Este texto es un fragmento de

Tus días y tus noches

Irene García

CAPÍTULO 1

6.45. La melodía de mi móvil comienza tímida y dulce a sonar incrementando poco a poco su intensidad. No sé por qué no lo he desconectado, llevo toda la noche con su instrumental, se me termino el tiempo, lo siguiente, la reunión con él.

Las luces empiezan a clarear a través de los orificios de la persiana en esta mañana de mayo. Promete ser otro caluroso y soleado día. ¿Dónde han quedado esos mayos templados con mañanas de rocío?

Finalmente, apago a los dulces pajaritos que ya están desgañitándose y me pongo en pie, no puedo hacer más, esto es lo que hay, cierro todos los libros de especificaciones técnicas de instrumental quirúrgico, catálogos, apuntes, notas y finalmente conecto el ebook a la impresora para sacar el informe.

Confió en que sea suficiente, no sé porque este hombre se empeña en torturarme, con la de enfermeras que tiene en el servicio y tengo que ser precisamente yo, que solo llevo seis meses, la que prepare el lote de cajas de instrumental para la apertura de su nuevo quirófano, dice mi supervisora que seré yo la responsable y debo hacerlo desde el principio. La realidad es que la misión personal de este insolente narcisista es amargarme la existencia, muchas veces creo que esa mirada fría y calculadora se alegra cuando logra sacarme de quicio.

—Señorita, míreme, mire lo que hago... me está distrayendo— es su frase favorita en la mesa de quirófano. Y la realidad es que me gusta mirarle, porque en el fondo es todo lo bueno que dicen que es, y disfruto mirándole operar, pero no sus formas, es odioso.

¿Por qué dejaría yo mi planta de pediatría? Con lo cómoda que estaba. Los bebes y los niños no tienen estos aires de grandeza. Con sus dibujos, sus muñecos, sus consolas, todo de colores, riendo todo el día por muy malitos que estén.

Un escalofrío me recorre la espalda y me reencuentro con su imagen, como si estuviera en una estantería polvorienta y escondida al fondo de mis recuerdos. Pablo, esa punzada en el corazón me resulta tan dolorosa, me estalla en mil pedazos, no sé si algún día podré pensar en él sin sentirme así.

Ese pequeñajo de ojos gris tenue que se apago delante de mi sin poder hacer nada, esa madre entregada al tormento perpetuo de sobrevivir a su hijo después de verle ir tan dolorosamente, tanto sufrimiento no debería estar permitido, no es justo, no es justo que nadie pase por eso y menos un niño, y menos Pablo, con toda nuestra esperanza, todos los cambios de tratamiento, el trasplante, pasó por todo y nada fue suficiente. Este es el momento cruel en el que nos hacemos mortales, con toda la tecnología y sin embargo no podemos lograr que un pequeño cuerpo soporte la vida que le mata, la juventud que juega en su contra.

La impresora termina y me saca de mi ensoñación, me siento aliviada. Pero aterrizo en la cruda realidad de mi día; tendré que presentarle mi informe al Dr. Iceman, como le hemos rebautizado en el servicio, me tiemblan las piernas, necesito una ducha y un café doble, pero ahora, después de reencontrarme brevemente con el recuerdo de Pablo, no me parece tan terrible.

Hace seis meses, coincidiendo con mi atropellada llegada a quirófano, apareció el Dr. Iceman trasladado como jefe de cirugía torácica para que “pusiera orden”, la noticia cayo como un jarro de agua fría en el servicio, por el tonillo con el que se hablaba de su “orden” y porque finalmente habían desplazado al antiguo jefe, un hombre experimentado y afable, bonachón y dulce que resultaba absolutamente delicioso en el trato, con una humanidad arrolladora que transmitía por todos los poros de su piel, pero apolítico y poco disciplinado a la hora de cumplir los protocolos establecidos para el funcionamiento del hospital, le perdían sus paciente.

La primera vez que vi al nuevo jefe andaba por el hospital acompañado, o más bien cortejado, por toda la junta directiva, gerente, director medico, subdirectores y demás altos cargos a los cuales no conocería si me los encuentro en un restaurante. Esos cargos requieren muchas horas de ocultamiento en el despacho y poco paseo por el campo de batalla, a menos que haya una causa justificada para hacerlo, como en esta ocasión, intentar engatusar al niño bonito, el numero uno de la cirugía torácica para que “ponga orden” en el servicio.

Era un hombre alto y corpulento, de gimnasio diario diría, con aire distinguido e impecablemente vestido, cabello rubio que se revolucionaba a mechones hasta su largo y fuerte cuello. Esa primera impresión fue la de un hombre tremendamente atractivo y enigmático. Quizá demasiado joven para el cargo que iba a ocupar.

Este tipo de acuerdos van acompañados por un montón de concesiones al candidato: investigaciones, con sus respectivas becas, material de última tecnología, apertura de unidades especificas que den prestigio al hospital, y principalmente den prestigio al profesional que los monta. En nuestro caso, una de sus exigencias in-negociables; un quirófano con todos los extras para hacer “alta cirugía” a disposición del jefe de servicio, es decir, un cortijo propio.

En el día a día resultaba distante y altivo, con esos ojos verdes fríos e impasibles, escudriñando y examinando cada gesto, cada movimiento, me sentía evaluada y juzgada desde el minuto cero. Al principio era incomodo, muy incomodo, después me acostumbre y ya no le presto atención. Esas manos tan grandes y fuertes como delicadas y perfeccionistas, fue uno de los rasgos que más me llamo la atención, por lo embelesante que resulta verle operar, rápido y concienzudo, claro y conciso, sabe lo que quería hacer y simplemente, lo hace.

En el equipo llego rodeado de comentarios acerca de su impresionante físico, de sus muchas aventuras en los servicios anteriores, por lo visto es un seductor nato, con un desprecio por el compromiso y posiblemente por el corazón de la que pretenda comprometerle. El pijama de quirófano le cae sobre los bíceps fuertes hasta la cadera, insinuando un torso perfecto. Los pantalones perfilan unas piernas fuertes y, según las más jovencitas del equipo, un buen trasero, las antiguas ríen ruborizadas ante esos comentarios y otras simplemente pasamos.

Pero también es educado, exasperantemente educado, con una importante carga de sarcasmo. El tono con el que se dirige a las enfermeras - “se-ño-ri-ta”- termino que siempre me ha parecido absurdo, las enfermeras siempre somos tratadas como “señoritas”, por muchos años que tengamos o galones que llevemos, “señorita”. Pero él especialmente lo utiliza en tono severo, irónico, dando una vuelta de tuerca al contexto, quizá con una carga de desprecio, intentando degradar, pretendiendo ponernos a sus pies. Me resulta machista, egocéntrico y narcisista.

Jamás pierde los papeles, nunca la emprende a gritos, jamás tira el instrumental o los fungibles con furia, como hacen otros profesionales en un intento fallido de hacerse respetar. El respeto profesional nunca se logra así, me resulta simplemente una falta de educación y buenas maneras, a parte de poco profesional, genera inseguridad y un ambiente de estrés innecesario, añadido al propio de la cirugía, que solamente puede llevar al desconcierto y la desconcentración de todo el equipo que trabajamos en ese momento, y eso se traduce en errores, algo que en un quirófano es simplemente inadmisible.

Él únicamente te mira, con esa mirada que te atraviesa, critica de forma tranquila y educada cada movimiento, pero con severidad y autoridad, es incomodo y aterrador en ocasiones, más para una novata como yo, muchas veces me pilla tan a traspiés que no se donde tengo la mano derecha. No puedo evitar intuir una mirada de satisfacción por su parte en esos momentos. No conozco bien las cirugías ni los materiales y si me quiere pillar, simplemente, me pilla. Nunca entendí muy bien porque era yo la adecuada para hacerse con la responsabilidad de su cortijo, jamás había estado en el quirófano, se me escapan muchísimos detalles, creo que después de conocerle en la distancia corta, nadie quiso lidiar con él y se lo colocaron a la nueva.

Yo procuro estudiar las cirugías con antelación, suelo ir antes al hospital para poderlo tener todo preparado para él, pero nunca nada es suficiente, siempre hay algún error catastrófico que logra que él tenga una excusa para reprenderme, no sé si es muy correcto que esto suceda, pero no me siento con tablas suficientes para llevar la contraria al Dios de la cirugía.

En el quirófano fue una autentica revolución, obra para acondicionar almacenes, distribución de áreas y salas, lavaderos para el nuevo quirófano, antequirófano para anestesia, zona sucia conectada con esterilización para el envío del material usado y una enfermera responsable. Esa soy yo, pendiente de las cajas de instrumental y su disposición para las diferentes cirugías, material fungible, suturas, maquinas de sutura automáticas y cargas, drenajes torácicos, sellos de agua, albaranes, envíos, catálogos de casas comerciales, equipos en pruebas y un larguísimo etc que jamás imaginé cuando me lo propusieron, o más bien, impusieron, es una de las desventajas de no tener un contrato fijo, tienes que amoldarte a lo que te “ofrezcan”.

Mi supervisora era consciente de mi estado de nervios durante los primeros meses que duro mi formación como instrumentista, y mi estado de pánico cuando tenía que instrumentarle a él, me descomponía. Era una mezcla de admiración por su trabajo, que me impedía dejar de intentar estar a su lado viendo las maravillas que hacia, y deseo permanente de salir corriendo. Como cuando miras una peli de casquería en la televisión, no quieres verlo pero no puedes dejar de mirar. Con el tiempo esta situación se ha ido suavizando, y ahora, ahora intento hacer lo mejor posible mi trabajo, porque él siempre va a querer más.

Sé cuando llega porque le precede un aroma de madera, mezclada con.... con ducha fresca, en ese momento es cautivador, como el animal que seduce a su víctima antes de acabar con ella. Después aparece esa figura robusta y definitiva, encantado de haberse conocido, que pasa rozándote sin hacer el más mínimo gesto que demuestre tu presencia, me siento minúscula, anulada e invisible, después esos ojos inquisidores te atraviesan preguntando por los preparativos.

  • —¿Sabe usted, señorita Monje, que operamos hoy? ¿Ha venido ya la anestesia? ¿Tenemos el quirófano preparado?

  • —Sí, está todo— suelo ser seria y prudente, intentando no dar demasiada información y tener el mínimo contacto con él.

  • —Espero que sea cierto— dice sin el más leve síntoma de piedad, augurando una mañana de tensión.

  • Y después de mucho pensarlo, y muchas renuncias de las viejas glorias que no se quieren meter en semejante jardín, la supervisora decidió cederme como enfermera para él, para su cortijo y para sus “necesidades”, me habría gustado que alguien pusiera negro sobre blanco esto de las necesidades, porque a mi siempre me ha sonado a terminar recogiendo sus caros trajes de la tintorería, y por ahí si que no paso.

  • Abro el grifo de agua caliente y aparece Nacho detrás mío en el cristal donde me estoy recogiendo el pelo.

  • —Buenos días amor, ¿has dormido algo? —le noto detrás, presionándome ligeramente.
  • —Un poco— le miento.

Me besa el cuello haciendo que se me erice la nuca, aun está dormido.

  • —¿Te preparo un café?— me ofrece cariñoso.
  • —Ya lo hago yo cielo, tu despiértate mientras me ducho— termino de prepararme y me comienzo a meter tras el cristal de la mampara.
  • —Eso lo podemos hacer juntos— me sonríe a través del espejo con una media mueca burlona.

  • Le devuelvo la mueca dejando claro que hoy no es el día.

  • Voy acelerada, nadie diría que no he pegado ojo, tengo tantas cosas en la cabeza que no consigo pensar con claridad, me ducho deprisa, hoy no es día de pelo, aunque soy consciente que con el vapor se me rizará todo aun más y será incontrolable, me da igual, total me va a criticar igual por mi trabajo, que lo haga también por mi físico.
    Salgo acalorada de la ducha hirviendo, y me seco deprisa ante la mirada golosa de mi recién estrenado marido.

  • —Lo pone en mi contrato, revíselo señora, tengo derecho a uso y disfrute de “mi mujer”. 

  • Mientras, me toca el vientre y la cintura, apretando su pelvis detrás de mi para que le note duro en mi trasero. Me hago la distraída y me despego continuando con mi carrera.

  • “Mi mujer”, qué término tan arcaico, lo hace a propósito, porque sabe que me desquicia el machismo, “mi mujer” como si tuviera un numero de serie y lote —este es el ejemplar que le ha tocado señor. En fin, hago que no le oigo porque si entro al trapo terminaremos sobre la encimera del baño, que es lo que él pretende, pero hoy no es el día, no puedo perder la concentración, si es que me queda algo. Ya dudo de todo.

  • —Eres preciosa, ¿lo sabías?— me mira embelesado... me quiere.
  • —En realidad sólo me lo dices tú y estoy empezando a pensar que te tengo que pedir cita urgente en oftalmología.
  • —No te preocupes cariño, lo harás genial —se pone serio, sabe que estoy acelerada, tensa, preocupada, las ultimas semanas han sido una pesadilla. —El capullo ese se quedara boquiabierto—. Lo dice asumiendo que ha perdido la batalla.

  • Sabe de lo que habla, me ha aguantado muchas noches de lagrimas por sus desplantes, durante mi jornada en quirófano me cubro con una película inapreciable de indiferencia, pero cuando llego a casa con Nacho me desmorono, ya ha vivido muchos malos ratos a cuenta del Dr. Iceman, o “el capullo” como él lo llama.

  • Mientras me pongo mi crema de aceite de rosa de mosqueta en la cara y me lavo los dientes, observo como se mete en la ducha resignado. Pobre, esta noche le compensaré, pero ahora no se lo digo, porque se anima y volvemos a empezar.




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Irene García

Tus días y tus noches

Una novela liberadora donde la protagonista rompe con los tabúes y las reglas sociales establecidas para tomar las riendas de su vida

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