Este texto es un fragmento de

Cuando las sirenas no eran las nuestras

Juan Redondo

PRÓLOGO: LA LÁPIDA

Una lápida con nueve nombres. Ese fue el inicio de toda esta historia, una lápida como tantas, como centenares, miles quizás, que han acompañado a todos los españoles durante cuarenta años. Y muchas, muchísimas, ochenta años más tarde todavía permanecen hoy en muros de iglesias, en su interior o exterior, en panteones de cementerios, cinceladas o esculpidas por picapedreros. Se hicieron para perdurar en el tiempo, para que fueran recordados y honrados esos nombres toda la vida. Eran los vencedores, o mejor dicho, los que habían muerto en la Guerra Civil perteneciendo aun bando. Al final o al principio de todo el listado de hombres muertos, siempre se encabeza por el nombre del mártir más ilustre, Primo de Rivera. Así, en todos los muros por los pueblos y ciudades de España. Todos los fallecidos se convirtieron en mártires que habían caído por Dios y por la Patria. También los nueve nombres.

Pero de los caídos del otro bando pocos tienen lápidas. En estos últimos años, los vencidos, después de tanto tiempo condenados y obligados al olvido, hacen alusión en las fosas que se van abriendo con cuentagotas al lugar donde cayeron y fueron enterrados, pero con pocos nombres y mucho soldado desconocido. Y además no cayeron, murieron defendiendo la democracia y la libertad, que no es lo mismo,aunque todos sabemos que hubo muchísimas razones y variadas causas que determinaron el destino trágico de miles de españoles.Pero,al fin y al cabo, unos y otros murieron por defender ideas contrapuestas o encontrarse casualmente en determinado lugar, o por tener creencias religiosas o no, o simplemente por tener dinero o no, por haber tenido responsabilidades profesionales o no…

Esta lápida era, es, de bomberos. Nueve componentes del Cuerpo de Bomberos del Ayuntamiento de Madrid, en la que reza la siguiente inscripción: “Ayuntamiento de Madrid. Caídos por Dios y por la Patria, los nombres, (1936-1939)”.Seguro es que murieron, pero quizás las circunstancias que ya veremos más adelante y que fueron las que les condujeron a una muerte cruel, hicieron que pasaran a engrosar esa definición que básicamente agrupa a todos los muertos de un bando.

La losa la embutieron en un muro de lo que era la Dirección de Bomberos, un edificio decimonónico situado en la calle Imperial 10, a espaldas de la Plaza Mayor, y que ha albergado durante 132 años las oficinas, un pequeño parque de bomberos, y que ha sido el lugar desde donde se han tomado todas las decisiones importantes del Cuerpo desde 1884, cuando se creó esa Dirección de Incendios. Ahora, desgraciadamente, nada recuerda esa historia y ha pasado a ser por decisión política, un moderno hotel que ha desalojado la historia de los bomberos. En el eufemismo administrativo, un cambio de uso.

Sobrevivió el paso del tiempo por diversas causas esa losa con los nombres escritos a base de letras metálicas doradas perfectamente caligrafiadas, con dos pequeñas garras y cada letra incrustada en la pesada piedra de granito.

El solemne acto de descubrir la lápida se celebró en 1940, recién terminada la contienda y contó con la presencia del alcalde franquista Alcocer, familiares de los asesinados bomberos, del veterano Arquitecto Jefe del Cuerpo, José Monasterio, -que se hizo unos meses provisionalmente responsable del Servicio y que pasó los tres años de guerra refugiado y escondido en la embajada de Grecia-, y finalmente, acudieron todos los mandos y bomberos que quedaron del diezmado Servicio.

Después, el paso del tiempo se encargó de ir erosionando ya la piedra y los recuerdos, y de ir lentamente cediendo paso al olvido y relativizar la importancia que tuvo en su día. Por otra parte, los familiares fueron envejeciendo o simplemente, desapareciendo y poco a poco se fue relegando el recuerdo de su tragedia.

Tal es así, que cuando en las obras de remodelación que se hacen en los años 70, a la dirección facultativa no se le ocurrió otra cosa, que dar por cumplida la misión recordatoria de la lápida y de considerarla un lastre para la ejecución los trabajos. Pero, ironías de la vida, al hacer la nueva distribución de dependencias, el peso mayúsculo de la piedra supuso una complicación muy importante y también, quiero pensar que lógicamente pesaría en la decisión la conciencia de anularla¨sagrada¨ lápida,y más aún,viviendo el dictador. El caso es que dejaron el granito con sus nombres y no se les ocurrió otra cosa que poner un cuadro cajeado terminado con una serigrafía que ocultó durante muchos años la visión de la losa.

Todo eso cayó en el olvido y los testigos de la época fueron jubilándose, y los bomberos y oficiales que se fueron incorporando se familiarizaron con la decoración existente, que en el caso de las dependencias funcionariales se eternizan entre obra y obra,y sólo son remozadas cuando se someten a una nueva reforma de los interiores.

Así hasta que a finales de la década de los ochenta una “nueva remodelación y adaptación a las nuevas necesidades del Servicio”, determinó mover los tabiques, ventanas y puertas, y nuevamente, en el desarrollo de las obras, aparece la lápida. El encargado de éstas fue un oficial que además amaba la historia del Cuerpo y a la vez era responsable del Museo de Bomberos. Paco, un romántico del pasado, que determina llevarse la pesada losa al Museo de Bomberos. Para ello, y debido a su peso tiene que llevar una grúa de Emergencias del Servicio del Parque 1º, para extraerla por el balcón y trasladarla a su nueva ubicación…el Museo.

Luego quedó plasmada y recogida en un libro escrito por dos compañeros, sobre la historia de Cuerpo de Bomberos en su más de cuatrocientos años de andadura.

Ya en este siglo, a mí todo este asunto me llamó mucho la atención. Conocía la historia reciente del Servicio, había hablado con decenas de viejos compañeros ya jubilados, pero nadie jamás, me habló de cualquier suceso, acontecimiento, ni siquiera de las penurias que ocurrieron durante ese periodo. Nada. Quizás por eso, me quedé pensando en los motivos, porque no me encajaba nada. Los apellidos no estaban unidos a ninguna efeméride del Cuerpo, ni a un gran fuego ni hundimiento, nada.

Una noche de agosto de 2015, comentándole todo esto a mi mujer ella empezó a indagar por Internet, en parte para curiosear o quizás porque pensaba encontrar algo. Ella le tiene mucha fe a eso de las ¨redes¨ y se mueve bien en ese terreno, o mejor dicho en esa nube, y lo encontró. Me llamó contenta y satisfecha de sus pesquisas y me lo comentó como un hallazgo certero e irrebatible. Era una esquela del diario ABC del 10 de mayo del 1939, en la que el “excelentísimo señor alcalde, delegados de Servicios, secretario, arquitectos, ingenieros y ayudantes del os Servicios Técnicos municipales”, rogabana los familiares, empleados administrativos, topógrafos, delineantes y amigos asistir a un funeral que se iba a celebrar el jueves 11 (al día siguiente) en la iglesia de San Ginés, por cinco arquitectos y jefes de zona, que murieron “vilmente asesinados”.

De los cinco nombres, cuatro estaban en la lápida. Eran todos jefes. Nada más y nada menos que el Arquitecto Director del Servicio contra Incendios, el Arquitecto segundo y dos jefes de zona de los parques primero y segundo. Reconozco que cuando leí el nombre y la categoría de jefe del 1º, me entró una curiosidad extrema y un cierto estremecimiento, porque yo había sido jefe de ese parque de Santa Engracia durante seis años. De manera inmediata, saltó en mi mente la imagen del interior del parque, donde probablemente anduvo por los mismos lugares que yo durante mi trabajo. Compartimos labores con la distancia lógica del tiempo pasado. Repasando siniestros, organizaciones, turnos, distribuciones, todo.

A partir de ahí, cualquier detalle, noticia, de los nombres de la lápida, se convirtieron en averiguaciones que representaban una obsesión y una alegría contenida para mí. Y además entendía que estaba investigando unos hechos, de eso estoy seguro, que se han diluido con el paso del tiempo y el olvido de este y quizás otros sucesos que se desconocían absolutamente en nuestro Servicio.

En el periódico, describen las categorías de los nueve nombres. Cuatro jefes, dos capataces, dos bomberos y un chófer, pero¿Caídos por Dios y la Patria?¿Cómo es posible?¡Que de los seis jefes del servicio sólo sobrevivan dos!¿Y los bomberos, por qué fueron asesinados? si generalmente eran de izquierdas y mayoritariamente sindicalizados. Nuevamente empecé a hacerme preguntas y una curiosidad tremenda para tratar de esclarecer qué pasó.

Con las fechas aparecidas, empecé la búsqueda de más datos que más o menos coincidían con la desaparición de cada uno de ellos y con las que en los libros de investigación histórica databan las “sacas” o los famosos “paseos”.

Empezamos a bucear en servidores y webs de la Guerra Civil de las víctimas de uno y otro bando, portales oficiales, hasta que Belén, mi mujer, nuevamente me comenta que ha encontrado uno de los nombres relacionado con el cementerio de Aravaca ¿Aravaca?, ¿Cementerio? No sabía que hubiese un cementerio allí y eso que vivo en ese distrito. Directamente pensé que la mejor manera de buscar algo es personarse allí mismo. Así que busqué al día siguiente la dirección del Campo Santo y me encontré en un barrio de viviendas de alto standing con un pequeño cementerio, que en su momento noventa años atrás, pertenecía al pequeño pueblo de Aravaca y estaba separado del pueblo a unos centenares de metros, como en todos los pueblos castellanos manchegos, y curiosamente, estaba al otro lado de la carretera de la Coruña.

Llegué allí con la incertidumbre e inseguridad de quien no sabe muy bien lo que está buscando. Le pregunté al funcionario por unas fosas de la Guerra Civil y me dijo que “eso” que buscaba estaba al lado. Que era un cementerio privado y que la gestión la llevaba una parroquia de Aravaca, al parecer perteneciente al Opus.

Me acerqué a la entrada de ese pequeño Camposanto, en cuya entrada se puede leer “Mártires de Aravaca”. A través de su cancela, pude observar su forma de rectángulo, donde perimetralmente existen unas fosas en forma de u con cipreses y pinos alrededor. Y en el centro, pegado a la valla interior, estaba el escudo del régimen anterior con las frases típicas y repetitivas de aquellos enterramientos, llenas de interjecciones y afirmaciones rotundas, y respondidas por la respuesta contundente:¡Presentes! Las mismas que había en la lápida de bomberos.

Mi ansiedad me empujaba a no estar dispuesto a esperar llamadas, solicitudes y posibles permisos, y la consiguiente dilación en el tiempo para poder penetrar en el pequeño cementerio, porque interiormente me había convencido de que lo justo y necesario era continuar con mis pesquisas y dar respuesta a tantísima duda. No sé si hice lo correcto, pero al día siguiente vestido con mi uniforme reglamentario, me trasladé en un coche de mando del Servicio y lo dejé ostensiblemente visible delante dela entrada de la necrópolis principal, para que el funcionario observase mi gran interés y la credibilidad de mis deseos, y que no era más que obtener datos para la historia del cuerpo de bomberos municipal.

Le convencí, aunque tengo que reconocer que el uniforme ayuda mucho, porque no es habitual ver bomberos uniformados fuera de sus parques o de sus actuaciones por la ciudad.Me abrió una pequeña puerta que comunicaba ambos cementerios. Me dejó sólo con la condición de que cuando terminase, le avisara.

Me acerqué al escudo principal sobre un pequeño altar y observé que había muchas fosas con sus losas, repletas de nombres en su parte central. Decenas. Había cierto estado de abandono por el paso del tiempo y tuve que retirarrestos de acículas de los pinos para poder leer bien y completos los nombres.

En alguna parte había leído que en ese cementerio se encontraban enterradas unas ochocientas víctimas de la represión republicana. Pero yo sólo leí cerca de trescientas. Empecé a leerlas con la esperanza de encontrar a alguno de los nombres de la lápida. Leía de forma rápida y llegué a un nombre que me sonaba mucho. Era el dirigente de Falange Ramiro Ledesma Ramos, y un poco abajo del mismo listado de la losa aparece el primero de los que buscaba, José López de Coca ¡Bingo! Me puse un poco nervioso, abrí mi móvil y empecé a tomar una y otra foto de esa relación y continué leyendo uno por uno los casi trescientos nombres. Había memorizado los nueve nombres de la pesada lápida de granito y nuevamente aparece más nombres, el del jefe del parque 1º Luis Rodríguez Agudo,del capataz Antonio Valero y del otro capataz Julián Campos Campos.

Ese fue el comienzo de todas la investigaciones y pesquisas sobre estos sombríos y silenciados años. Desde entonces, he frecuentado archivos nacionales y locales, colecciones fotográficas, foros de la memoria y sobre todo, el archivo de bomberos que como la lápida había sobrevivido a las obras municipales donde pude corroborar e hilar todos los hechos y relatos que a continuación se exponen.

Una historia de cuatrocientos hombres,que como la Guerra Civil, no acabó bien. Fue una tragedia. Que tomaron caminos diferentes o que se vieron obligados a coger y que reflejan todas las grandezas y también las miserias que se suceden cuando una guerra te coloca en el frente de batalla. El frente de Madrid.










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Cuando las sirenas no eran las nuestras

La emocionante historia de los bomberos de Madrid durante la Guerra Civil

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