Este texto es un fragmento de

Cómo sobrevivir a la burrocracia

Lara Zurita

Hace muchos años que quería hacer esto. Me siento en la obligación de decirle a mis conciudadanos que tienen razón. Que el sistema no protege como debe. Que el Estado del bienestar tiene lagunillas. Y no es una cuestión (o no sólo) ideológica. En este breve libro no hablaremos de partidos políticos ni de ideas o modos de gobierno. Sólo vamos a analizar lo que tenemos y a tomar medidas de supervivencia en consecuencia.

Imaginemos (y lo haremos mucho, como recurso didáctico, para visualizar de forma práctica lo que, de entrada, nos parece intragable) que hemos decidido salir de excursión. Elegimos un día y, cuando este llega, llueve. Te gustará más o menos, pero llueve. No entramos a valorar la lluvia. La aceptamos. Y ahora, elegimos libremente salir o no. Y, si salimos, elegimos mojarnos o no. Y, si elegimos no mojarnos, podemos hacerlo usando un impermeable o un paraguas. Pues eso vamos a hacer aquí. Sí, llueve. Es lo que hay. Lo siento, de verdad, yo querría que tuvieras un día brillante con sol moderado y temperatura media de veinticinco grados. Pero llueve. Y como no es culpa mía ni tuya, pero yo sí sé dónde hay paraguas e impermeables, te lo voy a contar. Porque así, habrá veces que elijas no salir. Pero habrá otras en la que sentirás la libertad de elegir salir y elegir qué usar para guarecerte de la lluvia si decides no mojarte.

Como decía, el sistema no termina de funcionar. Yo lo veo con claridad meridiana. Llevo trabajando por y para la Administración desde el año 2003. Trabajo en el sector público por vocación. Ya era un bicho raro en la Facultad de Derecho cuando confesaba que me encantaba el Derecho Administrativo. Reina la idea general de que el Derecho es para perseguir maleantes o ser abogado y forrarse (quien pueda). Se identifica el Derecho con la rama del Derecho Penal e imaginamos juicios como los de las series americanas que vemos. Pero no es así. El Derecho regula tu vida en todo momento. Cada minuto de tu vida. No vamos a profundizar sobre las ideas del contrato social y la creación del Estado, pero sí que vamos a mencionar el punto de partida: o tenemos reglas o nos matamos. Ya está. ¿Ves que fácil? En cualquier especie animal reina el más fuerte y somos animales. Como lo de ir matándonos por ahí está muy feo, en algún momento se decidió que era mejor tener unas cuantas normas que nos hicieran la vida más fácil. Y a eso lo llamamos civilización. Y cuando una pareja se separa sin matarse, los familiares comentan en la comida del domingo que ha sido un divorcio «muy civilizado». De modo que vives en una casa que o bien has comprado (derecho de propiedad regulado en el Código Civil) o has alquilado (y habrás oído hablar de una Ley de Arrendamientos Urbanos). Te levantas y te lavas la cara con el agua que sale del grifo. ¡No sabes la de cosas que han pasado para que el agua salga por el grifo! La constructora pidió mil permisos al Ayuntamiento, que dio licencias de obra mayor según la normativa urbanística de tu Comunidad Autónoma y de tu Ayuntamiento. El agua tiene un coste que o bien cobra directamente el Ayuntamiento o lo hace una empresa concesionaria. Te aseas con peine, colonia y demás que compraste en el súper pagando el IVA (o el IGIC si estás en Canarias) y te vas al trabajo en tren o en autobús que, como el agua, te cobra un precio y gestiona una concesionaria. A lo mejor no te dejan subir al autobús porque tienes gemelos y prohíben la entrada a los carros gemelares (sé que suena increíble, pero hasta hace bien poco la Comunidad de Madrid los tenía prohibidos por una Orden de la Consejería de Transportes) y, al fin, después de, quizás, usar la guardería donde dejas a tus críos (quizá pública –¡y venga normas!–, o quizá no –¡y venga normas también!), llegas al trabajo donde tienes una serie de derechos de los que has oído hablar por ahí, pero rara vez ves, y un montón de obligaciones que, si no cumples, te suponen un despido… ¡Y venga normas!

En el peor de los casos, pretendes opositar «a algo», pero es que ni sabes por dónde empezar porque hay tantas Administraciones que ya ni sabes qué temario coger ni cómo organizarte.

No hace falta que te agobie más porque ya tenemos clarito, clarito, que estamos bañados en Derecho a cada minuto. Esto es bastante angustiante porque, cuando estamos malos, queremos saber qué tenemos. Queremos que nos digan qué medicina tomar y queremos que se nos pase para estar de nuevo sanos.

Pero el baño de Derecho no se quita. No se pasa. Y no hay medicamento que te lo evite. Porque recuerda: si no tenemos normas, nos matamos. ¿Dónde está el principal problema? En que yo creo que el asunto era tener unas cuantas normas. Y no tenemos unas cuantas. Tenemos un maremágnum legislativo y reglamentario tan atroz que hasta los que nos dedicamos a esto estamos mareados. ¿Cómo no lo vas a estar tú?

Una manera de aproximarse a un problema que a mí me suele funcionar es la de examinar y analizar el origen de este. Todo tiene una causa. Siempre. Cualquier situación, por rocambolesca o simple que sea, tiene una génesis. Si entiendo bien el motivo por el que un ovillo de lana se enredó, si descubro el nudo, me resulta más fácil deshacer el enredo.

Sin embargo, con los años he aprendido que tenemos una medida de las cosas equivalente a nosotros mismos, es decir, presuponemos en los demás lo que es normal para nosotros. Si para mí es necesario conocer el origen, también lo es para ti. Pero eso es un error. Imaginemos que descubrimos un ovillo de lana y queremos cogerlo, pero un extremo está enredado en algún sitio. Para mí puede ser importante conocer el origen para quitar el nudo, pero para ti puede ser más urgente saber por dónde meter la tijera y cortar. Porque los dos perseguimos el mismo fin: soltar el ovillo. Y lo que para mí es necesario como parte del proyecto, puede no serlo para ti.
Por esa razón, yo escribiré un capítulo indicando las razones por las que, a mi juicio, el sistema español está fallando a la hora de prestar asistencia a los ciudadanos. Pero como ese no es el motivo de este libro, sino el de proporcionarte herramientas, puedes saltarte este capítulo e ir directamente al meollo. Otra opción es dejártelo para el final, por si una vez satisfecha tu curiosidad, saber más sobre el origen del asunto te ayuda a implementar de forma más exitosa las herramientas que quiero darte.

Lo que en cualquier caso hay que evitar es que, por leer algo sobre lo que no tienes interés, dejes la lectura de este peculiar manual de supervivencia a la Administración Pública.

Conocer ciertas cosas del sistema que te desgobierna con la ayuda de este libro o con otras herramientas a tu alcance no te va a evitar auxiliarte de un abogado cuando lo necesites, como no evitas ir al médico cuando te hace falta. Pero ¿a que no vas al médico por un arañazo? Claro, porque mides la magnitud del problema y aplicas la solución correcta. A lo mejor, con agua oxigenada te basta. Pues cada situación de conflicto potencial con la Administración no puede, ni debe, conllevar un estrés emocional para los ciudadanos. Veo a gente cada día con la cara descompuesta cuando tiene que interactuar con la Administración Pública. Eso es, claramente, un fallo del sistema. Lo público no es tu enemigo. Al revés. Lo público te pertenece y está a tu servicio. Aprender a distinguir herramientas disponibles al alcance de todos es un ejercicio de democracia. Sentirse a salvo es un derecho inherente a la persona.

CAPÍTULO PRELIMINAR 
Por qué pasa todo esto o el ovillo de lana. 

Porque tenemos resistencia al cambio. Ya está. Es simplista, pero cierto. Quiero decir que influyen muchas cosas, pero la que prevalece es el miedo. El ser humano vive en contradicción permanente entre la necesidad de explorar cosas nuevas (nuevos territorios, nuevos alimentos, nuevas personas) y el miedo a perder lo que ya tiene (mi cómoda cueva en la que no me caza el león, mi sembradito con mis cuatro pimientos con los que no paso hambre). Y si no nos metemos en la cabeza que detrás de cada fracaso del ser humano suele haber resbalones por miedo, no avanzamos. Porque sólo desde la consciencia del miedo se puede caminar. De otro modo, reina la parálisis. Como la que tenemos en este país. 

Érase una vez un reino sin rey que tenía un Jefe de Estado militar resultado de una guerra civil en la que las familias se mataron entre ellas. Ese Estado duró 40 años. Había mucha gente a la que no le gustaba, pero no se podía votar para decir que no te gustaba. Yo creo que hasta aquí me siguen incluso los que pasaron en el cole de los libros de Historia. La cosa era así hasta que un día se murió el Jefe de Estado y la situación era la siguiente: o se volvían a pelear a las bravas todos, o intentaban llegar a un acuerdo. Entonces, no por el deseo de crear un mundo mejor, sino por el miedo a volver a tener otro follón grande en el país, se acordó nuestro modelo de Estado, que es muy bonito en el papel, pero un guirigay terrible para los ciudadanos. Resulta que había unos territorios que históricamente habían sido diferentes de la mayoría. Su cultura, usos e idioma así lo atestiguaban. Aquí no vamos a entrar en si eran más o menos españoles, pero no vamos a discutir a estas alturas que los vascos hablan euskera y los catalanes, catalán, por ejemplo. Como en la época del Jefe militar lo que tocaba era la uniformidad absoluta –muy de cuartel, todos iguales que dais menos trabajo que andar atendiendo diferencias... Y no dudo del éxito práctico de esa visión en situaciones puntuales, como en un campo de batalla o en la cocina de mi casa cuando pongo la cena a mis hijos: no está una como para andar preparando platos a la carta–, los territorios diferentes vieron la oportunidad de respirar un poquito a su aire. Y así nace la Constitución de 1978, que reconoce la diferencia de esos territorios y abre la puerta para que los demás hijos que quieran ir saliendo de casa también cojan el petate y vayan a probar fortuna. Y, de repente, nos encontramos con 17 Comunidades Autónomas con capacidad para aprobar Leyes, porque tienen Parlamentos Autonómicos (y dos Ciudades Autónomas, Ceuta y Melilla, pero no voy a ahondar ahí). Primera consecuencia de lo que acabo de contar: sobre una materia cualquiera, puede haber 18 Leyes (una del Estado y otra de cada Comunidad Autónoma). Y si tenemos, por ejemplo, 10 materias que regular (un poquito de educación, otro poquito de patrimonio público, un pelín de Hacienda, otro chorreón de seguridad ciudadana, algo de medio ambiente, otra de ordenación del territorio y urbanismo, otra sanidad, otra de asistencia social, etc.), pues así de repente tenemos vigentes 180 leyes. 

Hasta aquí vamos bien y nadie se ha perdido, ¿verdad?

Ahora veamos un ejemplo práctico Y REAL. Una persona lumbreras emprendedora decide empezar a fabricar ataúdes de material reciclado. Hasta aquí todo bien. El que quiera madera de pino, pino; el que quiera roble, roble. Y el que crea que total, para incinerarte o enterrarte y, tal y como está el planeta, mejor dejar los árboles para los que de verdad respiran, pues tendría su opción de usar material reciclado. Entonces esta persona quiere empezar a vender ataúdes. Y abre sucursal en Francia y en España para su negocio. Pide un permiso a la Administración que le toca (primer escollo que afronta: esto es al Estado-Ministerio de... ¿Sanidad? ¿Consumo? O a la Comunidad Autónoma de... ¿Sanidad? ¿Consumo?) de cada país.

Cuando se entera bien de dónde le toca, tramita sus permisos. A los 6 meses está vendiendo en Francia. Pero, ¡ajá! Ha intentado vender en el pueblo de al lado y le ha caído una multa terrible. No tenía permiso para comercializar allí. ¿Por qué? Porque justo entre su pueblo y el vecino pasa una línea imaginaria entre Comunidades Autónomas. De esas que hasta hace poco más de 20 años eran todas el mismo territorio y hace 400 años también. Pues de esas. Y su Comunidad le dio el permiso, pero la de al lado, no. ¡Y pobre si lo intenta! Porque la Comunidad de al lado tiene otra Ley, otros plazos y otros requisitos. Así que, para poder vender en el país, tendrá que pasar por el mismo trance... ¡17 veces!

Mientras, en Francia, los difuntos son enterrados felizmente en paz en bellos ataúdes made in Spain que no dan lata a nadie en todo el territorio.

¿De verdad queremos atraer a la industria extranjera aquí? Pues no. Aquí lo que importa es reivindicar, todo el día y todo el rato: «Yo soy más mejor que tú». Y diferente. Y legislo como quiero. Y ay, Estado, triste de ti si te da por uniformar un poco para no marear al personal. Te ponen, a ti, Gobierno central de turno (da igual de unos que de otros) un recurso de inconstitucionalidad corriendo. Porque se entiende que el Estado le ha «pisado el callo» a alguna Autonomía. Y vuelta a empezar. Y llevamos así 30 años. Y, por miedo a cambiar nuestra cómoda cueva, como decía al principio, seguimos así. No hemos superado que cambiar no es volver al Jefe militar de política cuartelera. 

Así las cosas, os voy a dar algo más de luz (o de terror). Hay materias que se consideran tan importantes que solo se pueden regular con una Ley (es decir, salen de un Parlamento, sea estatal o autonómico). Pero hay otras cositas que son de menor calibre o que son simple desarrollo de lo que ya hay en una Ley. Esas cosas se regulan en Reglamentos. Y un Reglamento puede ser Estatal (como una Ley), Autonómico (o sea, otros 17 por materia) y, aquí viene lo grave, municipal. Sí, tu Ayuntamiento. Cada cosa que está en una Ordenanza Municipal es como si estuviera en un Reglamento. Hablando en términos de intercambio de cromos, una Ley Estatal vale los mismos cromos que una Ley Autonómica. Y un Reglamento estatal o autonómico vale lo mismo que una Ordenanza de tu pueblo. Te dan los mismos cromos por ellos. Ahí llevas. Cómo te has quedado. 

Y nos acercamos a lo que nos da pavor reconocer. Si por un lote de 10 materias nos salían 180 leyes, por otro lote de 10 materias reglamentarias nos salen 180 + 81240 normas reglamentarias, porque este país tiene 8.124 entidades locales, entre Ayuntamientos, Diputaciones y Cabildos. 

Es decir, que entre Leyes y Reglamentos —y otras cosas que nos os cuento para que del susto no os dé un soponcio—, calculo que debemos tener vigentes en este país nuestro bastante más de 100.000 normas. En definitiva: que tenemos un conjunto de normas estatales, 17 conjuntos de normas autonómicas y 8.124 conjuntos de normas locales. Para rematar la faena, la Unión Europea regula, por su parte, lo suyo y también hay otro conjunto ahí. De locos. 

Detrás de cada conjunto hay unas cuantas bocas políticas y de empleados públicos (entre las que me encuentro) que alimentar, un lote de competencias que ejercer y una hucha de dinerito que llenar para tener medios para pagar todo lo anterior. 

Ahora, si has llegado hasta aquí, entiendes por qué advertí al principio que, si quieres, te saltes este capítulo. Marea un poco. Me marea hasta a mí.

Los juristas de este país no sabemos de leyes. Qué va, eso es imposible. Daría igual ir a la Facultad de Derecho que encerrarte con muchos libros de Busca a Wally (¿os acordáis, el muñequito aquel del jersey de rayas escondido entre mil cosas?) y pasarte el día entrenando el ojo. 

Por eso yo doy mucha importancia a los principios. Son esos temas de la introducción en cualquier asignatura que en la carrera se los salta casi todo el mundo pero que, en el fondo, son la clave del asunto. Cualquiera de las 100.000 normas de este país se tiene que regir por un puñado de principios (y esos no son tantos). Y así, puedes tener una noción general de lo que hay en común entre ellas. Pero esa recomendación es solo para los que tengan ganas de enfangarse en el mundo del Derecho. El resto de lectores, que pase, que eso de principios os suena muy metafísico y desvirtúa el enfoque práctico del manual. 

Y la pregunta es: ¿Sabemos ya por qué pasa todo esto? 


Herramientas para sobrevivir a lo que te desgobierna 


He intentado agrupar las ideas por los principales problemas que escucho a mis amistades sanamente profanas en la materia: 

  • - No saber qué derechos tienes. 
  • - No saber a quién dirigirte cuando tienes un problema. 
  • - Creer que el sistema está contra ti. 
  • - La impunidad de la mala práctica. Incumplimientos de la Administración Pública
      que indignan a los ciudadanos. 
  • - Miedo de escribir o creer que tienes las manos atadas. La parálisis ante el teclado. 
  • - Sentirte expoliado sistemáticamente. 
  • - Empleo público, el reino de los enchufes. Quiero entrar y no tengo padrino. 
  • - Administración vs. política 
  • - El nuevo rollo de la transparencia. 
  • - Supervivencia patrimonial. Testamentos 


  • Antes de escribir esto hice un estudio de mercado (vamos, que pregunté en varios grupos de WhatsApp de lo más variopinto, como los padres del fútbol de mi hijo o los amigos del cole de mi infancia) qué era lo que más les molestaba de la Administración. Al final del manual tenéis mi correo para mandarme más cosas que no entendáis o soportéis y procuraré dar respuesta. 

  • Para cada problema, intentaré aportar herramientas prácticas. En ocasiones puedes encontrar palabras que no sepas bien qué significan. Al final del libro te he preparado un glosario de términos y he intentado darles un significado «de andar por casa» para facilitar la comprensión. 

  • Vamos allá. 



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