Este texto es un fragmento de

Elisa y Ariel

Patricia Vallejo

UNO. 



Me encuentro reiniciando el sistema operativo. Como cuando algo se para o falla dentro del ordenador. El único problema es que aquí no existe ningún sistema operativo. Tampoco ningún ordenador. Pero, aun así, me encuentro reiniciando algo, aunque no sé muy bien qué puede ser. Ni siquiera sé si se ha llegado a estropear algo.

Vivo en un piso alquilado de Fuenlabrada, en un sexto con vistas al patio de un colegio. Ahora está lleno de niños que juegan al pañuelo. Están en clase de gimnasia, pienso. También pienso que, para ser febrero, el calor bochornoso de Madrid ha llegado pronto este año. Los niños están en manga corta y yo estoy con la camisa remangada por los codos, fumando un cigarrillo casero en la terraza, apoyado en la barandilla. Antes había estado sentado en la silla de campo blanca de la misma terraza, fumando otro cigarrillo mientras tomaba notas en mi pequeño cuaderno de hojas cuadriculadas y pastas rojas. Dentro de la casa sonaba Brown Sugar de The Rolling Stones y pronto me imaginé en Londres a principios de los setenta. Con unos pantalones pitillo de color rojo, una camiseta blanca con el logo de la banda diseñado por Warhol y fumando otro cigarro con alguna que otra sustancia ilegal. Creyéndome Mick Jagger.

Pero, realmente, no era en Londres donde estaba mi cabeza. Tampoco en el patio del colegio con los niños jugando al pañuelo. Ni siquiera estaba en Fuenlabrada. El humo del cigarrillo que iba creciendo y expandiéndose con ayuda de la pequeña brisa me ayudaba a evocar la Facultad de Geografía e Historia. Y la ciudad, Salamanca. También la cafetería de esa misma Facultad. Serían las cinco de la tarde, noviembre de hace año y algo. Yo tomaba un café con leche que ya se había quedado frío porque no dejaba de tomar notas en mi cuaderno. El mismo cuaderno de pastas rojas que he dejado encima de la silla blanca de campo de la terraza. Estaba tan absorto en mis notas que ni siquiera prestaba atención a la gente de las otras mesas ni a los que pasaban junto a mí, por eso no la vi llegar.

—Hola.
Una chica joven de unos veinte años, se había sentado en mi mesa enfrente de mí. Me hizo volver a poner los pies en la tierra después de haber estado en las nubes tomando apuntes en mi cuaderno. Tenía el pelo corto, castaño y lucía graciosa una piruleta con forma de corazón.

—Hola —dije dejando el bolígrafo sobre las hojas del cuaderno, cruzándome de brazos después.

Esperaba una explicación de por qué se había sentado allí. Miré furtivamente a los lados y comprobé que aún quedaban mesas libres en las que se podía haber sentado sin problema. Ella había dejado su bolso en el suelo y supuse que lo que sostenía sobre las rodillas sería su abrigo. Estaba recostada sobre la silla con los brazos cruzados y me miraba con una sonrisa en la boca.

—Tú no eres estudiante, ¿verdad? —dijo.

—¿Y por qué no puedo ser estudiante? —Sonreí, me hizo gracia su observación. Ella esbozó una sonrisa y la acompaño con un leve rubor en sus mejillas.

—Si eres estudiante, esta no es tu facultad —apostilló—. No te he visto antes por aquí. Estamos esperando que venga un profesor nuevo, pero tampoco creo que seas profesor. Quizá seas periodista.

Sonrió aún más si cabe mordiendo con descaro la piruleta, yo le seguí el juego.

—¿Y por qué crees que soy periodista?

—No sé. Joven, guapo, misterioso…

—¿Y no hay periodistas viejos y feos? —pregunté intrigado.

—Pero a lo de misterioso no le has puesto ninguna pega —dijo triunfal. Sonreía resuelta sin enseñar los dientes; de sus labios sobresalía el palo blanco de la piruleta.

Sus ojos estaban fijos en mí, apenas pestañeaba; comprendí al ver su sonrisa de medio lado que se divertía de sobremanera con la situación que había provocado. Yo, en cambio, alucinaba con el descaro de esa chica desconocida mientras ella mordía con coqueteo la piruleta con forma de corazón. Su lengua y la comisura de sus labios estaban rojos por el caramelo.

—No soy ni misterioso, ni profesor, ni guapo, ni periodista —respondí—. Y no soy tan joven como para estudiar una carrera, eso ya no es para mí.

—¿Entonces qué haces aquí? —Ella arqueó las cejas y ladeó la cabeza intrigada.

Lo pensé por un momento. Su curiosidad no me gustaba, pero me pilló tan desprevenido de una posible excusa que no tuve más remedio que decir la verdad:

—Me gusta observar a la gente.

Ella no esperaba una respuesta así a juzgar por la cara que puso; por un instante se quedó en silencio sopesando mi respuesta. Intuí que mis palabras le habían provocado intriga y perplejidad a la par, así que su expresión no sabía por qué sensación decantarse. Ladeó primero la cabeza, arqueó las cejas y, por último, abrió la boca con estupor, aunque la cerró de forma inmediata tras arrugar la frente. Ahora era yo quién se estaba divirtiendo.

—¿Y no había un sitio mejor para observar a la gente? —preguntó aún con esa expresión de perplejidad en la cara—. Como la Plaza Mayor, por poner un ejemplo.

—Allí a estas horas solo hay viejos dando de comer a las palomas.

—Puede que tengas razón, pero yo no sé si diría lo mismo —dijo convencida—. A estas horas también hay mucho guiri tomando el sol.

Dejó la piruleta con forma de corazón sobre el cenicero y apoyó los codos encima de la mesa, echando su cuerpo hacia adelante. Esperaba una respuesta por mi parte, pero yo no dije nada, así que ella siguió hablando.

—Y entonces, ¿qué haces aquí? Aparte de observar a la gente. Actividad que, por cierto, no me parece muy digna.

Me reí alegremente e imité su posición, apoyé mis codos en la mesa e incliné mi cuerpo hacia adelante.

—¿Y por qué no te parece digna?

Ella volvió a recostarse sobre el respaldo de la silla, cruzándose de brazos después.

—Contesta tu primero —dijo desafiante.

—¿Por qué observo? —pregunté, ella asintió—. Me gusta inventar historias.

—¿Historias? —cuestionó incrédula.

—Aún no publicaron nada mío pero algún día seré un gran escritor —confesé—, me gusta jugar a eso. Creo que cada persona tiene algo interesante que contar en la vida. Si miras a alguien detenidamente te das cuenta de cómo es sin necesidad de haber hablado antes con él. Por eso observo, para conocer a la gente.

—Te gusta inventar historias —lo dijo como si aún estuviera asimilando lo que acababa de decir, yo asentí.

—Eso es.

—¿Me dejas que invente yo una? —preguntó.

Sonreí una vez más. Ya había perdido la cuenta de todas las veces que el descaro de esa desconocida había conseguido que lo hiciese. Le dije que adelante, que inventase una historia. Me recosté en la silla y di un sorbo a mi café helado. Ella se echó hacia adelante poniendo los codos en la mesa, recostando la barbilla en los puños. Me miraba fijamente a los ojos.

—No eres de aquí. Te gusta la ciudad, pero todavía no la sientes como tuya, crees que no perteneces a la ciudad y que la ciudad no te pertenece. Y esa sensación no te gusta. Yo podría enseñártela. Si quieres, claro. —No dije nada, solo la miraba fijamente a los ojos, casi sin pestañear. Los tenía oscuros. Marrones. Casi negros—. No trabajas y eso quiere decir que tienes dinero. Solo te dedicas a observar a la gente, pero no creo que sea solo porque te gusta inventar historias y porque así creas que los conoces. Creo que lo haces porque no te conoces a ti mismo y eso te da miedo. Los observas porque crees que así te pueden enseñar algo de ti. Llegaste aquí huyendo de algo, pero no sé de qué. Y ahora quieres escribir porque necesitas demostrarle algo a alguien.

—¿Y quién es ese alguien? —pregunté.

—No sé —lo dijo encogiéndose de hombros—, dímelo tú. Probablemente sea el alguien del que huyes.

—Ahora dirás que estudias psicología, ¿no?

—¡¿Acerté en algo?! —Dio un brinco en la silla acompañando el movimiento con un golpe seco en la mesa para enfatizar su alegría—. Psicología no se estudia aquí, pero te estuve observando desde la barra. ¿No me viste?

—¿Me estuviste observando? —dije sorprendido—. ¿No decías tú que la actividad de observar no te parecía muy digna? Lo dijiste así, ¿no? Así fue la frase.

—Y digno no es, pero eso no quiere decir que no me parezca divertido.

Se echó hacia atrás encogiendo los hombros de nuevo, me miraba con una media sonrisa en los labios. Pícara, casi lasciva. No me pude resistir.

—Te invito a un café.

—Oh, gracias, pero no puedo. Mi madre me dijo siempre que no hablase con desconocidos.

Solté una carcajada. Seguía sin dar crédito a lo que estaba sucediendo. Me parecía tan sumamente divertido el descaro de esa chica desconocida que no pude evitar seguirle el juego una vez más.

—Ariel —dije mi nombre extendiendo mi mano hacia ella.

—Encantada —lo dijo estrechando su mano con la mía—, me llamo Elisa.






Apoya este libro

¡No te vayas!

Forma parte de los 65 mecenas que ya han apoyado a Patricia Vallejo.

Patricia Vallejo

Elisa y Ariel

Una historia de amor y desamor ambientada en la ciudad de Salamanca