Este texto es un fragmento de

Yes, We Football

Raúl C. Cancio

Quienes amamos el fútbol y al mismo tiempo sentimos pasión por el football nos hayamos inmersos en un permanente estado de incredulidad. ¿Por qué a los americanos no les gusta nuestro balompié, y por qué su football no cala entre los españoles? Sobre esta cuestión se ha escrito y reflexionado en volumen suficiente como para no cometer ahora la torpeza de reiterar aquí un debate que excede de las pretensiones del presente libro.

Las páginas que siguen a continuación tienen un objeto mucho más modesto, y ya anticipo que es un objetivo inequívocamente proselitista. Como las respuestas al desinterés patrio acerca del fútbol americano nunca me han satisfecho, consideré que era el momento oportuno de publicar un opúsculo sin más anhelo que el que he anticipado: desmontar los mitos y falacias que, de manera casi siempre apriorística, impiden que el aficionado español pueda disfrutar de lo que es, sin duda, una de las experiencias más apasionantes que el deporte profesional puede ofrecer.

Para ello, esta obra se estructura en tres partes bien diferenciadas. Una primera atenderá a los orígenes del juego y su posterior desarrollo hasta nuestros días, sin ninguna pretensión enciclopédica, contentándose con trazar un cauce que sirva de sencilla guía para no perderse en la profunda evolución que ha sufrido este deporte. Ello, además de proporcionarnos un entretenido y curioso viaje por el tiempo repleto de anécdotas y sucesos, nos va a permitir advertir como soccer, rugby, gridiron, fútbol australiano y football comparten raíces comunes en su génesis, lo que desmiente el exotismo y complejidad que pudiera aparentar el football. Como bien repite Mariano Tovar, no es ni mucho menos accesorio que se llame football un deporte que principalmente se juega con las manos, cuando multitud de partidos quedan en manos –mejor dicho, en pies- de los kickers a escasos segundos de terminar el partido. Nótese a este respecto que una de las grandes revoluciones en el juego la introdujo precisamente un antiguo jugador de soccer, el húngaro Pete Gogolak, quien en 1964 incorporó el soccer-style a la hora de ejecutar los field goal, aumentándose con ello la potencia y precisión en igual medida.

Este viaje por el tiempo también resultará enormemente instructivo acerca del concepto de gestión deportiva. Cómo un deporte que se empezó a jugar entre universitarios y ante un centenar de espectadores llegó a ser un evento que en la última Super Bowl, celebrada en Minneapolis, concitó la atención de ciento tres millones de espectadores sólo en los Estados Unidos, con todo lo que ello conlleva en términos de marketing, publicidad, ingresos, derechos televisivos, salarios, impacto social, etc., es toda una magistral lección de simbiosis entre deporte, negocio y medios, de la mano de unos dirigentes que se adelantaron varias décadas a la gestión profesional del deporte, con los resultados que ahora disfrutamos. ¿Alguien puede imaginarse la NFL sometida a la demencial gestión audiovisual que sufre la LFP en nuestros días?

Por último, y también en relación con este primer capítulo dedicado a la historia de este deporte, veremos cómo su devenir profesional no ha sido un camino de rosas; más al contrario: a lo largo de su historia se ha visto sometido a traumáticos cismas, con varias competiciones jugándose simultáneamente que, lejos de debilitar el deporte, logró por el contrario cohesionarlo aún más, derivando en una liga más fuerte, más competitiva y, sobre todo, extraordinariamente abierta, merced a los mecanismos de equilibrio diseñados para que ningún equipo pueda dominar de manera insultante la competición. No en vano, desde que se instauró la era Super Bowl en 1966, ningún equipo ha conseguido aún encadenar tres victorias seguidas.

El segundo bloque es el que aglutina y comprende el grueso del contenido prosélito del libro. Se trata de una selección de artículos publicados tanto en el Blog Zona Roja, la NFL en español, como en la sección de la NFL del diario As que admirablemente dirige el periodista Mariano Tovar, cuyos contenidos absolutamente heterogéneos pretenden despertar el interés de un también amplio abanico de inquietudes. A los aficionados a la militaria puede que les interese conocer cómo un buen número de jugadores de la NFL lucharon y murieron en los principales conflictos bélicos del siglo XX. A quienes les atraiga la cábala a buen seguro que les gustará advertir cómo el destino, la predeterminación o la providencia, de manera a veces asombrosa, se manifiesta en la selección de jugadores en el draft, o cómo los números de los jugadores esconden historias apasionantes. Si alguien cree que los árbitros en general son una raza aparte, que lea el artículo sobre los rencillas de la NFL. Si entre los lectores de este libro hay empresarios o profesionales de la gestión comercial, les recomiendo la pieza dedicada al partido inaugural de la temporada, o cómo generar ingresos de cada rincón de este deporte. Los aficionados a la heráldica a buen seguro que disfrutarán escrutando los linajes del football, cuyo abolengo en nada tiene que envidiar al de las casas reales europeas. Y, desde luego, no sólo del football vive el hombre: atletismo, baloncesto, golf, boxeo, automovilismo, catch... De todos ellos se habla en este libro. Finalmente, y de un tiempo a esta parte, proliferan en el ámbito del soccer, fundamentalmente y al calor de las redes sociales, verdaderos contenedores de datos que de manera imprudente salpimentan las retransmisiones deportivas explicándonos el número de partidos seguidos en los que tal o cual jugador a tocado el balón con la pierna izquierda durante la franja comprendida entre el minuto 7 y el 36. Información absolutamente prescindible, pero que, sorprendentemente, causa furor en nuestros días. Bien: si alguien quiere de verdad estadísticas útiles y, sobre todo, emuladoras de quienes se predican, váyase al banco de datos de la NFL y déjese de sucedáneos. Por último, y no por ello de menor importancia, hay mujeres que también juegan al football.

Como anunciábamos al inicio, el capítulo dedicado a las reglas del juego pretende desmontar el mito de la complejidad del mismo. En efecto, el football tiene unas reglas ciertamente enrevesadas. ¿Y bien? Quien haya ido con niños a un partido de soccer sabe muy bien lo que es verse interrogado sobre el fuera de juego durante los noventa minutos. Resulta igualmente habitual en los jugadores de mus verse abrumados por el inexperto mirón acerca de los arcanos de frases inconexas y sinsentido: «hasta ahí», «venga», «nooo», «hice», «juego», «quince»... Pues bien, esto reafirma que no es un problema tanto de complejidad como de pedagogía. Uno no puede sentarse delante del televisor para ver nada si no conoce los rudimentos básicos de lo que está atendiendo. 

Aprendamos primero que el alfil se desplaza en diagonal y la torre en vertical y horizontal, y ya habrá tiempo de comprender las aperturas; sepamos quién es el quarterback, qué es un down y cómo se anota, y más adelante conoceremos que es un pick six o la diferencia entre una play action y una option. Es más, esa complejidad objetiva del football, a la postre, y una vez superada esa primera aprensión, resulta por el contrario extraordinariamente interesante a la hora de ponderar los cientos de factores que pueden decidir un partido, enriqueciendo así un deporte que en modo alguno transcurre por facetas planas. Además, se da la singular paradoja de que muchos de los que critican la complejidad del juego, al mismo tiempo, le reprochan una simplicidad cuasi tribal, con frases tan manidas como: «¿Y esos tíos dándose golpes? ¡¡Qué bestias!!», lo que no deja de ser un contrasentido y una frivolidad, producto de una reparable falta de información. El football es un deporte que, como pocos, por no decir ninguno, aúna de manera ponderada y magistral la rudeza más brutal de una manada de bisontes con la no menos devastadora violencia psicológica que late en una partida de ajedrez.

Aunque sólo fuera por un saludable ejercicio de análisis comparado, merece la pena ver un partido de football y otro de soccer o baloncesto. Resulta hilarante comparar al dolorido jugador de soccer retorciéndose aparatosamente sobre el césped tras una no-entrada, con el wide receiver que, sin soltar el balón de su mano, se levanta como un resorte tras recibir el impacto de un furgón blindado de 115 kilos a veinte kilómetros a la hora. Al lado de esto, no resulta menos jocoso comparar la célebre libreta de Van Gaal o las entrañables “Villedas” del basket con los libros de jugadas, los dossiers de imágenes aéreas o el ingente volumen de información, en fin, que un equipo técnico de football ha de manejar para adoptar una decisión técnica en pocos segundos.

Por todo ello, el tercer capítulo no pretende ser un compendio exhaustivo de las reglas del football –al alcance de quien quiera, por cierto–, sino una herramienta, un instrumento que permita al espectador novel acercarse al juego de una manera ágil y sencilla, sin perjuicio de la necesaria profundización en los arcanos reglamentarios, cuando así sea preciso. Como se verá, en este capítulo vamos a aprender el dónde, el cuándo, el cómo y el con qué se juega. Si se consigue responder a estas cuestiones básicas, tendremos mucho camino recorrido.

El texto se completa con un breve glosario de los términos que con mayor frecuencia se emplean en este deporte, así como una serie de apéndices en los que pueden consultarse desde las franquicias integrantes de la actual NFL a todos los ganadores de las distintas versiones de campeonatos celebrados y sus trofeos.

Bill Shankly, el legendario entrenador del Liverpool, dijo del fútbol que no era una cuestión de vida o muerte, sino algo mucho más importante que eso. A otro entrenador, en este caso de football, nacido casualmente como Shankly en el mismo año de 1913, le preguntaron si la victoria era lo más importante. Vince Lombardi, que así se llamaba el entrenador que años después le dio nombre al trofeo que se entrega al ganador de la Super Bowl, contestó: «Ganar no lo es todo, es la única cosa». El paralelismo en las reflexiones de estos dos coetáneos genios del deporte me hace perseverar aún más en el convencimiento de que pesan más los aspectos que unen a estos dos deportes que los que los separan, y que únicamente la falta de información, los prejuicios injustificados y alguna dosis de aldeanismo impide a los españoles apreciar un juego que, una vez paladeado, nos hará preguntarnos: «¿Pero que he estado haciendo los últimos veinte otoños de mi vida?».



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