Este texto es un fragmento de

Astrid es un nombre de mierda

Juan Carlos Ferrer Aranda

Veintinueve

Desperté con la boca negra, el aliento alcoholizado y un dolor de cabeza similar al que se siente después de recibir siete puñaladas ardientes en la sien.

En retrospectiva, quizá no fue la mejor idea del mundo haber salido anoche. Para ser honesta, el problema no fue salir. El problema fue haber estado bebiendo como una descosida, pero ya que mi naturaleza me impide rechazar una copa gratis y que sin ayuda etílica no habría sido capaz de conciliar el sueño, emborracharme era la única opción a considerar.

Fui directa a la cocina, me lavé la cara en el fregadero y aproveché para beber de forma compulsiva directamente del grifo. Vicky, mi compañera de piso, llegó a tiempo para contemplar la escena.

—¿Cumpleaños de tu madre? —preguntó. 

—Cumpleaños de mi madre.

Se había convertido en una especie de tradición anual lo de salir la noche antes del cumpleaños de mi madre. Por lo general, siempre optaba por alcoholizarme violentamente en la discoteca menos roñosa que encontrara. En el mejor de los escenarios a contemplar, terminaba vomitando en algún callejón de mala muerte y después caminando a trompicones mientras procuraba no ser violada de camino a casa. En el peor, me pasa exactamente lo mismo con el agravante de haberme follado, entre medias, al mayor gilipollas con el que me haya cruzado aquella noche en el sitio más antihigiénico e incómodo posible.

Esa noche fue de las segundas.

—¿Dónde fue esta vez? 

—En los baños de la discoteca.

—¿Y no os pillaron? 

—Gracias a Dios, nos pillaron. El baño era tan pequeño y estrecho que ponerse a cuatro patas no era una opción, así que tuvimos que improvisar un misionero contorsionista. Lo más desagradable de la situación no fue tener que abrirme de patas apoyada en una taza del váter que no tenía tapa, sino tener que follármelo de frente, contemplando su cara de gilipollas mientras balbuceaba palabros ininteligibles. Se suele decir que es mejor callar y parecer idiota antes que hablar y demostrarlo. Y si el tío ya tendría que aplicarse el cuento de normal, en el contexto de estar teniendo sexo con una desconocida en un baño plagado de cucarachas retozando en orín ya ni os cuento. Por suerte, el segurata no tardó demasiado en llamarnos la atención y echarnos del local.

—Pero hija, ya que vas a follarte a alguien, por lo menos búscate a alguno que sea majo, ¿no? Por variar, digo...

Para Vicky, el tío ideal tenía que ser poseedor de lo que ella denominaba «las tres B», es decir: bueno, barbudo y barrigón. Y aun si fingiésemos que no existe el factor asco, hay miles de motivos por los cuales nunca me lo plantearía.

El primero de todos es que, si ya me va mal con los chicos que están en forma, ni me quiero imaginar cómo funcionaría lo de tirarme a un gordaco. No me gusta ponerme encima, pero sería la única posibilidad de follar sin riesgo de aplastamiento. Llamadme rara, pero lo último de lo que quiero estar pendiente mientras tengo sexo es de si voy a sobrevivir o no al polvo.

Nada. Los experimentos, mejor con gaseosa. 

—¿Qué hora es?

 —Las cuatro menos cuarto.

—Genial, todavía me quedan... cuatro horas antes de la hecatombe.

—¿Pero tan chungo es? 

La relación con mis padres se había deteriorado bastante después de independizarme. Tampoco es que antes hubiera sido la mejor relación del mundo, pero por lo menos había cierto trato. A día de hoy, todo esto se reduce a verlos en las cuatro o cinco reuniones familiares que se celebren durante el año, y si puedo escaquearme de alguna mejor.

Pero esta era la jodida.

«Vendrás a cenar mañana, ¿no? Que si no tu madre se pone triste, ya lo sabes...», fueron las palabras de mi padre al teléfono. Cada año se repite el mismo procedimiento, como si fuera un bucle infernal del que no podré escapar hasta que alguna de las dos se muera.

Me gustaría pensar que la primera sería ella, pero no subestimemos mi afán autodestructivo. En cierto modo sería la venganza perfecta, pero para ello tendríamos que dar por hecho que le importaría un carajo. Y no las tengo todas conmigo en ese aspecto.

—¿Qué le vas a regalar? 

—Cianuro. 

Como, predeciblemente, no tenía ni puta idea de qué regalarle a mi señora madre, Vicky me acompañó hasta El Corte Inglés de Plaza Catalunya a ver si se me encendía la bombilla.

—Tendríamos que haber ido a un sex-shop y pillarle un consolador.

—¿Tan mal follada está? 

—Desde luego, lo parece. Me da la impresión de que mi madre nunca fue una buena persona en primer lugar. Por lo que me han contado, al menos, siempre ha sido una perra mala. Sólo se acostó con mi padre porque era el que le gustaba a mi tía, y dudo que hubiera seguido con él de no ser por su actitud dócil y por ser, en esencia, un calzonazos como la copa de un pino. A veces me sabe mal por él, pero en el fondo creo que se lo ha buscado. Nadie le impide separarse de ella, pero no sé si es que la quiere —lo cual le convertiría en el hombre más ciego y estúpido sobre la faz de la tierra— o si sigue con ella por lástima. En cualquier caso, es él quien voluntariamente decide aguantarla. Y me sabe mal. Pero no.

—Oye, ¿y qué tal un Baby Born? —propuso mientras pasábamos por la sección infantil.

—Demasiado pronto —contesté, después de estallar en carcajadas.

Desde luego, cualquier atisbo de humanidad que residiera en esa persona se esfumó desde el mismo instante en el que murió Pedro.

Mi madre, de hecho, quería a Pedro. Y mi madre no es muy de querer. Me resultaría difícil de creer que alguien así es capaz de sentir apego siquiera por cualquier otro ser humano, de no ser por la cantidad de veces diarias que llegaba a mencionarlo. Por suerte, sólo la mitad de ellas para compararlo conmigo. Y es que aquella criatura no tenía ni siete años cuando murió arrollado por un conductor despistado que recordaría ese día durante el resto de su vida.
Iban de camino a casa de mi abuela, algo que siempre era motivo de tensión y por eso se pasaron todo el trayecto discutiendo acaloradamente. Razón, asumo, por la cual no prestaron demasiada atención a Pedro en aquel momento. Ellos se pararon frente a un paso de cebra al ver que el semáforo estaba en rojo, pero por desgracia mi hermano siguió caminando.

Honestamente, por mucho que ellos se mortifiquen por ello, no creo que tuvieran la culpa. Tragedias de este tipo ocurren todos los días, a todas horas, y un despiste así lo puede tener cualquiera. Fue una desgracia, sin más.
De lo que sí les culpo es de haberme tenido a mí después. Si alguno de vosotros ha tenido un hermano mayor, sabrá lo especialmente jodido que resulta ser comparado con él cada cinco minutos, sobre todo si el muy cabrón era mejor que tú en todo. Coged esta sensación, empapadla en crack y multiplicadla por cuarenta y dos. Así llevo sintiéndome yo durante veintitrés años de mi vida.

Pedro no tuvo tiempo material para cagarla. Se fue en el mejor momento. Quizá si hubiera vivido un tiempo más le habría dado tiempo a suspender la secundaria, meterse a las drogas o hacerse fan de Vetusta Morla. Pero no. Era el niño simpático y salao al que quería todo el mundo. Y a mí no me basta con ser la rara, la antisocial, la borde, sino que además estoy compitiendo con un crío virtualmente perfecto al que jamás voy a poder hacer sombra.
Aunque tan buen niño no sería, si iba por ahí cruzando en rojo.

—¿Sabes qué? A tomar por culo. Le compramos un libro y ya está.

—¿Cuál?

—El peor que haya. Tú dirás, eres la que está puesta en el tema. 

—Pues acaba de salir uno que pinta bastante mal. Es de sadomaso para cuarentonas.

—Adjudicado. 

Necesito a Vicky a mi lado en estas cuestiones porque nunca se me ha dado bien eso de comprar regalos. No sé lo que le gusta a la gente normal. La gente suele regalar ropa, pero me parece una maniobra bastante arriesgada a la par que cutre. Lo mismo con perfumes y otras mierdas. Nunca me han regalado algo así con lo que hayan acertado. La verdad es que no sé por qué está tan mal visto socialmente lo de regalar un vale descuento, cuando al fin y al cabo es lo que más a cuenta sale y no hay posibilidad de fallar.

Nos dirigimos a la caja para pagar el ejemplar de Cincuenta sombras de Grey que escogimos, pidiendo que nos lo envolvieran para regalo.

Aprecio, de verdad, los esfuerzos de mi compañera de piso. En el fondo, lo que más me jodía de todo este asunto es que ella se molestase en ayudarme a escoger un regalo que lo único que provocaría sería indiferencia. Fuera lo que fuera. Sin duda, la pobre chica era incapaz de imaginar hasta qué punto podía llegar a ser de grande la pochez de mi madre durante el día de su cumpleaños.

Quizá pueda parecer egoísta preocuparme tanto por mi bienestar en un caso así. No lo niego. No soy una buena persona. Ya lo sé. Lo tengo asumido. A veces, muy de vez en cuando, realizo alguna buena acción para saber lo que se siente al hacer lo correcto.

Y siempre, siempre me arrepiento. Aquella era una de esas veces.

Ahí estaba yo, contando hasta cien antes de tocar el timbre del portal de casa de mis padres. Una vez lo hiciera, ya no habría vuelta atrás. Pero sólo serán un par de horas, tres como mucho. No sería para tanto. Es un cumpleaños. Un motivo de celebración.

Lo malo es que, casualidades de la vida, hoy también se cumplen veintinueve años desde que mi hermano mordió el asfalto.



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Juan Carlos Ferrer Aranda

Astrid es un nombre de mierda

Una comedia romántica de humor negro, personajes despreciables y vacío existencial de la generación millenial

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