Este texto es un fragmento de

Pelos de un gato muerto

Joaquín Idoyaga

[Cuento del autor no incluido en la novela]


Voraz devora la carne

Su sonrisa menguante me recibe, y al besarla en la mejilla su particular perfume a frutas y transpiración me envuelve. Noto lunares en sus brazos de piel pálida, y cómo estos trepan por su cuello hasta la órbita de sus labios. Está preciosa a estas horas de la noche.

Ella pide una hamburguesa, patatas fritas y un enorme vaso de coca cola, yo me contento con una cerveza, y encuentro la burla en los dientes de su sonrisa. Voraz devora la carne, el pan y el queso, y deja que hilos de mayonesa y mostaza estallen en las comisuras de sus labios. Un eructo brota entonces de las profundidades de su estómago. Que aproveche. Digo sin pensarlo.

Comento alguna estupidez, y deja a un lado la hamburguesa, precipitándola con violencia sobre un lecho de patatas para reírse de manera estridente con la boca abierta. Vuelve a dar un mordisco, y el aceite empieza a inundar sus dedos, a caer en goterones sobre la mesa. Hay algo de infantil en su comer, y se lo hago notar, lo que provoca otro estallido en su sonrisa. Recorta entonces la distancia, y acerca su cuerpo al mío, besándome con ternura, inundándome del sabor a carne y mayonesa, alimentándome de un hambre dulce. Al recular, tira el vaso de coca cola, adrede puesto en el borde de la mesa, y el contenido empieza a recorrer el local como una lengua pegajosa de melaza. Ella vuelve a reírse, vuelve a besarme, desgarra las servilletas entre las uñas de sus dedos y vuelve así al estado de pureza. Abandonamos el bar casi sin darnos cuenta, volcándonos en calles vacías y muertas, aullando a la luna que apresan sus labios.

Subimos unas estrechas escaleras grises hasta llegar a su apartamento, y al adentrarme noto su aroma en todas partes. Antes de que pueda perderme en el abandono de habitaciones desordenadas, toma mi mano entre sus dedos, y me arrastra preso hacia su cama.

Me pide que me desnude, algo que hago rápida y torpemente. Ella vuelve a sonreír, y juraría que los lunares de su rostro cambian de posición cuando lo hace. Me pide que la desnude, y lo hago con suavidad y delicadeza. A medio camino agoto su paciencia. Me tumba en la cama, y veo un brillo líquido en sus ojos negros, que como charcos de coca-cola se derraman sobre mi pecho. Desmenuza en jirones su camiseta y su piel se encuentra con la mía.

Los movimientos son frenéticos, casi espásticos, y no se detienen hasta que acabamos en sincronía. A su lado, y mientras ella recupera la postura, noto que he perdido el aliento, que una película de sudor cubre mi piel y que mi cuerpo está agarrotado. A mi lado, su espalda, que como un alfabeto braille acepta las huellas de mi mano izquierda. El calor de su cuerpo pasa al mío, y noto el contacto húmedo y mullido de su piel. Cierro los ojos, e intento acariciarla, pero siento que mi mano se ha pegado a su espalda, que el sudor que antes compartimos acaba por hermanarnos. Intento apartar la mano y noto una fuerza inamovible resistiendo. Abro los ojos y, todavía intentando recuperar el aliento, ya no diviso mis dedos, que parecen haber penetrado en su cuerpo. Ella, de espaldas, continúa sentada en la cama, en silencio, impávida, en alguna otra parte. Su cabeza convertida en cabellera, su rostro detrás de unas largas cortinas negras.

Cuando es la muñeca la que desaparece siento que puedo mover la mano en su interior, y mis dedos juguetean con sus entrañas, con los pulmones, en los que encuentro sus respiraciones, y con el calor viscoso de su corazón latente. Quiero decir algo, pero solo quedan gemidos en mi garganta, y antes de darme cuenta mi hombro ha desaparecido también. Sirviéndome de mi mano derecha, intento impulsarme desde su cadera, pero víctima de una mala idea ésta también es engullida, ahora sumergida en su vientre hambriento. Lucho para mover mis piernas, que siguen agarrotadas, inmóviles, y en un intento de recomponerme las acerco demasiado a su espalda, a esa fuerza magnética que las adopta como suyas, que las acepta con brío. Voy perdiendo el pecho de la misma manera que fui perdiendo mi cuerpo, y no es hasta que solo mi cuello queda fuera, convertido en un enfermizo siamés de circo, que noto el impacto. El calor de su cuerpo, en el que ya no distingo mis extremidades, va fundiendo mi ser, y lucha mi cabeza para mantenerse a flote. Mi boca es engullida, y mi nariz va después. Los ojos quedan ciegos, y un beso los va adormeciendo. Mis orejas desaparecen en su espalda, y mi cabeza con ellas, hasta que solo queda el extremo de un pelo visible, un punto más en su piel plateada.

Un suave estallido en su estómago disuelve entonces lo que queda mi cuerpo. Que aproveche.




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Joaquín Idoyaga

Pelos de un gato muerto

Una novela de intriga ambientada en las calles de Barcelona donde la línea que separa la realidad de la ficción se desdibuja