderlo todo de rojo.
No como este porro que no coloca.

SACRAMENTO
para Alfonso, Donato y Kiara
Mi cama de Madre mullida,
en la radio resuena
la espuma recién escanciada,
el Flâneur descansa en mi tripa,
Estampas de París
de canción de cuna.                       
Viajo en sueños
con la guardia baja
de quien dormita en jauría:
a mis pies, ronca mi hermano,
más allá, mis padres se abrazan
en dialecto italiano;
familia itinerante
como la orilla,
frontera intermitente
con el Nuevo Mundo.
¡Ay marea de Cádiz
cuando tú pestañeas
camino sobre tus aguas
a errar vagabundo!
Contigo se abre
todo un infinito
de puertas moradas.
Mis huellas de pájaro
para siempre grabadas
en los libros de agua
coral de pelo largo,
cementerio
de criaturas primitivas
que pisaron tu luna.
¡Ay marea de Cádiz,
cuando abres los ojos
me tumbo en la arena
a dormir desnudo!
Contigo se borran
todos los caminos
de vuelta a casa.




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