Este texto es un fragmento de

Joselito. El niño que creció mal

Alba Martorell de la Peña

CAPÍTULO I

José María Marín Méndez —popularmente conocido como José o Marín—, estaba más que acostumbrado a las miradas de asco y a los comentarios despectivos, ya fueran en su cara o a sus espaldas. Llevaba ya años de práctica en el arte de ignorar a los demás y casi nunca solía perder los nervios. Poca gente lo había visto realmente enfadado y, quizás y solo quizás ese era uno de los motivos por los cuales la gente se atrevía a meterse tanto con él. La mayoría lo odiaban incluso antes de conocerlo, por las historias que circulaban sobre él en los círculos en los que trabajaba, historias en un principio completamente exageradas y sacadas de contexto. 

Hasta que José se cansó de tanto odio infundado y decidió que, si iba a ser odiado igualmente, al menos lo sería con motivo. Y así fue como, en vez de quedarse callado ante los insultos y las vejaciones, pasó a contestar irónicamente a cualquier comentario, provocando la ira de todo aquel que hablara con él. Al principio solo lo hacía con los que lo trataban mal, pero con el tiempo la ironía y el sarcasmo se convirtieron en una parte intrínseca de su discurso, ganándose así el desagrado de los pocos visitantes que llegaban sin prejuicios para solicitar sus servicios. 

José Marín trabajaba desde hacía más de treinta años pintando las calcas de los taxis de la Diputación de Barcelona. En el mundillo era conocido como El Pintor, aunque los más audaces solían llamarlo sobrenombres como El Dalí de los taxis, evidentemente de modo despectivo. De hecho, era el único Pintor existente, cosa de la que se había encargado personalmente, vetando la entrada de cualquier posible aprendiz o sustituto para eliminar la competencia. Le gustaba la idea de ser la única persona que hacía algo, al menos en su mundo. Le hacía sentir útil. Le hacía sentir importante.

Ya desde pequeño José había destacado más por sus peculiaridades que por su amabilidad. Su madre, que en paz descanse, se dio cuenta relativamente pronto de las rarezas de su hijo. Ocurrió una mañana soleada de junio. José, que por aquel entonces tenía siete años, había acabado ya la escuela y estaba de vacaciones sin hacer nada todo el día.

—Joselito, cariño, ¿por qué no vas a jugar con tus amigos? —preguntó ella, preocupada por ver cómo su hijo no salía para nada a la calle.

—¿Qué amigos? —respondió él.

—¿Cómo que qué amigos? Los del cole —explicó ella, como si fuera obvio.

—Yo no tengo de eso, mamá.

La primera reacción de Amelia Méndez fue pensar que su hijo le estaba tomando el pelo. ¿Cómo iba su Joselito a no tener ningún amigo? No, no era posible, claro que no. Pero la cara del niño no admitía confusión alguna. Amelia no supo qué decir, así que no dijo nada, dejando que su mente atara todos los cabos posibles. Esa noche Amelia no durmió. Pensaba en la triste vida de su hijo y en cómo se le había pasado por alto. Sí, ciertamente lo tenía un poco abandonado. Entre el trabajo de día y el trabajo de noche, casi no tenía tiempo para estar con el niño. Sí, eso debía ser. Sí, el niño estaba triste porque no la veía y se encerraba en su mundo. Claro, eso era. La culpa de todo era suya, como siempre. Esa noche Amelia lloró por primera vez desde que su marido y padre de José la abandonó. Lloró por ella. Lloró por él. Lloró por su hijo mayor, viviendo con Dios sabía quién y haciendo Dios sabía qué. Y lloró por el pequeño Joselito. Y entre llantos se juró a si misma no volver a dejarlo nunca. 

Lo que Amelia no podía ni imaginar era que su hijo no quería amigos. Él prefería la soledad. Le gustaba la tranquilidad de los baños del colegio en los recreos, cuando todos sus compañeros jugaban a estúpidos juegos de pelota y nadie le molestaba. Le gustaba quedarse a solas en casa por las tardes, sin más compañía que sus propios pensamientos. Porque José no estaba solo, no. José nunca estaba solo. Tenía una amiga llamada Esla, amiga a la que conoció el mismo día en el que cumplió tres años. Esla era su mejor y única amiga y el joven José tenía pensado casarse con ella cuando los dos fueran mayores. Tenía un plan infalible, claro. El día en el que cumplieran los dos la mayoría de edad —su cumpleaños era el mismo día—, él le iba a dar un beso de película. Ella lo miraría sorprendida y le devolvería el beso. Él se arrodillaría y le diría

—Esla, estoy enamorado de ti desde el día que te conocí. ¿Quieres casarte conmigo?

Ella sonreiría y le diría que sí, que él también era el amor de su vida. Y se casarían. Y tendrían hijos, concretamente dos, un niño y una niña. Y vivirían en una enorme casa con jardín y piscina. Y serían felices. 

El plan de José era infalible, sí, si no hubiera sido porque Esla no era más que una amiga imaginaria producto de su imaginación para combatir su soledad. De hecho, el nombre tendría que haber sido Elsa, pero el joven Joselito confundió Elsa con Esla, escribiendo el nombre mal la primera vez que la vio. José no descubriría la verdad hasta años más tarde, claro, aunque todos sus conocidos le dijeran mil veces que no existía ninguna Esla y lo trataran como si estuviera loco. A él le daba igual lo que dijeran porque estaba convencido de que lo único que querían era reírse de él. Y ya hacía tiempo que había aprendido a que le diera igual la opinión de los demás. Así que José continuó creyendo en su mejor amiga imaginaria hasta mucho tiempo después. Tiempo en el que José estuvo profundamente enamorado de alguien que no era más que producto de su imaginación. 

La madre de José siguió muy preocupada por la falta de amigos de su hijo, y estuvo todos los días del eterno verano instándole a salir a la calle, a pesar del calor infernal.

—Venga Joselito, no protestes. No puedes estarte todo el día aquí en casa. Tienes que conocer a gente de tu edad —decía ella.

Pero a José no le gustaba la gente de su edad. Más bien la odiaba. No hacían nada más que querer jugar a fútbol y pegarse entre ellos. Y José carecía de cualquier tipo de habilidad con el balón, además de ser bastante enclenque y no tener fuerza. Lo de su torpeza física lo había descubierto recientemente, en una clase de gimnasia en la que el profesor, sin ninguna otra intención que la de conseguir que el chaval que nunca era elegido primero demostrara lo que valía, le había pedido ser capitán de equipo. Y como capitán, tenía la obligación de dirigir a su equipo, cosa que significaba que sus compañeros tenían que hacerle caso. Pero sus compañeros, acostumbrados a meterse con él, no podían aceptar la humillación de estar a sus órdenes, así que sin necesidad ni tan siquiera de hablarlo, se pusieron de acuerdo para ir en su contra. Cada vez que su equipo tenía la pelota se la pasaban a él con la máxima potencia con la que aquellos chavales de siete años eran capaces. Y cada una de esas veces José fallaba. Y el balón le golpeaba en la cara. Y en la espalda. Y en el estómago. Y el profesor no decía nada. Lo que había empezado como una simple “broma” para hacer quedar mal a José se convirtió en una tortura que parecía no tener fin. Y no lo hubiera tenido si no llega a ser porque José, cansado de recibir golpes por todas partes y animado por su querida Esla, que lo observaba preocupada desde el extremo del campo, se chocó con un adversario mucho más fuerte que él y salió volando hasta aterrizar de lado en el medio del campo, ante la atónita mirada de todos los compañeros, que se dieron cuenta de lo lejos que habían llegado al ver la sangre que salía de la nariz y la boca de José. Lo último que vio José antes de perder el conocimiento fue el cielo azul. 

Se despertó en la cama del hospital tres días después. Tenía la pierna derecha enyesada y el brazo derecho envenado. Intentó moverse, pero sus extremidades no le respondieron. Y entonces se asustó. Y gritó. Gritó hasta que una enfermera se presentó habitación, una enfermera que probablemente no llegaba a los treinta años, rubia y con ojos azules, seguida de su madre.

—Ay, Joselito, gracias a Dios que estás despierto —dijo Amelia—. ¿Cómo te encuentras? ¿Tienes hambre? ¿Necesitas algo? 

—Señora Méndez —cortó la enfermera—. Su hijo necesita descansar. Le ruego abandone la habitación para que podamos hacer una exploración general.

—¿Una qué? ¿Qué le va a hacer a mi Joselito? —preguntó la madre, asustada.

—Le avisaremos en cuanto sepamos su estado, no se preocupe.

Y Amalia se fue, dejando a José con la enfermera. 

 —Hola José, soy Lucía. ¿Puedes asentir con la cabeza si me oyes?

José asintió.

—Muy bien. ¿Puedes intentar hablar?

José volvió a asentir e intento hablar. Notaba la boca seca y le dolía la garganta. Al principio no podía hacer más que emitir sonidos parecidos a los de cualquier animal salvaje, pero poco a poco pudo hablar.

—H… hol… hola, Lucía. 

—Bien. Voy a llamar al doctor para que te examine bien. ¿Quieres que deje entrar a tu madre?

—No —dijo él sin necesidad de pensarlo.

—De acuerdo. Ahora vuelvo.

Lucía volvió al cabo de cinco minutos con el Dr. Rickmann, una eminencia de la medicina cerebral que acababa de trasladarse a Barcelona desde Múnich. 

—Hola José. Vamos a ver tu pierna, ¿ja? —dijo con un marcado acento alemán.

Ja —contestó José.

—¿Te duele? —preguntó Rickmann mientras le daba suaves golpecitos en la pierna enyesada. 

Nein —dijo el joven.

Du sprichst Deutsch? —preguntó el doctor, muy sorprendido. 

Etwas —contestó él.

—No he conocido a muchos niños que sepan alemán en Barcelona —dijo el doctor, mientras le estiraba la pierna.

—Me gustan los idiomas —explicó José.

Y era cierto. Con tan solo siete años hablaba catalán, castellano, inglés, francés y sabía defenderse en alemán e italiano. Aunque no solía tener la ocasión de demostrar su don de lenguas a menudo y más bien practicaba manteniendo conversaciones consigo mismo en las que él hablaba en un idioma y se contestaba en otro. A veces hablaba con Esla, que parecía saber los mismos idiomas que él con exactamente el mismo nivel. Había empezado a aprender idiomas en la biblioteca local de su barrio gracias a los libros de texto que hacía mil años que estaban en la estantería sin que nadie los tocara. Hasta que José aprendió a leer y se los leyó todos. Las bibliotecarias al principio se reían de él. 

—No molestes, niño —le decían al principio. 

Pero él no les hacía ni caso. Él se sentaba en una de las mesas y pasaba las páginas de esos libros que no conseguía descifrar. Hasta que empezó a descifrarlos. Y las bibliotecarias, después de ver que el crío iba tarde sí y tarde también a leer esos libros de idiomas que nadie más tocaba, empezaron a cogerle cariño.

—¿Te gustan los idiomas? —le preguntó una de ellas una tarde antes de cerrar.

—Creo que sí.

—¿Quieres que te enseñe un poco de francés? Mi madre es francesa —explicó la chica, que respondía al nombre de Colette. 

Y así es como José aprendió a hablar francés. En tan solo unos meses era ya capaz de mantener una conversación fluida con Colette y empezaba a ser capaz de escribir redacciones y de entender libros. Y después del francés vino el inglés, lengua en la que rápidamente y sin ayuda de nadie más que sus libros y las conversaciones con Esla supo dominar. El alemán y el italiano los había empezado a estudiar apenas unas semanas antes del accidente, así que sus conocimientos eran más bien limitados. Pero suficientes para impresionar al doctor Rickmann. 

Finalmente, José pasó dos semanas en el hospital. Había sufrido una conmoción cerebral y tenían miedo de que un niño tan joven pudiera tener alguna complicación durante el proceso de recuperación, así que el doctor había sugerido que se quedara un tiempo prudencial en observación. Y así es como José pudo mejorar su alemán y aprendió algunos de los conceptos más básicos de la medicina. Cuando salió, era perfectamente capaz de mantener una conversación fluida con Rickmann, quien le hizo prometer que iría a visitarlo para seguir practicando. 

—Volverás, ¿ja? —le preguntó antes de darle el alta definitiva.

Natürlich —dijo él—. Sí.

Pero José no volvió. No volvió ni al hospital ni a las clases de gimnasia de la escuela.




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Alba Martorell de la Peña

Joselito. El niño que creció mal

Una fascinante novela que trata el paso de la niñez a la vida adulta en un ambiente de soledad, violencia, enfermedad y autoconocimiento