Este texto es un fragmento de

Monólogos en una caja

David García

La madre de Dios ¿Qué cojones hice yo anoche? De las cosas que recuerdo haber cogido no me queda nada. Ni el móvil, ni la cartera, ni la chaqueta, ni los zapatos, ni mucho menos las llaves, eso estaba claro. Si ya las pierdo de normales, imagínate cuando pierdo el conocimiento. Joder, ¿qué me tomé? Apenas puedo abrir los ojos y, cuando lo hago, decenas de trompeteros deciden que es el momento perfecto para practicar sus fortíssimos directamente en mi oído. Algo parecido a una patada en los huevos que golpea directamente tu cráneo. Pero bueno, no hay nada que no pueda arreglar una buena siestecilla. Sólo tengo que buscar algo blandito y ... Nada. Suelo, suelo y nada más que suelo. ¿De verdad estaba en tal estado que ni siquiera pude buscar una mochila o algo que hiciera de almohada? 

¿Por qué me sorprendo? Si ayer mantuve el ritmo que ya se había hecho habitual, lo raro es que esté en el suelo y no tres metros bajo tierra. Bueno, eso si alguien se hubiese tomado la molestia de enterrarme. Qué costumbre más extraña, cogemos a uno de los seres más vivos del planeta, -que no sólo está vivo, sino que da vida-, lo arrancamos de lo más profundo de la tierra, y todo para hacerle una caja a nuestros muertos y guardarla allí de donde vienen las raíces. Matamos lo vivo para sustituirlo por lo muerto. Eso sin tener en cuenta el espectáculo que hay alrededor. Tenemos lágrimas, historias bonitas y grandes cualidades de los difuntos. Y de esa manera intentamos darle todo el amor que no les pudimos dar en vida, para poder pensar que hemos cumplido, y no echarnos la culpa por no haber estado cuando esa persona nos necesitaba, simplemente porque no teníamos ganas de complicarnos o alguna excusa de mierda. 

Aún recuerdo el funeral de Iván. Menudo gilipollas. De pequeño era el matón del colegio. No había día que no le hiciera la vida imposible a algún pobre diablo que tuviese la valentía de mirarlo más de dos segundos. A mí nunca me tocó, sé dónde están mis límites. Pero no podía evitar las arcadas cada vez que veía a ese pequeño hombre meterle una paliza a algún pobre niño. Tres golpes. Esa era siempre su estrategia, y nunca falló. Estómago, mandíbula y patada. La patada era algo más como un empujón, un toque suave que hacía que sus rivales o, mejor dicho, víctimas, se golpearan con el suelo. 

Las cosas no mejoraron mucho al pasar al instituto, más bien, se hicieron más creativas. Las hormonas aumentaron su irascibilidad (palabra que probablemente desconocía, pero por la que me hubiera zurrado si la hubiese dicho cerca de él), además, le dieron un bigote prepúber digno de las mejores mofas, que, junto a su larga cabellera negra y el acné -que todos teníamos- creaba un maravilloso cuadro de la adolescencia. Así que, si alguien le miraba o reía cerca suya, sólo Dios sabía qué podía sucederle. Me gustaban los clásicos, el calzoncillo atómico, meterle a alguien la cabeza en el retrete o enrollarlo con papel cual momia. Nunca había papel para cagar, pero Iván siempre tenía un rollo. Pero eso sólo pasaba cuando venía de buen humor, incluso alguna vez lo escuchabas reír durante el proceso, y era bastante confuso. Por una parte, te daba pena el pobre chico que hubiese caído víctima aquella mañana, pero, por la otra, era muy entrañable ver a un hombre tan oscuro sonreír de corazón. Claro que esto era cuando estaba de buen humor, porque había algunos días... 

Siempre estaba nublado, como si el sol tampoco tuviese la valentía de mirarle. Se respiraba un aire distinto, nadie quería hablar ni bromear, incluso antes de que llegase. Nos mirábamos los unos a los otros como cerditos en la puerta del matadero. Nadie quería ser el siguiente, pero sabíamos que alguien tendría que ser el afortunado. Una mezcla entre horror y nervios que incluso se traspasaba a los profesores, que aprovechaban cualquier excusa para abandonar el aula por unos minutos. El gran colofón llegaba siempre en el recreo, y cada uno era más espectacular que el anterior. La primera fue una paliza, eso sí, de más de tres golpes. La segunda incluía una puerta rota y un niño hospitalizado, pero nunca encontré a nadie capaz de explicarme de manera racional lo que sucedió allí. Aun así, nada superó a la tercera y la cuarta.  Un niño que cayó del primer piso sin tan siquiera haberse levantado de la silla, y otro que quedó encerrado durante quince minutos en una sala que Iván pretendía incendiar, y que, estuvo a punto de incinerar. Nunca volví a ver a aquellos chicos, probablemente se mudaron de ciudad, o incluso, de país.

Apenas unas semanas más tarde del cuarto incidente ocurrió un suceso que marcaría nuestras vidas. Los padres de Iván se iban de viaje y decidió montar una buena fiesta para todos los de la clase. Hubiera sido un gran detalle si no hubiese amenazado con quemarnos a todos los que no fuéramos, y ya había demostrado ser capaz de ello. La fiesta no estuvo mal, teníamos quince años, puso música y había alcohol. Pero ya nadie se acuerda de eso, sólo perduró una memoria en el grupo. La música se frenó bruscamente y, medio borracho, el pequeño hombre apareció sosteniendo la glock de su padre. Pocas palabras podrían definir el miedo que inundó esa habitación. 

- "Pero ¿qué pasa? ¿Estáis cagaos?" -preguntaba mientras tambaleaba el arma de un lado para otro- "No os preocupéis, si no está cargada. Mirad." 

Esas fueron sus últimas palabras. Hubiera jurado que habían pasado horas hasta que el grito de Laura -la chica más popular del insti- rompió el silencio manchado de sangre y vísceras, como su vestido. En realidad, apenas habían pasado unos segundos, pero se hicieron realmente eternos.

Los dos siguientes meses nadie fue a clase, y nos aprobaron a todos el curso. Decían que no podían volver a hacernos pasar por una experiencia traumática o alguna mierda de esas. Pero siempre recordaré su funeral. Fui obligado a ir por mis padres, pero el resto de mis compañeros, no. Todos estaban llorando. Dani, el que se inventó el cotilleo de que Iván sólo tenía un huevo, traía un ramo de flores enorme. Marta, que lo dejó en ridículo delante de la clase, había gastado tres paquetes de pañuelos. Y Laura, la chica que quedó bañada en sesos, y apenas una semana antes había escrito en la puerta del baño "Iván capullo nadie te quiere Por qué sigues aquí?"  (Sí, no se le daba muy bien lo de poner signos de puntuación) hizo el discurso más cursi que he oído nunca. Que si la amistad es lo más bonito que existe, que si Iván era una de las mejores personas de este mundo y por qué siempre se tenían que ir los mejores. 

En fin, hipocresía. Por eso no me gustan los funerales. Aunque seguramente será lo que me toque. Hace tiempo que no tengo gente a la que le importe, quizá alguien se acordaría de mí, pero no lo suficiente como para saber qué es lo que me gustaría de verdad. Me gustaría que me incinerasen y me tiraran en un lugar público. Que lancen mis cenizas en el metro, en un autobús, o incluso, un avión. Que se quede impregnada en la ropa de alguien. De ahí a la lavadora, por lo que caerá por las tuberías hasta el mar. En el mar chocarían con un barco y a partir de ahí mis restos viajarían por los tiempos de los tiempos, o hasta que explotase el planeta, lo que suceda antes. 

Pero bueno, eso no importa, quizá debería abrir los ojos y empezar a pensar en cómo volver a mi casa, descubrir en qué calle he acabado tirado, y sobre todo, dónde voy a desayunar. Una, dos, y tres. Uf, madre mía, qué luz más potente y qué... blanco es todo.

¿Dónde estoy? 




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David García

Monólogos en una caja

Una novela que reflexiona sobre la soledad desde una visión retrospectiva y que te hará caer en tus propios recuerdos y contradicciones

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