Este texto es un fragmento de

Las desventuras de Martín Prigman

Francisco José Otero Moreno

1

Del nacimiento de Martín y de la muerte de su madre

Mala tarde la que parieron a Martín Prigman. Mala para la madre, que sólo Dios sabe cómo gritaba; y mala, a juzgar por el llanto del recién parido, hubo de ser para el crío. Qué es lo que hacía María Prigman aquella sofocante tarde de agosto en Madrid, y pariendo, es algo que no se conoce a ciencia cierta. Rumores sí que corren: que si se enamoró de un capitán de artillería y vino persiguiéndolo (claro, que esta hipótesis abre más incógnitas de las que despeja, porque, vamos a ver, ¿qué hacía un capitán de artillería español en Alemania en 1904?), que si en realidad no era alemana, sino de Vall de Uxó, en Castellón...

Pero dejemos a un lado los rumores, ya que uno de los objetivos de esta narración es desenmascarar todas las mentiras que sobre Martín Prigman se han contado, todas esas patrañas que corren de boca en boca y de oreja en oreja por España, y aun por el extranjero he oído referirlas.

Mala tarde, decíamos, la que parieron a Martín Prigman. Y mil veces la maldijo él en su no muy largo caminar por esta vida.

Hemos hablado, aunque sea de pasada, de la madre de Martín, pero echará en falta el lector (si es que sigue leyendo) alguna referencia al culpable de la mala tarde de la madre y el niño. Pues más la echó en falta Martín, ignorante de su filiación paterna hasta el final de sus días. La madre no dijo nunca nada, bien porque no quería recordar, bien porque por mucho que hiciera memoria no conseguía encontrar quién pudiera ser el padre.

Nació Martín en una covacha de la calle Segovia y muy pronto conoció la miseria: los pechos de su madre, no muy abundantes, se negaron desde el primer momento a dar leche con regularidad. O por mejor decir, lo hacían con regularidad irregular: día sí, día no, tres días no, día sí… Por la falta de alimento se crió Martín endeble. Tanto es así que más de una vez pensó María que se volvía a quedar sola en este mundo. Pero no iba a ser tan fácil acabar con Martín, destinado a llevar el apellido Prigman por toda España. Lo cierto es que los escasos alimentos, lejos de hacer de Martín un niño enclenque y debilucho, lo hicieron, con los años, fuerte y alto, acostumbrado a superar dificultades y a contentarse con bien poco para comer.

María Prigman, como buena madre, sufría por la falta de condumio para su pequeño, y así, pasados los tres años desde el nacimiento de Martín, se dedicó a negociosos más que dudosos, a juzgar por los comentarios despreciativos de los vecinos. El que más sufrió los agravios fue Martín, desdeñado por todos los niños, a los que se les prohibía jugar con el hijo de la alemana, tomando el adjetivo (o sustantivo, según se mire) un tono insultante, diciendo más de lo que se decía.

Hasta los cuatro años no tuvo Martín un amigo. A esa edad conoció a Alfonsito Lafuente, cuyo padre trabajaba en el Ministerio de Hacienda cuando gobernaban los liberales y arreglaba relojes cuando los que contaban con el favor de Alfonso XIII eran los conservadores. No se sabe si fue su trabajo en Hacienda o su impericia como relojero lo que enfrentó a Ernesto Lafuente, padre del niño Alfonsito, con el barrio, pero lo cierto es que esta enemistad llevó a Ernesto a permitir a Alfonsito los juegos con Martín. Corría entonces el año de 1909, año que iba a ser trágico para Barcelona, para Maura y para un tal Ferrer i Guardia4. También para Martín Prigman 1909 fue un año decisivo. María Prigman no era rica, como ya se ha visto, pero tampoco era tonta. Un día, después de dar de desayunar a Martín, se quedó mirándole, alzó mucho la cabeza y anunció:

- Martín, desde hoy de diez a doce vas a aprender a leer. Pero esto no debe saberlo nadie, tiene que ser un secreto entre tú y yo.

Y tras decir esto, se puso en pie y salió de la cocina. Volvió a los dos minutos con un grueso tomo negro cuyo título no decía nada al niño por entonces, Das Capital. Martín fue aprendiendo a leer en alemán mientras aprendía a hablar en castellano, y en vez de saber que su madre le mimaba conoció desde muy temprana edad la lucha de clases. Por cierto, que en aquellos años aprendía a leer en inglés y a hablar en castellano, un muchacho bonaerense, Jorge Luis Borges, con quien trabó conocimiento luego Martín en el castellano común.

Entre el aprendizaje de la lectura y los juegos con Alfonsito, dos años mayor que Martín, pasaba el tiempo, digamos que alegremente, por falta (o desconocimiento por mi parte) de otra palabra que defina esa ignorancia agradecida en la que viven los niños. Con la llegada del momento en que la humanidad cristiana celebra el nacimiento del Niño, del Dios o del Espíritu Santo, nació también para Martín una nueva vida, aunque para ello hubiera de morir la anterior. Y es el caso que María Prigman incubó una de esas enfermedades que no es de recibo mentar cuando se reúnen a tomar café o té (según la latitud) las respetables señoras que conforman el alma de esta nuestra sociedad.

El día de Reyes de 1910 María Prigman quiso dejar de vivir. Llamó a su vera a Martín, lo miró con la pena que da saber el duro camino que espera a los que se quedan, le tomó la mano y le rodó por la mejilla una lágrima (quizás la primera de su vida).

- Martín- le susurró con una voz débil y angustiada- una sola cosa quiero decirte: lleva siempre la cabeza alta y haz lo que debas hacer.

Y diciendo esto cayó en una semiinconsciencia que alarmó al pequeño Martín. Corrió este a casa del señor Lafuente, que acudió presto al socorro de María. Hubo de llamarse al cura, ya que para el médico era tarde, sin saber si la alemana lo hubiera aprobado. Recibió la extremaunción y fue enterrada al día siguiente en presencia de Martín, Ernesto Lafuente, su hijo y una vieja vestida de negro de la que nadie supo decir quién era.

Se planteó entonces la cuestión del futuro de Martín Prigman. El niño apenas sí podía hablar, ensimismado como estaba en los infantiles recuerdos y sin saber aún muy bien qué es lo que estaba sucediendo. En febrero formó gobierno Canalejas y Don Ernesto Lafuente abandonó su labor como relojero y retornó a su muy querido Ministerio de Hacienda. Así las cosas, y viendo la amistad que unía a Alfonsito con Martín, decidió Don Ernesto que el retoño de la alemana se quedara a vivir en su casa, al menos por una temporada.




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