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Margot Moles, la gran atleta republicana

Ignacio Ramos

El primer mitin femenino de atletismo

Desde pequeñas, Margot y Lucinda Moles practicaban todo tipo de deportes al aire libre y en Madrid continuaron disfrutando del ejercicio con los jóvenes de su entorno, y en la primavera de 1929, gracias a la insistencia de su amigo y compañero Manuel Robles, se convirtieron en las primeras mujeres españolas en formarse como atletas de competición. A pesar de que la liberación deportiva femenina seguía lastrada en España por la mentalidad católica y los tradicionales prejuicios sociales, las alumnas del Instituto-Escuela recibían una completa formación física y realizaban con frecuencia ejercicios atléticos, saltos, carreras y lanzamientos. No debe extrañar por ello que uno de sus mejores profesores, Manuel Robles, estuviera convencido de que las féminas podían practicar el atletismo sin ningún riesgo e invitara a Lucinda y Margot y varias de sus alumnas más aventajadas a acompañarlo a los entrenamientos de la Sociedad Atlética, agrupación deportiva que él mismo había fundado en el otoño de 1926 con otros campeones y plusmarquistas castellanos como Fernando García Doctor, Germán Somolinos, Rafael Hernández Coronado, Rafael Climent o Víctor Faure. Así lo recordaba el propio deportista años después: “En abril del 29 fue cuando, con las señoritas Lucinda y Margot Moles (modelo de jóvenes modernas, estudiosas, dinámicas y siempre de exquisita feminidad), empecé a provocar una actividad femenina en atletismo. Se nos unieron algunas de nuestras alumnas del Instituto-Escuela, único centro nacional en el que la educación física femenina se practica en grado que no dudo en calificar como superior”.[1]  

   

La Sociedad Atlética era la primera entidad deportiva madrileña que se dedicaba en exclusiva al atletismo, gracias a la ayuda económica proporcionada por el joven marqués de Loriana, Juan Manuel de Urquijo y Landecho (1899-1968), hijo primogénito de los marqueses de Urquijo, y a la colaboración del profesor de la Escuela de Gimnasia de Toledo, José Hermosa. El marqués de Loriana, que fue nombrado presidente de la entidad, cedió un terreno baldío de su familia al final de la calle Méjico, en los límites del barrio de La Guindalera, donde los miembros de la Sociedad Atlética acondicionaron y cercaron un modesto campo de entrenamiento con pista de carreras y zona de lanzamientos y una pequeña caseta para cambiarse de ropa. A pesar de la lejanía del centro de la ciudad, los deportistas podían acceder al nuevo recinto atlético mediante transporte público, pues quedaba próximo a una de las paradas del tranvía nº 28 que salía de la Red de San Luis y terminaba en el barrio de La Prosperidad. A los pocos meses de su inauguración, la sede de la Sociedad Atlética albergó algunas pruebas del Campeonato de Castilla de Atletismo de 1928 y más tarde acogió los entrenamientos de los estudiantes universitarios, tras un acuerdo con la FUE. En esa época, el atletismo femenino alcanzó por fin el reconocimiento social internacional con la inclusión de competiciones para mujeres en los Juegos Olímpicos de Amsterdam, cumpliendo así el anhelado sueño de la pionera Alice Milliat, aunque en España quedaba todavía mucho camino por recorrer.

Durante la primavera de 1929, las hermanas Moles y tres o cuatro alumnas del Instituto-Escuela se acercaron con regularidad hasta la Guindalera y aprendieron la técnica fundamental para realizar de la mejor manera saltos, carreras y lanzamientos. Tras unos meses de entrenamiento, Manuel Robles decidió presentar en público a sus pupilas y convocó la cita para el día 24 de junio, en el campo de la Sociedad Atlética. Las participantes en este histórico evento fueron cinco jóvenes deportistas: Lucinda y Margot Moles, que contaban entonces con veintiún y dieciocho años, respectivamente, y tres alumnas de Bachillerato del Instituto-Escuela: Aurora Villa, Carmen Herrero y Carola Ribed. El programa de pruebas constó de una carrera de 60 metros lisos, saltos de altura y longitud y lanzamientos de peso, disco y jabalina, con el aliciente de que la Federación Castellana de Atletismo accedió a controlar la competición y registrar las marcas que establecerían los primeros records oficiales de España en categoría femenina.

En este primer mitin atlético, Margot Moles mostró la extraordinaria potencia física que le hará famosa en toda Europa en los años treinta, imponiéndose en el lanzamiento de peso, con una mejor marca de 8,56 metros, y en el lanzamiento de disco, con 27,51 metros. Su hermana Lucinda quedó en segundo lugar en ambas pruebas, pero venció en su especialidad, el salto de longitud, con un registro de 4,51 metros. La revelación del encuentro atlético fue la estudiante de quince años Aurora Villa Olmedo (Madrid, 1913-2002), que ganó la prueba de 60 metros lisos y el salto de altura, superando el listón a 1,29 metros, cuando todavía se saltaba al estilo antiguo, con los pies por delante. Aurora Villa, nacida en Madrid el 16 de octubre de 1913, era una adolescente despierta y alegre, de cuerpo menudo y cara redonda, que pertenecía a una conocida familia de músicos madrileños. Su abuelo fue primer violín de la orquesta del Teatro Real; su padre, Luis Villa González, violonchelista de la Orquesta Sinfónica de Madrid, del Teatro Real y de la Banda Municipal de Madrid e integrante del Cuarteto Francés; y su tío Ricardo –el célebre “Maestro Villa”– dirigía desde desde hacía dos décadas la Banda Municipal de Música de Madrid. A pesar de la tradición familiar, Aurora no siguió la carrera musical, pues su temperamento inquieto le impedía permanecer sentada durante horas practicando un instrumento; por el contrario, era feliz corriendo, saltando, nadando o esquiando, por lo que enseguida se relacionó con las hermanas Moles y las siguió allá donde fueran a disfrutar de la actividad al aire libre.

Además de Aurora Villa, otra estudiante madrileña de quince años, Carmen Herrero Ayllón (1913-1997), exhibió buenas maneras en el lanzamiento de jabalina y superó con claridad a Margot Moles en esta prueba, con una marca de 26,44 metros. Al año siguiente, Carmen Herrero inició sus estudios de Ciencias Químicas en la Universidad Central de Madrid y después trabajó como profesora de Física y Química del Instituto-Escuela e investigadora del Instituto Nacional de Física y Química de la Fundación Rockefeller. Además, fue una de las colaboradoras del Teatro y Coro de las Misiones Pedagógicas. Como era de prever, la única de las atletas que no ganó ninguna prueba fue la benjamina del grupo, María Carlota (Carola) de Ribed y Nieulant (1917-2006), de tan sólo doce años, aunque obtuvo un meritorio segundo puesto en el salto de altura. Carola era hija del pintor Alberto Ribed Andriani y de la marquesa de Sotomayor, María Luisa Nieulant. Tras la Guerra Civil, se licenció en Farmacia y se casó con Carlos María Rodríguez de Valcárcel, veterano falangista que fue jefe nacional del Sindicato de Estudiantes Universitarios (SEU), Director General de Enseñanza Laboral, Director General del Instituto Español de Emigración y gobernador de Cádiz. Tras la muerte de su marido, Carola fue jefa de deportes del SEU.

    

    
    

[1] La Voz, 23 de octubre de 1931

    
    
      



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