Este texto es un fragmento de

María Zambrano y la raíz desnuda

Alicia Berenguer

Esbozo para un retrato

 

Nos dice María en su artículo Las siete edades de la vida humana que «... el simple durar es lo contrario de vivir», que vivir realmente es extraer la esencia de cada una de las etapas de la vida, y esto nos transforma concediéndonos una figura que nos es propia, una forma. De todas estas etapas o edades que el hombre debe atravesar la primera es, dentro de la propia infancia, el nacimiento; etapa o momento de la vida decisivo porque significa llegar a este mundo «y tener que vivir»; aunque es cierto que en la cultura occidental se ha prestado siempre más importancia al hecho de la muerte que al hecho del nacimiento.



El nacimiento, «del que no podemos tener ni la mínima conciencia», es decisivo porque «se trata del arranque, del punto de partida; del sentir imborrable sobre el cual irán a caer todos los demás sentries». El hombre es originariamente el ser viviente, la vida es lo radicalmente originario, la primera revelación concedida al hombre es que está vivo y que es, que tiene ser; y tras el nacimiento llega la primera etapa, la infancia. «La infancia es el lugar entre todos que se lleva siempre consigo para bien o para mal. Se sale de ella inexorablemente, mas ha de suceder en modo que no se la considere sepultada, ni siquiera abandonada, sino simplemente como la etapa inicial de la vida, que ha de ser superada como todas, pero a la que habrá que recurrir una y otra vez y no sólo en virtud de la nostalgia, sino de que es en la infancia donde hemos despertado a la vida dentro del cuidado, de la ternura, casi siempre, del amor».



María Francisca Zambrano Alarcón nace en Vélez-Málaga el 22 de Abril de 1904, hija de Blas Zambrano García de Carabante, natural de Segovia de León (Badajoz) y de Araceli Alarcón Delgado, natural de Bentarique (Almería), ambos son maestros en la Escuela Graduada de Vélez, de la que su padre es el regente. Su hermana Araceli nace el 21 de Abril de 1911 en Segovia.



María Zambrano nace un día de primavera, siendo esta la estación donde la vida se renueva, donde la luz, que tan importante papel jugará en la vida y la obra de María es más transparente, donde el aire trae aromas renovados tras el letargo invernal. La portadora de la razón poética sólo podía venir a la vida en la más poética de las estaciones. Y su hermana también nacerá en esta época. Quizá la vida y el destino de las personas están cargados de símbolos desde el nacimiento, cifrados en un lenguaje que sólo con la propia vida se puede descifrar y cuyo sentido último sólo se nos muestra al final, cuando ya el regreso no nos es posible.



Otro simbolismo inmediato es el significado de su nombre, María, que «... es el nombre de las aguas amargas, de las aguas primeras de la creación sobre las cuales el Espíritu Santo reposa antes de que exista ninguna cosa». La definición de su nombre sugiere dos cosas: la primera es que su nombre implica creación, la pureza desde la que es posible la creación a través de la palabra, y la segunda que se halla aquí también el origen de lo que le ha llevado a elegir, de entre los cuatro elementos, al agua como aquel que mejor la define y que le es propio. «El mío, entre todos, ha sido el agua, y cuando he sentido que entraba en el fuego también me he dado cuenta». ¿Qué es lo que la lleva a elegir el agua como elemento propio? Pues que el agua tiende a darse a la vez que sirve también como elemento purificador, origen de la vida y sustentadora de la vida misma. El fuego también está cerca de su ser porque simboliza la pasión, pasión que es necesaria para que la vida no sea un simple pasar el tiempo o durar sin más; la pasión autentifica nos lleva a la originalidad y el movimiento, refleja lo dinámico de la vida, de la misma forma que el agua viva es también agua en movimiento.



El nombre de su hermana, Araceli, cuyo significado sería «altar de los cielos» también puede decirnos algo acerca del carácter sacrificial de esta. Es como si su nombre le hubiese impreso su forma de ser y de vivir; altar para el sacrificio, para sacrificándose lograr la felicidad y tranquilidad que no es de este mundo y que sólo tras descorrer el velo de la muerte puede lograrse legítimamente.



¿Por qué hablar de Araceli? Más adelante nos centraremos en la familia de María y nos extenderemos en cada uno de sus miembros, pero me ha parecido interesante reseñar aquí cómo ambas, que más adelante formarán una unidad indisoluble, tienen su nacimiento en un día de primavera y sus nombres hacen referencia a algo espiritual, como espiritual será, en cierto sentido, la fidelidad de la una a la otra a lo largo de sus vidas. Fidelidad incluso más allá de las diferencias. En La tumba de Antígona, donde de alguna manera hace una poética narración de sus vidas sacrificadas. dice: «ambas nacidas el mes de abril».

La infancia nos dice María que es la base de los demás sentries, y María nace y comienza a sentir en Andalucía, en un pueblo de la provincia de Málaga. Nace en la calle Mendrugo, cuyo nombre hace referencia al mendrugo de pan, las más de las veces duro, que los niños llevaban al colegio como desayuno, almuerzo o ambas cosas (había colegios en este pueblo en los que los niños incluso debían llevar su propia sillita para sentarse). Un poco más arriba de donde estaba la casa de María (hoy un edificio que como homenaje a ella lleva su nombre), hay una escalera que se abre a la Plaza del Carmen, presidida esta por una escultura de Juan Breva, cantaor de flamenco, de cante jondo; pues bien, este cantaor tenía su «peña» de cante cerca de la casa de María y, según me contaba Juan Fernando Ortega, más de una vez este cante fue la nana de esta niña que empezaba a sentir, a sentir y a oír el cante jondo que arranca a estos poetas del sentimiento el quejío de las entrañas; tanto es así que rara vez pueden abrir los ojos mientras cantan, pues están en una especie de trance que les permite expresar lo que las entrañas les revelan. Su cante es una especie de revelación de lo sagrado que hay en el hombre, y su modo de transmisión la palabra, desgarrada por el dolor que pide de algún modo la unión con el que es capaz de oír este lamento.



María es en su origen andaluza, y no hay filósofo más andaluz que el estoico Séneca; parece ser que este estoicismo impregna también el espíritu de nuestra pensadora. En Andalucía, sueño y realidad, Séneca se nos presenta como el pensador que refleja el sentir de los españoles, siendo el estoicismo lo que ha dado unidad a nuestra Historia. María Zambrano lo expresa del siguiente modo: «La serenidad, la entereza y naturalidad con que el pueblo español atraviesa los trances amargos que con tanta prodigalidad le ha deparado el destino, coinciden con la idea que comúnmente se tiene de la moral estoica —nervio y justificación de toda su doctrina—. Y cuantos hayan escuchado el lenguaje del hombre anónimo de Castilla y de la escueta Andalucía, habrán tenido la sensación de escuchar, vivo y como brotando de su frente, el lenguaje cortado y llano de Séneca [...] y si algún hombre sabio vive todavía perenne en la memoria de nuestro pueblo, como encarnación de la sabiduría misma, es este de Séneca, que ninguna avalancha ha borrado ni es fácil que borre».



Y este espíritu del estoicismo se da más claramente en el andaluz que vive en el campo, como lo fuera el abuelo materno de María, pendiente del cielo y aguantando con serenidad los vaivenes de la azarosa vida. La resignación del andaluz es reflejo vivo de la doctrina senequista. Podemos decir que esta actitud acompañará a María a lo largo de su vida: entrega, resignación, poniendo buena cara al mal tiempo, lo que le permitirá escribir ininterrumpidamente incluso en los momentos más difíciles.



Pero además María es filósofa y «cuando en España se dice o le dicen a alguien que hay que ser filósofo, ha de entender que es preciso soportar serenamente, y con un tanto de sorna, algo muy difícil. Para el pueblo español, filosofía es algo que tiene mucho que ver con los tropiezos de la vida; en un mundo feliz no sería menester se filósofo. No es, pues, la filosofía un afán de saber, sino un saber resistir los azarosos vaivenes de la vida; es una forma serena, sabia, de acción. Es una conducta». Así pues, el estoicismo está presente no sólo en la persona de María, sino también en su vocación filosófica y en su modo de hacer filosofía a partir de la vida.



Algo a lo que María hará constantes referencias al hablar de sí misma es su inacabable insomnio, ligado a la atracción que produce en ella la noche. Y es que la noche tiene algo de misterioso, parece como si en la noche pudiesen ocurrir cosas inesperadas, llamadas de otro ámbito de la realidad, revelaciones insospechadas bajo el imperio del sol, de la razón, entendida al modo tradicional. La noche era para María Zambrano algo atractivo a lo que ella no quería renunciar, porque significaba un encuentro con lo mágico. Así, por ejemplo, en el artículo titulado Dos visiones objetivas María Zambrano nos habla de cómo fue visitada por dos imágenes o visiones en dos noches diferentes. Puede que estas «visitas» no fuesen reales y no hayan tenido lugar nunca, pero lo destacable en este lugar es el recurrir a la noche como elemento mediador entre el lado oscuro del hombre, que comprendería sus temores, sentimientos y esperanzas, y el lado puramente lógico y racional. Las dos visiones serían la de la diosa Diana y el entierro, tras el suicidio, de Adán. En ambas ocasiones María cuenta cómo al día siguiente intenta corroborar su «sueño» («vamos a llamar sueño, aunque estaba yo más despierta de lo que suelo estar»), encontrando indicios que ratificaban sus visitas nocturnas.



«La noche: siempre la había esperado; desde niña le pasaba así. Se despertaba lenta, trabajosamente, siempre sentía que no podía con el día que llegaba y violentamente como cuchilladas se le iban entrando en el cerebro algunos esfuerzos de los que la esperaban». «La noche era el silencio, la ilusión de entrar en un lugar secreto de donde bruscamente nos habían despertado en algún momento, escapar a la violencia que la obligaba a estar presente, allí, aquí, ante todo, siendo vista, sintiéndose juzgada». Estas últimas palabras de María Zambrano nos llevan a considerar otro aspecto de la personalidad de esta mujer; a lo largo de toda su obra se deja ver que es una persona humilde, que gusta poco hablar de sí misma, que tiene miedo a ser juzgada constantemente. La humildad a la que se hace referencia no es sólo en el plano de la vida, sino también en el plano del pensamiento, humildad que es posibilidad, puerta abierta a otras interpretaciones; es como si nos dijera: «Yo pienso así, pero esto no tiene por qué ser lo auténtico, lo verdadero; debe haber tantas interpretaciones o puntos de vista como personas intenten responder a estas preguntas, pero ¿qué es lo que vamos a hacer? Yo lo veo así».



En su artículo A modo de autobiografía, hablando de sus deseos infantiles (sobre los que volveremos) llega a decir que le gustaría ser un centinela, porque el centinela está continuamente alerta toda la noche; alerta, esperando la llamada. «Y así yo no quería dormir porque quería ser un centinela de la noche, y creo ser el origen de mi insomnio perpetuo ser centinela». Y vuelve a hablar de su insomnio cuando se refiere al momento en que comenzó a leer a Unamuno. Unamuno, que puede considerarse como una gran influencia en el pensamiento zambraniano, al que recurre en innumerables ocasiones; figura a la que se siente unida por su obra, por su forma de pensar y por la amistad que tuvo con su padre, quien jugará también un papel decisivo en la configuración de la personalidad propia de María Zambrano. Así nos cuenta la importancia que para ella tuvo el encuentro con una conferencia escrita por don Miguel: «Había ella comenzado a leer a Unamuno muy joven. Una tarde, husmeando en la biblioteca de su padre, descubrió una conferencia titulada ¡Adentro!, pronunciada en Málaga, por el tiempo que ella naciera. Y sin levantarse del suelo se la leyó ávidamente: le pareció beberla. El ejemplar estaba dedicado a su padre, lo que acrecentó su interés, por sentirlo dentro de aquel misterio que para ella era la juventud de su padre, el tiempo en que él había vivido sin que ella estuviera, misterio que se extendería a la España de aquel período que sentía ahora como esas horas oscuras, quietas y misteriosas, que anteceden al alba, que parecen contener el secreto de un nuevo día y que tan bien conocía por sus desvelos desde niña; por ese insomnio pertinaz que las medicinas no podían curar. Creía saber por qué: según avanzaba la noche, se acrecía una especie de anhelo, de esperanza en algún secreto que iba a desvelarse, en algún misterio cuyo rostro iba a perder si se dormía [...]. El primer rayo de sol era la señal de que ya podía dormirse, y entonces, la igualdad, el que ya todo hubiera sucedido conforme a como lo había visto otras veces, la hundía en el sueño, tranquila de haber velado la noche». Le gustaba la noche por lo que tenía de anuncio de la Aurora.



Otro aspecto destacable de María es la pasión que siente por los libros desde niña, en este sentido podemos decir que es una filósofa en el sentido etimológico de la palabra; tal vez por esto le sea difícil encontrar cuál es el origen o dónde está el origen de su vocación filosófica. Su pasión por los libros la lleva a escribir dos maravillosos artículos dedicados a ellos: El libre ser viviente y Ser naciente. En el primer artículo nos habla del libro como un ser animado, portador de un secreto, algo digno de culto, un elemento sacro que sirve para unir a las personas en comunión. Así, intentando encontrar el misterio nos cuenta cómo veía los libros como tesoros en sí mismos: «Recuerdo haber elegido sin pensarlo, a ciegas, sin apenas saber leer, un pequeño libro de la colección filosófica a la que mi padre era afecto. Y yo no sabía, no tenía idea de lo que era la filosofía y mucho menos de lo que fuese ese autor cuyo nombre campeaba sobre el libro chiquito: Leibniz, pude leer. Y ese libro lo guardé, creo que casi lo robé, y lo puse en un cofre en que yo guardaba las cosas preciadas, en que hubiera guardado las joyas que yo no tenía a la vista o, si las tenía, en ellas no me fijaba. Lo hacía en ese libro que me atraía [...]. Cuando entraba en mi cuarto por la noche, cuando ya se habían retirado mis padres, sacaba el libro, lo acariciaba, lo acercaba a mi rostro no ya como un collar de perlas que tenía, pero no había hecho sino como si fuese un ser de otro mundo, un portador de un misterio, algo que me traía el futuro, el presente rozándolo y el pasado más remoto. Yo me sentía sumergida, envuelta en aquel libro. Fue el primero con el que me pasó. No voy a contar la historia de los libros descubiertos así, antes de haberlos leído». Pero aunque sentía esta atracción por los libros y sus padres fuesen maestros, no por ello intentaron inculcarle las letras a temprana edad; fue ella, ella desde pequeña, la que sentía la llamada de lo cifrado en aquellos caracteres entonces indescifrables.



«Entonces era sorprendida, con la sonrisa benévola de mi padre, leyendo aquellos libros antes de saber leer y acuciándole un poco para que me enseñara a leer y poder leer, descifrar aquellos caracteres, porque mis padres no tenían ningún interés en que su hija fuese una niña prodigio y, sobre todo, en que su mente se llenara de imágenes y de pensamientos inadecuados para su edad». Para Zambrano los libros forman parte importante de la vida, hasta el punto de considerar que una casa sin libros es una casa vacía. A los libros, nos dirá, se los presiente al llegar a un hogar, aunque no se los pueda ver, pues los libros son en sí mismos una revelación, independientemente de su contenido. Ella recuerda en su obra autobiográfica Delirio y destino, cómo al caer enferma de tuberculosis en 1928 y tener que guardar reposo absoluto durante bastante tiempo, se la privó de las visitas de sus amigos y de los libros; el simple hecho de recordar tanto tiempo después, pues escribía esta obra entre 1952 y 1953, nos hace pensar hasta qué punto los libros representaban para ella algo tan importante como los amigos o el poder pasear.

Podemos decir que María Zambrano, al tratar de escribir algo de sí misma, de lo que ha sido su vida en el artículo titulado A modo de autobiografía, se limita a seguir el hilo de su vocación, de «aquello que no he podido dejar de ser, aquello que aun queriendo no he podido dejar de ser; y eso ha sido cómo lo contaría yo, en hechos; cualquier hecho es pequeño y cualquier hecho es revelador. Me voy a arriesgar para contar lo que quise ser». Difícil tarea esta de intentar definir qué se quiso ser porque esto significa hacerse transparente a uno mismo, revelarse poco a poco y descubrir el sentido o finalidad de nuestra vida. ¿Y qué es lo que quiso ser de pequeña? ¿Cuáles son esos deseos infantiles como los llama E. Laurenzi? En un primer momento María quiso ser una caja de música, pues le pareció sorprendente levantar la tapa de la pequeña caja y oír la música, pero no tardó mucho en comprender que esa música ya estaba hecha y que cada uno de nosotros debemos hacer nuestra propia música, interpretar la sinfonía del cosmos y elaborar nuestra melodía personal.



Más adelante nuestra pensadora se sentirá atraída por el misterio de los templarios; esta atracción seguirá rondando a María Zambrano durante bastante tiempo, pero también en este caso descubrió que no podía serlo debido a su condición femenina. Quería ser lo que era, una mujer, pero también quería ser un caballero de la orden de los templarios. Este contratiempo, por decirlo de algún modo, produjo en Zambrano un estado de zozobra: «...siendo yo una niña no podría ser nunca un caballero, por ser una mujer. Y esto me quedó en el alma, flotando, porque yo quería ser un caballero y quería no dejar de ser mujer, eso no; yo no quería rechazar, yo quería encontrar, no quería renegar y menos aún de mi condición femenina, porque era lo que se me había dado y yo la aceptaba, pero quería hacerlo compatible con un caballero y precisamente templario». No podía ser templario, atraída como estaba por ser caballero de aquella orden, aquellos que al igual que ella pasaban la noche velando cuando todos duermen, y esto significa que si no había quien velara es que no había quien de verdad amara y de verdad esperara. Aquí también María Zambrano relaciona los templarios con Unamuno, pues lo considera como «...uno de aquellos templarios que en las altas horas cerradas de la noche había velado el centro del laberinto español de las armas, el latir oscuro de la promesa del día que se incubaba».

Después de esto María Zambrano, y relacionado con el insomnio al que antes se aludió, quiso ser centinela; pero de nuevo se encontró con que la mujer no podía ser centinela. ¿Qué podría ser esta mujer que no podía ser nada? Parece ser que lo que encontró fue el pensamiento, la filosofía, aunque, en un principio la sentencia de la Academia platónica: «Nadie entre aquí sin saber geometría» la dejó perpleja. En seguida advirtió que no podía dejar de pensar, que había encontrado su verdadera vocación, el saber filosófico. Tampoco era muy común el encontrarse con mujeres filósofos en aquel momento de la historia de España, ni siquiera con mujeres que cursaran estudios superiores. De hecho en el Bachillerato sólo ella y otra muchacha asisten a las clases entre jovencitos. Esto, unido a su débil estado de salud, harán que inicie su licenciatura como alumna libre en la Universidad Central de Madrid. En 1924, cuando su familia se traslada de Segovia a Madrid, Zambrano continúa con su licenciatura dejada a medias. «Es un caso insólito: una señorita española estudiando filosofía». María encuentra por fin su vocación, lo cual no quiere decir que le sea fácil, pues la historia del pensamiento Occidental ha sido prácticamente la historia del pensamiento masculino. No era muy normal encontrar mujeres dedicadas a la especulación filosófica, porque, al parecer, su mayor apego a la naturaleza frente al hombre y su carácter pragmático eran incompatibles con el filosofar, al menos con el sentido de filosofía vigente hasta hace poco.



María Zambrano siente la llamada de la filosofía, a la que no renunciará nunca, a pesar de planteárselo en algunas ocasiones. Su filosofía no es simplemente teoría, sino filosofía hecha carne, vívida, forma de vida que le llevará a plantear las cuestiones filosóficas desde una perspectiva nueva, original y revolucionaria, ahondando en los abismos del ser con los que los filósofos anteriores no se habían atrevido. Pero no va a ser fácil su camino, pues se encuentra con la tarea de tener que ir haciendo la propia ruta. Tan raro es ver a una mujer filósofo que cuando se la encuentra no se sabe bien dónde encuadrarla; quizá esto tenga que ver con la idea de que hombres y mujeres ven e interpretan la realidad de forma diferente, por lo que su forma de filosofar también debe tener rasgos específicos, los rasgos de lo femenino. Sea como sea, lo cierto es que hasta el sigo XX se encuentran pocos casos de mujeres dedicadas a esta disciplina. «Para una mujer, la práctica de la filosofía representa aún hoy una elección innatural. Las filósofas no han sido muy numerosas a lo largo de la historia o, mejor, no han sido muchas las mujeres que han acometido la filosofía como terreno público, como trabajo, como escritura. Son numerosas las mujeres de gran riqueza en una profunda filosofía de la vida, pero hacer de la filosofía su vocación ha significado hacer frente a un territorio hostil, sentirse una anomalía».



Hasta tal punto causa extrañeza encontrar una mujer filósofo que muchos años después, en 1956, encontramos una carta de un joven admirador de María que es capaz de manifestar abiertamente la extrañeza que le produjo conocer a una mujer con vocación filosófica. Lo expresa este joven, Candelario Morales, del siguiente modo: «Ilustre Señora. Por muchos años viví en el error de creer que el campo filosófico estaba vedado a la mujer, aunque usted, María, por una rara excepción, y desde este remoto rincón de Jalisco, al través de José Ferrater Mora, había barruntado la obra suya. Luis Washington Vita, de San Paulo, Brasil, habló de usted y de su obra en la Gaceta literaria del Fondo de Cultura Económica; y al hacer referencia a su ínclita personalidad y a su magna obra en general y en especial a su reciente libro El hombre y lo divino, vine e curarme de mi error». Esta franca opinión de Candelario lo más probable es que en estos años fuese compartida por un gran número de personas, aunque no se atrevieron a decirlo de este modo. Evidencia además lo difícil que es para una mujer moverse en un territorio que prácticamente, y salvo raras incursiones, había estado vedado a la mujer.



Incluso parece ser que al dedicarse a la filosofía, la mujer cambia su forma de ser, la filosofía la trastorna y la hace arrogante, quizá por creer encontrarse fuera de su lugar natural. Pero esta actitud no se da en María Zambrano, quizá porque busca lo más radical de la filosofía, aquello que desde un principio han buscado los que se han dedicado a esta disciplina, pues bien es sabido que una de las características de la filosofía es ser un saber de radicalidad, de búsqueda de la raíz de donde todo procede. María Zambrano se salva, sigue siendo una mujer y hace compatible su condición femenina con el filosofar. ¿Por qué? Porque es una persona que busca lo reconciliador del saber, filosofía del amor, de la integración más que de la escisión. En este sentido E.M. Ciorán nos dirá que «basta con que una mujer se entregue a la filosofía para que se vuelva presuntuosa y agresiva o reaccione como una advenediza. Arrogante, al tiempo que insegura, visiblemente asombrada, parece a todas luces no hallarse en su elemento. ¿Cómo es posible que el malestar que tal situación inspira no se produzca jamás en presencia de María Zambrano [...]. María Zambrano no ha vendido su alma a la Idea, ha salvaguardado su esencia única situando la experiencia Insoluble sobre la reflexión acerca de ello; ha superado, en suma, la filosofía».



De entre los recuerdos infantiles de María Zambrano conviene destacar el referente a la escuela; allí ella parecía estar a salvo de las contrariedades de la vida, pues desde pequeña sintió que la sociedad clasifica a las personas según un imaginario orden social, lo que le impedía, por ejemplo, llevar a casa a jugar o a alimentar a una niña hambrienta que veía cuando iba a la escuela y le empujaba a jugar con las «señoritas», por las que según se desprenden de sus propias palabras no tenía demasiada simpatía. «La escuela era lo mejor, en ella no tenía frío; estaba cerca del palacio, y se abría al sol un patio donde andaba entre sus compañeras; un calorcillo le ablandaba el alma también y las miraba sin la hostilidad que a las otras, a las señoritas con las que iba a jugar. Sabían más que ella, andaban con libros y algunas hasta escribían ya, y todo eso era atrayente, cálido…». María estaba a gusto en la escuela y veía a su maestra «bonita y sonriente», aunque esto puede ser debido al cariño que los niños depositan en sus primeros maestros, viéndolos como los ven con los ojos del corazón; recuerda su voz, la voz que le transmite ternura, la voz y el gesto de aprobación, su sonrisa.



Relacionada con la escuela aparece una de las pocas definiciones que María Zambrano hace de su madre, su madre que le hacía sentir que, a pesar de las dificultades de la vida cotidiana, no estaba sola. «Y a la salida la madre joven con un ramo de violetas casi siempre en el manguito, con el velillo moteado recogido tras el sombrero, la llevaba de la mano, dándole calor con su mano de la que no la aislaban los guantes suaves». Volvía a sentir que era débil. Pero no iba sola». Otra de las veces que Zambrano intenta mostrarnos a su madre será al referirse a ese saber especial que poseen las mujeres y que las hace aparecer como mediadoras entre lo sagrado y lo humano, como portadoras de una especial intuición que les permite ver más allá de lo que los demás ven. Cuando su madre tenía esta especie de anticipaciones del futuro «...sus inmensos ojos claros se le tornaban verdes, casi fosforescentes; eran de muchos colores, azules, grises y verdes. Cuando se dejaba hablar por la inspiración, de niña había observado, obsesionada, sus cambios; su pelo negro destacaba sus sienes un poco hundidas, su piel blanca parecía más pálida y de alguna otra materia que la carnal, toda ella, que siempre tendía a volverse incorporeal —a pesar de su relativa corpulencia siempre parecía menuda—, se volvía como irreal y, más presente que nunca, estaba ahí como si llegara de otro lugar, de otro tiempo, y el cuerpo no hubiera acabado de materializarse o de volverse carne; impenetrable, liso e irreal como una camelia, o como un marfil antiguo e intocado. Y se callaba fatigada, mirándose las manos, pequeñas, dibujadas a la perfección, y las levantaba como dos alas de paloma». Descripción maravillosa de la madre, donde se manifiesta el poder de la mujer para conectar con lo más primario de la naturaleza y mediar entre esta y lo que el hombre conoce. ¿Será verdad que el destino de la mujer está en ser una Eterna Casandra?




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