Este texto es un fragmento de

Triple juego en Cuba

Bernar Freiría

Aunque hubo fuerte oleaje casi todo el viaje, el viento de levante que soplaba en el Atlántico proporcionaba una agradable sensación de frescor. Martínez Campos había decidido que viajara en la patrullera, una de las más rápidas que había en La Habana, para llegar hasta el puerto caribeño donde había de esperar la cita, ante lo azaroso de un desplazamiento por tierra. Tan solo el oficial al mando, un joven teniente malagueño, mantuvo breves conversaciones con Luciano. Al parecer, su padre había servido en la Armada con un joven oficial llamado Emilio Calleja. Ninguno de los otros cinco miembros de la tripulación le preguntó nada y a ninguno de ellos dijo nada. Tenía un camarote para él solo y allí le servían una aceptable pitanza que se cocinaba en algún lugar bajo cubierta del vapor. Pasó largas horas acodado en la borda por barlovento para sentir el frescor y solo iba a su camarote a comer o a descansar.Luciano adivinó la entrada en el Caribe por la distinta forma de moverse el barco. También el aire se calmó y recibió un anticipo del calor que habría de soportar luegoy que ya anunciaba el verano tropical.

Esa alta temperatura ambiente se le hizo insoportable en los dos días de espera en la posada de Manzanillo, al cabo de los cuales apareció un hombre alto, enjuto y adusto preguntando por El Brega. A partir de ese momento solo lo nombrarían por el apodo que había recibido en los ya lejanos días del ferrocarril en Bilbao.

Salió a la calle con él y allí esperaban tres jinetes más. Se subió a un caballo que le tenían reservado y, al paso, se encaminaron a la salida del pueblo. Una vez a resguardo de las miradas, lo hicieron bajarse del caballo. El que había ido a buscarlo a la posada, que era el que llevaba la voz cantante, le dijo que se desnudase completamente. Con resignada lentitud, sacó primero sus inseparables pistolas y faca y se las entregó. A continuación, se fue quitando una a una todas las prendas. Se las iban arrebatando de las manos, quedaba claro que para buscar cualquier cosa, por pequeña que fuese, que pudiera ser usada como arma. Después, con voz seca y autoritaria, el que daba las órdenes le dijo que se inclinase hacia delante y que apoyase las manos en el costado de su montura. A una señal, se acercó uno de los acompañantes y cuando pensaba que iba a escrutar sus genitales por si había ocultado allí algo, sintió como un dedo se introducía inmisericorde a través de su ano y rebuscaba algo en el interior de su recto. No pudo evitar un quejido de sorpresa y protestó irritado.

—No hacía falta que metierais el dedo, si queréis ver lo que tengo ahí os hubiera invitado a verme cagar.

El culatazo que recibió en la sien, dio con su cuerpo en tierra. Se levantó iracundo y con el cuerpo lleno de tierra. Recordó lo que le decía Parrondo en la nota que le había hecho llegar en La Habana y rojo de ira tragó saliva evitando cruzar su mirada con la de sus vigilantes. Comprendió en ese momento que le esperaba una marcha difícil. Le devolvieron sus ropas y cuando hubo acabado de vestirse le ataron un pañuelo oscuro de tela basta tapándole los ojos, después le pasaron un saco de arpillera por la cabeza y se lo ataron alrededor del cuello. Lo acercaron al caballo y tuvo que buscar a tientas el estribo para poder subir a la silla. Tanteó en vano tratando de encontrar las riendas.  Cuando se pusieron en marcha, se dio cuenta de que su caballo estaba atado al que lo precedía. Caminaron durante horas sin ninguna interrupción. Le fue imposible saber en qué dirección avanzaban orientándose por el sol porque atravesaban a menudo zonas boscosas, puesto que la sombra aliviaba algo el ambiente sofocante. Por otra parte, no podía estar seguro de que no hubiesen dado algún rodeo para despistarlo. El calor y los atadijos que llevaba en la cabeza le hacían dificultosa la respiración. Ya había bajado un poco el sol cuando hicieron un alto en el camino en el que no le fue permitido bajarse del caballo mientras sus acompañantes comieron y se refrescaron. Comprendió entonces que no le iban a dar agua ni alimentos durante todo el trayecto. La siguiente detención de la comitiva se hizo tras un ascenso, y después de continuar un rato por un camino abrupto y pedregoso. Tenía que ser ya de noche, porque la temperatura había bajado claramente. No supo cómo se habían turnado para vigilarlo o si no lo hicieron en absoluto, pero le dijeron que no se apease del caballo de ninguna manera. Logró dormitar a ratos abrazándose al cuello de su montura para no caerse. Por la mañana supo que continuaron andando por la sombra, o había árboles o estaban a cubierto del sol en la ladera occidental de una montaña, porque el aire entraba seco en sus pulmones, lo que excluía un día nublado. Además, aún a través de la arpillera le parecía recibir el olor inconfundible de la vegetación. Caminaron durante todo el día sin ninguna interrupción, por lo que oyó, sus escoltas comieron sin dejar de cabalgar. Notaba el sol bajando y de costado y supo que iban hacia sur, dirección que no abandonaron hasta entrar en el campamento. Al bajar del caballo estaba tan entumecido que fue incapaz de dar un paso. Sus piernas se negaban a obedecerle y se doblaban pese a todos sus esfuerzos por mantenerse en pie. Lo arrastraron cogido por los sobacos entre dos hombres. No le descubrieron la cabeza hasta que hubo entrado en una estancia de lo que le pareció que había sido una antigua casa de labranza. Tenía el suelo de tierra y estaba desprovista de todo mobiliario con excepción de las ruinas de una cocina de obra situada en un rincón. Luciano estaba cubierto de una costra de polvo que había fraguado en su piel con el sudor, débil por la deshidratación, maloliente y escocido porque no le habían permitido bajarse de la montura ni siquiera una sola vez a orinar. Nunca había pasado tanto tiempo sin beber y, aunque a veces había tenido que trabajar en el ferrocarril sin descanso y conocía el aguijonazo de la sed, nada era equiparable al sufrimiento de dos días sin ingerir líquido y bajo aquel sol abrasador del trópico. En cuanto lo hubieron soltado, se dejó caer por tierra y nunca sabría cuánto tiempo estuvo sumido en un estupor febril y agitado. Era de noche cuando le dejaron una bota con agua recalentada y con un intenso sabor mohoso o putrefacto. Tenía la boca tan seca que no sabía si eran las llagas de su lengua lo que le daba el mal sabor al líquido que bebió en tragos tan espaciados como pudo, sabedor de que una ingesta brusca podía ser devastadora. Un trozo de pan reseco que apenas fue capaz de mordisquear, ni siquiera tras haberlo humedecido, fue todo lo que le proporcionaron por alimento. Se despertó varias veces en la noche sufriendo fuertes retortijones de tripas. Trató de contener la deposición que adivinaba líquida y que pugnaba por abrirse paso al exterior. Sabía que estaba deshidratado y una diarrea podía ser fatal. Lo consiguió hasta la mañana cuando no pudo contener más y el líquido marrón verdoso quedó hediendo en un rincón de la estancia.

Poco después le trajeron un cubo de agua y un trozo de jabón cuarteado.

—Límpiese, amigo, que no puede comparecer así ante el general Gómez.

Se aseó lo mejor que pudo y se puso la ropa que le habían dejado que, aunque no estaba recién lavada, al menos no apestaba como la que se había quitado. Un pantalón de estameña, que había pertenecido a alguien mucho más voluminoso que él por lo que tuvo que darles vueltas a las perneras y atárselo con un cordel de pita que previsoramente le habían traído también para evitar que se le cayera, y una camisa de franela, que también le quedaba holgada pero no tanto como el pantalón. Volvieron a taparle los ojos para conducirlo a otra estancia situada a unos cincuenta pasos de donde había pasado la noche.Esta vez, aunque sintiendo la debilidad, ya fue capaz de ir por su propio pie. Cuando le quitaron el paño que cubría sus ojos, se encontró en una estancia amplia de suelo de madera encerada y, aunque con sobriedad rural, decentemente amueblada. En ella, y sentados en torno a una mesa oblonga frente a uno de cuyos extremos habían situado a Luciano, había tres hombres maduros. No era difícil adivinar que eran militares. Tampoco fue necesario que nadie pronunciase su nombre para saber que el que ocupaba el lugar central era el general insurrecto Máximo Gómez. De aspecto menos refinado que el general Martínez Campos, enjuto, con gafas redondas y los labios ocultos bajo un largo y poblado bigote blanco, desprendía el mismo aire de autoridad y determinación. Era de esos hombres que uno podía imaginarse en medio de una batalla dirigiendo los movimientos de la tropa sin protegerse de las balas, sabedores de que algo invisible e indefinible las apartaba de donde ellos se encontraban. Todos miraban a Luciano sin decir palabra. Comprendió que era él quien tenía que romper el silencio.

—Mi general, Martínez Campos me ha insistido en que debía entrevistarme a solas con usted.

—El general Martínez Campos manda en su cuartel, y por poco tiempo. En el mío no admito órdenes de nadie.

Nadie lo invitó a sentarse, pese a que había un par de sillas vacías, así que comenzó a recitar el discurso que había memorizado. Para su disgusto, oyó su propia voz temblequear en un tono apagado por la extrema debilidad.

—El general me pide que lo salude en su nombre y le presente los respetos que su condición de jefe militar le merece. Me ha pedido que le trasmita que en virtud del buen entendimiento que han logrado mantener en tiempos pasados…

Llegado a este punto de su discurso, el general Gómez lo interrumpió bruscamente.

—No siga por ahí. Ya veo que don Arsenio vuelve por donde solía. Se ha ganado a pulso el apodo de Martínez Trampas por el que lo conocen hasta sus propios soldados. Que sepa que esta vez no le van servir sus viejos trucos. No vamos a caer en sus engaños.

Luciano creyó que debía alterar la literalidad del parlamento que le había encargado el Capitán General para replicar a Gómez:

—El general me ha dicho que no es culpa suya que otros hayan dejado de cumplir alguno de los acuerdos pactados en El Zanjón.

De nuevo volvió a ser interrumpido.

—Óigame bien, amigo. Haga un esfuerzo para salir con vida de esta misión que le han encomendado, porque si lo logra va a ser usted el último que lo consiga. Voy a dar órdenes a todos los jefes militares de que ejecuten sin contemplaciones y sin escucharlos a todos los emisarios que lleguen con alguna propuesta, sea de paz o de algún tipo de acuerdo. Ni Martínez Campos, ni nadie nos va a engañar más. Dígale a su general que el siguiente que venga a nosotros con una encomienda como la que usted nos trae será ejecutado sumariamente. Sin contemplaciones.

—Discúlpeme, mi general, pero creo que aquí hay un error. Yo no soy del otro bando. Yo he prestado servicios a la causa de la independencia consiguiendo informaciones. Por circunstancias me he visto forzado a actuar de emisario de los militares para no despertar sospechas y se me está tratando como a un enemigo.

—Se le está tratando a usted como se merece quien viene de portavoz de los engaños con los que nos quieren embaucar los españoles.

—Hago esto para poder conseguir informaciones para ustedes, para todos nosotros.

—No es el momento de tratar de adivinar de qué parte está quien se mueve entre dos aguas. Es el momento de unirse a uno u otro de los bandos contendientes y empuñar las armas. Si es cierto que está de nuestra parte, háganos un servicio. Vaya al cuartel de Martínez Campos y dígale que las cosas han cambiado, que esta vez va completamente en serio. Personalmente acumulo ya demasiadas derrotas. Perdí luchando al lado de los españoles en Santo Domingo y perdí contra los españoles firmando el Pacto del Zanjón. Tengo ya una edad, esta es mi última batalla y sé que la voy a ganar. Dígale que solo se me puede doblegar matándome en el campo de batalla, pero que no alimente ilusiones de que eso vaya a suceder. Tengo detrás de mí al buen pueblo cubano que se ha levantado en armas para conseguir su libertad. El único pacto posible es el que reconozca la total independencia de Cuba, sin condiciones. Y dígale también que avise a todos los tibios y oligarcas de que a partir de ahora será considerado traición mantener cualquier tipo de relación comercial con los españoles. Vamos a detener toda la producción de azúcar, de café, de tabaco. La tea llegará a donde haya cualquier intento de producir riqueza de la que se lucren los parásitos de nuestro pueblo. Si es necesario, Cuba arderá por los cuatro costados, pero ni una sola arroba de azúcar va a salir de aquí. Todo campo de caña productivo será incendiado, todo ingenio o central, destruido, todo aquel que sea sorprendido transportando mercadería alguna hacia una ciudad o un puerto será considerado traidor y ejecutado de inmediato. Cuba va a dejar de ser una fuente de riqueza para España y más vale que lo comprendan, que se resignen a ello y que dejen cuanto antes el gobierno de la isla a sus legítimos dueños. Todo el mundo va a ver que España es incapaz de defender lo que ha usurpado. La única posibilidad de que nuestro ubérrimo suelo libere sus riquezas es que pase a ser propiedad de nuestro buen pueblo. Cuba dejará de ser un lugar con una población sumisa dispuesta a trabajar por lo que le den. Vamos a destruir todo el sistema de producción que ha servido para que España se enriquezca a nuestra costa. Una vez destruido, las masas trabajadoras se sumarán a nuestra causa. Que no olvide el Capitán General que cualquier rincón de Cuba será territorio hostil para él y sus tropas. Supongo que no entrará dentro de los planes de Martínez Trampas ser el militar que claudique y firme la rendición y retirada de España, pero dígale que más valiera que lo aceptase antes de que no quede en pie nada de lo que ellos han edificado para llevarse la inmensa riqueza de esta tierra. Y escúcheme bien, lo que le tiene que quedar completamente claro a ese general es que ya no va a poder torcer ni comprar voluntades como solía. Si es cierto que mataremos a todo emisario procedente de las filas españolas que acuda a proponernos algún enjuague, haremos otro tanto con cualquiera de nuestros soldados, tenga la graduación que tenga, que se avenga a tratos con los españoles o con los dueños de los ingenios, como hacían para recibir trato de favor a cambio de contribuciones a la causa. Le repito, haga todo lo que esté de su parte para salir con vida, porque será el último que lo logre. Dice que está de nuestro lado, vamos a concederle el beneficio de la duda por una vez. Las penalidades que va a pasar servirán para que nunca olvide que todo lo que venga a entorpecer nuestra firme resolución de llevar esta guerra hasta las últimas consecuencias será mal recibido y no quedará impune.

Luciano comprendió que todo intento de explicación de un más alto fin al que se dirigía su acción era inútil. No era Gómez hombre de escuchar a otros. La determinación con que había pronunciado sus palabras dejaba bien claro que quería a toda costa ganar esa guerra, porque sabía que era su última oportunidad para gozar la victoria y en ello le iba la justificación de toda su vida como guerrero. Tenía decidida la manera de conducir el combate y no iba a aceptar ninguna enmienda. No estaba dispuesto a apartarse un ápice de sus fines ni de los medios que había elegido —y estaba completamente convencido de que eran los únicos adecuados— para vencer. Luciano nunca había conocido a Martí, pero sí al que había sido el hombre de su confianza en la Habana, Juan Gualberto Gómez, y eso le bastaba para darse cuenta de que las discrepancias entre Martí y Gómez tenían que ser profundas. Pese a su estado de extrema debilidad, sintió una punzada de curiosidad y reunió fuerzas, asombrándose él mismo, para hacer un tímido sondeo.

—Una última cuestión, mi general, que no tiene nada que ver con Martínez Campos. El coronel Parrondo lamenta mucho la pérdida de Martí y que no se hubiese podido hacer nada para protegerlo de las tropas de españolas en Dos Ríos.

Durante apenas un segundo, Gómez lanzó una mirada afilada como un puñal a Luciano y tras otros dos o tres de silencio dijo con voz muy calma y neutra:

—La lamentamos todos. Nunca suelo dar explicaciones de lo que hago en el campo de batalla, pero dígale a Parrondo, si es que llega a verlo de nuevo, que cuando recibimos el ataque de las tropas españolas en Dos Ríos, ordené a Martí que permaneciera en nuestro campamento mientras yo salía con mis hombres a presentar combate; que desobedeció mis órdenes y se lanzó a campo abierto disparando con su revólver contra el enemigo, y así se metió prácticamente en sus fauces. Ignoro por qué se condujo de ese modo temerario y hasta diría que alocado. Como algunos lo llamaban con cierto desprecio “El Poeta”, tal vez quiso demostrar que él era tan capaz de empuñar las armas como cualquier patriota. Hemos perdido a un gran hombre, pero la lucha continúa.

—Así se lo trasmitiré, mi general.

El otro efecto que Luciano pretendía, reiterar que era hombre de confianza de Parrondo, también estaba logrado a medias, lo suficiente, tal vez, para poder salir vivo del lance. El caso es que Gómez todavía estuvo unos instantes mirando a Luciano con un destello de curiosidad en sus ojos, pero inmediatamente volvió al plan trazado. Se dirigió a los dos hombres que lo habían conducido hasta allí y que se habían quedado al fondo de la estancia mimetizándose con las paredes.

—Llévenselo y procedan tal como hemos decidido.

Avanzaron hacia él y volvieron a cubrir primero sus ojos y luego la cabeza. Caminaron unos cuarenta pasos, le quitaron el saco de la cabeza, pero no el pañuelo de los ojos. Le acercaron un recipiente de latón a los labios y sintió el contacto de agua, esta vez limpia y fresca, como recién salida de un pozo.

—Beba, amigo, beba, porque esta será la última agua que pueda llevarse a los labios en algún tiempo.

Después de volver a ponerle la arpillera lo dejaron sin darle explicación alguna. En vista de que no pasaba nada, se sentó en el suelo a descansar. Quiso disfrutar aquellos momentos de calma porque lo que le esperaba, según le había anunciado Gómez, solo podía ir a peor. Debían de estar en algún lugar elevado porque el aire era leve y tenía el frescor de la mañana que en aquella época del año ya no se sentía en el llano. Saciada parcialmente su sed y con aquella brisa agradable, sin duda estaba en medio de una explanada porque el aire corría libre, tuvo una media hora sosegada. Al cabo oyó los cascos de caballos que se acercaban.

—En pie. Monte el caballo que tiene delante; nos vamos.

Reconoció la voz apremiante del mismo individuo enjuto que mandaba el grupo que lo había conducido en la ida. Extendió los brazos y los movió en varias direcciones hasta que su diestra tocó los belfos de un caballo que dio un respingo al contacto con la mano de Luciano. Palmeó repetida y rítmicamente el cuello del animal mientras le susurraba palabras tranquilizadoras. Tener al equino de su parte podía ayudarle a sobrellevar mejor las penalidades del viaje. Buscó un estribo y se subió sin mucho garbo, pues le seguían doliendo todos los huesos, músculos y articulaciones de su cuerpo.

Identificó otras tres voces además de la del jefe de la expedición, que era la única conocida. Al poco de empezar la marcha, comenzaron a trotar, por lo que le pareció que seguían una ruta diferente y menos abrupta que la de la ida. Lo que no había cambiado era que para él seguía sin haber agua ni víveres. Como estaba mucho más débil, el viaje fue un suplicio desde el primer paso. Al calor, a la sed y al hambre se sumaba un dolor casi insoportable con cada paso del animal, que él no era capaz de amortiguar con los movimientos de su propio cuerpo. Se abrazó al cuello de su montura para evitar caer por tierra. Viendo que su mente comenzaba a nublarse, instruyó a sus brazos para que, obrando de modo autónomo y desconectados de su conciencia, no soltasen su abrazo al caballo en ninguna circunstancia. Así se mantuvo como un autómata incluso en medio de los delirios que no tardaron en atormentarlo. Mantuvo conversaciones absurdas en las que rendía largas explicaciones sucesivamente a Gómez, a Martínez Campos, a Walker sin lograr ser comprendido por ninguno de ellos. También sostuvo una agria discusión con Rosita, que tenía en brazos un niño tan grande como ella y que a ratos mamaba y a ratos dejaba la teta para intervenir también en la conversación defendiendo a su madre y acusándolo de algo que no lograba entender pero que estaba relacionado con el pago de una deuda. También comparecía, después de un largo trayecto en tren y a caballo, ante un fantoche vestido de negro que agitaba los brazos y que decía llamarse Caedas, pero él sabía que no era verdad. Después de discutir con él tomaba el tren de vuelta, pero los raíles estaban mal ensamblados y producían un traqueteo violento que le producía un temblor doloroso en todo el cuerpo y quería llegar a la locomotora para decirle al maquinista que debía detenerlo porque él podía arreglar el tendido. Caminaba de un vagón a otro teniendo que soltarse de los pasajeros que se aferraban a sus piernas y no le dejaban avanzar hacia la locomotora. Así estuvo mucho tiempo luchando por desembarazarse de ellos. Especialmente de uno que volvía una y otra vez a abrazarse a sus piernas a la altura de los tobillos. Empezó a golpear su cabeza contra el suelo con saña descargando unos golpes secos que hacían un enorme estruendo al impactar con el suelo metálico. Se alarmó por el ruido que sonaba a la vez cerca y lejos. De repente, cayó al suelo y comprendió lo que estaba pasando. Había un tiroteo y su caballo había sido alcanzado y derribado.

Permaneció quieto en el suelo, confiando en la menor probabilidad de que le alcanzasen las balas. Le costó un esfuerzo ímprobo despojarse de la arpillera que cubría su cabeza y del pañuelo que le tapaba los ojos. Para cuando lo logró, el tiroteo había cesado. Había un hombre tirado en el suelo a unos cincuenta pasos de donde él se encontraba; cerca estaba su caballo, pero los demás miembros de la comitiva habían desaparecido. No fue capaz de ponerse en pie a pesar de sus esfuerzos. Al cabo de un rato se dio cuenta de que tenía una pierna aprisionada por su caballo que estaba agonizante. Lo golpeó con toda la fuerza que pudo con la pierna libre en el espinazo y el jamelgo se revolvió lo suficiente como para que Luciano pudiese liberar la pierna trabada. Un disparo impactó en ese momento en el pedregal cerca de donde se encontraba. Por la traza en el suelo dedujo el lugar de donde procedía la bala, un pequeño promontorio en la margen derecha del camino por el que habían venido. Se puso a cubierto utilizando el cuerpo del caballo como parapeto y levantando el brazo lo que pudo agitó el pañuelo a la vez que gritaba:

—No disparen, estoy desarmado.

Ni siquiera reparó en que su hilo de voz apenas era audible. Pensó que sus atacantes podían ser soldados o simples bandoleros, y por eso optó por no identificarse de ningún modo. Una voz ronca le ordenó:

—Póngase de pie, despacio, los brazos bien altos.

Trató de obedecer la orden sin saber muy bien si sería capaz de mantenerse erguido, todo su cuerpo se estremecía en un temblor incontrolable.

—Sepárese de su montura, camine despacio hacia aquí.

Dio unos cuantos pasos tambaleantes y el camino polvoriento se vino bruscamente hacia él a la vez que todo se oscurecía.

Cuando abrió los ojos le estaban sujetando la cabeza mientras le ponían entre los labios un vaso de latón con agua. Solo cuando hubo bebido todo el contenido lanzó una mirada en derredor y se vio rodeado por soldados con el uniforme rayadillo.

—Con cuidado, amigo. ¿Cuánto tiempo hace que no bebía agua?

Con la lengua tiesa respondió con una voz que apenas reconocía:

—Yo... ni siquiera lo sé.

—Está usted más seco que la mojama, tiene la piel como pergamino. —le hablaba un teniente joven cuya tez blanca revelaba que no hacía mucho tiempo que había llegado a la isla— ¿Quiénes eran sus acompañantes?

—Un grupo de insurrectos.

—¿Lo tenían a usted preso?

—En cierto modo. Cumplo una misión para el alto mando que no puedo revelar. ¿Estamos muy lejos de Manzanillo?

—A un día de camino, más o menos.

—Tengo que presentarme al oficial a cargo de las tropas de Manzanillo. ¿Podría usted conducirme allí?

—En su estado actual, no. Esta usted que no se tiene en pie. Lo llevaremos al campamento, a unas dos horas de aquí, para que se reponga y ya el comandante decidirá. Afortunadamente hemos podido capturar el caballo del muerto, así podrá ir usted en él.  Esta zona es muy peligrosa, el mambí está por todas partes. Supongo que tampoco habrá comido nada desde hace tiempo, ¿verdad?

—Así es. Pero casi no tengo hambre.

—Bueno, poco a poco; algunos víveres tenemos para que vaya usted tomando fuerzas. Dígame, ¿sabe si hay un contingente de tropas mambises cerca de aquí?

—No creo. Venimos cabalgando desde el campamento del general Máximo Gómez hace muchas horas. Yo venía con los ojos vendados, pero creo que no nos hemos encontrado con otro grupo en todo el tiempo que venimos marchando.

—¿Y por qué lo tenían a usted en este estado tan lamentable? Porque sus acompañantes sí estaban bien espabilados; han conseguido escapársenos todos, menos al que hemos matado.

—Es largo de contar y ya le he dicho que solo debo informar de mi misión al alto mando. Ellos cumplían órdenes de joderme bien jodido... y desde luego que las han cumplido a la perfección.




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