Este texto es un fragmento de

Una historia epiquísima (pero real, ¿eh?)

Víctor Canalejas

Días después, baldados tras recorrer numerosos caminos de cabras por los que arrastraban la carretilla, Andy, Briana, Síbol, Flupi y Frik llegaron a un templo semioculto, semiderruido y semidesnatado en mitad del bosque.

La maldición de la bruja había desaparecido al cabo de un día, excepto para Andy, que le duró dos días más, siendo objeto de mofa por parte de todas y todos. Es lo que tiene llevar otra maldición más sobre los hombros… Afortunadamente, el editor tuvo a bien arrancar las páginas correspondientes, propias de la mejor telenovela (o de cualquier telenovela, ¿acaso hay buenas telenovelas?), para hacer confeti con ellas.

Durante esos días de viaje los cinco se habían unido más que nunca. A veces gracias a peleas tumultuosas, arañazos, patadas en la espinilla y tirones de pelo incluidos. Eso sí que les unía. Físicamente, por supuesto: puño con cara, rodilla con entrepierna, pie con costillas, y cosas así.

Aunque también les unía el destino que compartían y con el que todos y todas estaban más que comprometidas y comprometidos, especialmente el joven Frik, que sorprendía a diario con muestras continuas de entrega, devoción, camaradería y hermandad.

Tanto era así, que Frik no dudó ni un momento abandonar al grupo cuando encontraron al último monje guerrero que residía en las ruinas del templo y que propuso a Frik enseñarle sus secretos a cambio de que se quedase con él.

Muy leal como podéis ver, ese tal Frik, que se fue con el primer desconocido que le dijo que era El Elegido. No en vano, de niño siempre había aceptado los caramelos que gran cantidad de desconocidos solían ofrecerle a la salida del colegio. Mal, mal, mal (léase esto último con la típica entonación de quien mima mucho a su mascota y la regaña tras una travesura, justo antes de darle un chuche).

¿Cómo que por qué? ¿Lealtad, honor y esas cosas? ¿Acaso creíais que iban a estar juntos hasta el final o que Frik moriría rápida y valerosamente en pos de la misión porque era un personaje secundario añadido a mitad de historia? ¿Pensabais que esto era la típica historia épica? Pues no. Os lo repito de nuevo: esta historia es real, y las cosas suceden como en el mundo real, y si no, ya veréis…

El monje, que nunca les llegó a decir su nombre, y al que llamaremos monje, era el último de una orden de monjes guerreros que dominaban la fuerza interior, la energía positiva de la naturaleza, del universo, de la vida, de la bondad, del amor y de la compasión, la más poderosa que existía. Se trataba, y se trata, de un poder imposible de usar para actos malvados.

Después de las típicas situaciones que se dan en estos casos como «haznos una demostración», «toma ya, qué pasada lo que hace el monje éste», «Frik, tienes la marca del Elegido, está en tu mano…», «Ahivá, es verdad —y tod#s miraban su mano», «…está en tu mano…», «Sí, monje, ya la vemos», «Digo que está en tu mano…», «Sí, sí, ya la hemos visto monje…», «¡Callaros, leñe! Digo que está en tu mano quedarte y aprender», o también «Perdone, ¿puede decirme dónde está el servicio? Me estoy meando y no quiero ensuciar su templo», las cosas se fueron aclarando y Frik pasó de sus nuevos amigos como de la mie… para quedarse con el monje.

Sin embargo, el monje le dijo al Elegido que para empezar su adiestramiento primero debía demostrar su valía realizando una prueba, dándole varias a elegir.

Una de ellas era recuperar y destruir un poderoso anillo de mucho poder, aunque eso estaba un poco visto.

Otra consistía en recuperar unas bolas naranjas y estrelladas con las que invocar a un dragón que cumplía tus deseos, pero como eso era tan habitual en Acipota y podías comprarte un juego de bolas así en cualquier mercado, enseguida Frik se percató de que se trataba de una prueba trampa para ver si caía.

Otras pruebas tenían como objetivo recuperar libros mágicos, pergaminos mágicos, varas mágicas, espadas mágicas, coronas mágicas, o rescatar princesas (mágicas o no), matar dragones (mágicos o no), matar brujas («de eso mejor ni hablar», pensó Frik), acabar con la especulación inmobiliaria, terminar con la corrupción política y muchas otras cosas que parecían imposibles.

Tenía una lista de doscientas pruebas distintas, el monje de los coj… El dichoso monje. Desplegó un pergamino delante de Frik con todas ellas para que El Elegido eligiera.

Como Frik no se aclaraba, le preguntó al monje dónde se encontraba la prueba más cercana. La respuesta no se hizo esperar, y resultaba que todas las pruebas, absolutamente todas, podían completarse en el monte que había detrás del templo.

Frik se encogió de hombros, cerró los ojos y lanzó el dedo hacia la lista para que el destino, la naturaleza y el universo decidieran por él. Allá donde cayera, eso elegiría. Sin embargo, lo único que consiguió a la primera fue dejar medio tuerto al monje, pues le metió el dedo en el ojo.

A la segunda no acertó en la lista.

A la tercera fue la vencida y dio en la lista, pero en una esquina, donde nada había escrito.

A la cuarta dejó los ojos abiertos, lanzó el dedo y volvió a errar. El dedo acabó contra un pezoncete del monje.

Y por este tipo de cosas suele recurrirse a la mano inocente (e inofensiva) de un infante cuando se trata de elegir algo por sorteo, como sacar un papelito de una bolsa.

—Ay diosas, madre mía, y pensar que éste es El Elegido… —murmuraba el monje, que, curiosamente, se daba cierto aire familiar con Frik—. A ver, chaval, dime un número del uno al doscientos.

—Trescientos veinticinco.

—Pero… ¿Estás jamao o qué? ¡He dicho del uno al doscientos!

—Ummm… Elijo el verde. Un verde muy verde. ¡Súperverde!

—¿Verde, cómo que verde?

—Perdón, no, quería decir la mano derecha.

—Diosas, dadme paciencia, porque si me dais fuerza lo mato…

—Emmm… Apuesto al negro. La bolita está en el medio. Celta-Las Palmas, X. Cara, ¡no, cruz! Cincuenta y cuatro coma siete. Quiero otra carta… ¡Vale, lo siento! ¡Es que se me apelmazan las ideas con este calor!

—Claro, ahora se llama así… Bien, basta de tontunas. Redondearé el número que has dicho a cincuenta y cinco y a tomar por saco. Ya has elegido, Elegido.

—¡Genial! ¿Cuándo empezamos el adiestramiento?

—No, no, esto era sólo para elegir una prueba.

—Pero, ¿no era ésta la prueba? ¡Con lo que me ha costado!

—A ver chaval, ¿te has tomado hoy la pastilla?

—¿Qué pastilla?

—Era sólo una expresión…

—Ay, ay, ay, entonces todavía tengo que hacer una prueba, y encima me pasa algo porque necesito una pastilla… Ay, ay, ay…

El monje, levantando una sola ceja casi hasta la coronilla, se limitó a mirarle hasta que parecía que se calmaba, aunque El Elegido no dejaba de preguntar qué tipo de pastilla necesitaba.

Mientras tanto el resto de la compañía no salía de su asombro, al tiempo que la aflicción les embargaba y les sumía en la pena esperando el momento de la separación.

—Menos mal que se queda aquí.

—Uf, qué bien que nos libramos de él.

—Menudo pieza, una suerte haber encontrado al monje…

—Que alguien me diga dónde está el baño, hago un pis y nos vamos, ¿vale?

Comentaban todas y todos, con tremenda pena por tener que separarse de Frik, El Elegido. Eran uña y carne con él.

—Bien, veamos qué es el número cincuenta y cinco… —decía el monje—. Ummm, muy interesante, sí… Un gran desafío es… Sí, sí, grandes peligros habrá, joven padaguan… Digooo, Elegido. Se trata del Espejo de Piedra Negra.

—¡Ohhh! —exclamaron todos y todas, con enorme sorpresa y algo de miedito, moviéndose como repelid@s por aquellas palabras.

—Uf, vaya… ¿Y qué tal si probamos con el cincuenta y seis de la lista? ¡No puede ser peor! —preguntó Frik, temeroso.

—Bien, veamos… ¡Oh, claro! Ni más ni menos que el Espejo Negro de Piedra.

—¡¡Ohhhhh!! —gritaron todas y todos con gran horror ante aquel desorbitado desafío, cubriéndose la cara con las manos ante el pánico que les producían aquellas palabras.

—Ufff, estoooo… ¡Quise decir el cincuenta y cuatro! —dijo Frik por si colaba, y coló.

—Pues, pues pues… A ver, a ver a ver… Un momento, que me pongo las gafas —iba diciendo el monje—. Aquí está. Se trata de destruir el poderoso anillísimo del mal.

—¿¿El qué?? ¿¿Lo cualo?? —inquirieron todos y todas a coro.

—Ups, perdón perdón. Quería decir el poderosísimo anillo del mal.

—¡¡¡Ohhhhhhhhhh!!! ¡¡¡Ahhhhhhh!!! ¡¡¡Ihhhhhhhh!!! —chillaron todas y todos a la vez, haciéndose un ovillo, sumidos y sumidas en el terror por lo que significaba. Hubo algunos y algunas que hasta se hizo pipí.

—¿Y no podría ser…? —comenzó diciendo Frik.

—Mira, Elegido —interrumpió el monje—, toma la puta lista, supera cualquier prueba y me traes lo que te salga de los cojones. Hartito me tienes, hartito…

—Muy bien —intervino Andy—. Ya que todo está arreglado, nosotros nos vamos ya, que se nos hace tarde. Muy amable, señor monje, por su hospitalidad.

—A darse el piro —dijo Síbol.

—Carretera y manta —dijo Briana.

—Venga que nos vamos —dijo Flupi.

—Un momento, amables viajeros —terció el monje—. Quisiera saber si puedo seros de más ayuda, ¿puedo preguntaros a dónde os dirigís?

—Puedes preguntarnos a dónde nos dirigimos, por supuesto, claro está, qué menos —contestó Flupi. Ella y el resto de personajes se quedaron mirando al monje, a la expectativa, en silencio.

Esta vez al monje se le dislocó la ceja de tanto que la levantó.

—Bien… —carraspeó el monje, empleando todos sus recursos místicos para mantener el control y no arrancarle la cabeza a nadie—. ¿A dónde os dirigís?

—Nos dirigimos a Lúmina en misión importantísima —agregó Briana.

—¡Oh, Lúmina! Preciosa ciudad. Arquitectónicamente bella y socialmente corrupta y viciosa. Me encanta. En efecto, puedo ayudaros a elegir el camino, sin duda. Ibais bien encaminados, y si acompañáis al Elegido hasta la cima del monte al que debe subir para realizar su prueba, seguiréis bien.

—¿Qué? ¿Cómo? —preguntaban todos y todas.

—Enga, amos hombre, no jodas… —se quejaba Síbol.

—¡Qué bien amiguitos! —se alegraba Frik.

—Creo que mejor rodearemos por el este y… —comenzó a decir Briana.

—¡No! —exclamó el monje—. El este es un páramo yermo de lavas movedizas inacabables habitado por dragones de fuego. Estáis condenados si tomáis tal dirección.

—Mierda, pues… Rodearemos por el oeste y…

—¡Peor! Es un páramo yermo de arenas magmáticas interminables repleto de fuegos movedizos con forma de dragón. Únicamente encontraréis muerte y desolación por allí.

—¡D’oh! —se quejaban todas y todos lastimosamente—. ¿Entonces…?

—Efectivamente, no os queda más remedio que acompañarle. Podéis pasar aquí la noche y partir al amanecer. Puedo ofreceros una buena cena, y así aprovecharé para comenzar a enseñar ciertos conceptos al Elegido. No hay tiempo que perder en los tiempos que corren, y el muchacho me da buen feeling…

Con resignación, finalmente se quedaron. Al menos disfrutaron la cena, excepto Andy, que casi se muere de nuevo atragantado por otro huesecillo (la maldición, ya sabéis…). Y también aprovecharon para descansar, que falta les hacía.

Tal como había dicho el monje, se encargó de aleccionar un poco a Frik: le dio un curso acelerado de seis horas que Frik, si quisiera, podría convalidar por un crédito en cualquier facultad de Acipota.

Durante aquel cursillo Frik tomó contacto con la poderosa fuerza suprema de la naturaleza y del universo, aprendió los rudimentos de alguna técnica sorprendente que empleaba la energía de la naturaleza y del universo, y consiguió despertar su chi interior que conectaba con la naturaleza y el universo.

Lo consiguió hasta tal punto que logró invocar a las aves del bosque, que volaron y se posaron majestuosamente sobre su cuerpo al estilo Ace Ventura, todo muy bucólico, vistoso y gracioso, aunque lo pasó un poco mal cuando apareció una manada de avestruces.

El monje corrigió sus posturas lo que pudo (a Frik, no a los avestruces), le enseñó ciertas técnicas físicas, algunos trucos mentales, también algunas nociones del manejo de la energía de la naturaleza y del universo y, por supuesto, algunas invocaciones.

De esa manera Frik aprendió a llamar al viento. Sin embargo el viento no le hacía caso, provocando la desesperación del monje.

También le enseñó las palabras de poder para dominar el objeto de poder que le había encomendado traer para superar la prueba encomendada.

—A’naall nathrach, orthbhas be’ud, dorhiel djenve —dijo el monje magistralmente.

—Uf, menudo galimatías, vaya palabrejas —dijo Frik—. Yo lo intento, pero no prometo nada.

—¡No! No, Elegido… Hazlo o no lo hagas, pero no lo intentes.

—Peroooo… Si lo hago es porque empecé intentándolo y salió bien, ¿no? O sea, intentarlo forma parte de un buen resultado final, ¿no?

—Mira Elegido, le vas a estropear las frases míticas a tu padre. Otra como ésta y te castigo en el rincón mirando a la pared.

—Vale, vale, lo pillo. Voy pues. Anal natrat, orbás biad, dorjel yembé.

—No, no, así no… A’naall nathrach, orthbhas be’ud, dorhiel djenve. Venga, otra vez, no seas quejicoso, y deja de hacer movimientos raros mientras pronuncias, nada de parafernalia.

—¿Quién es Fernalia?

—¿Cómo que quién es…? ¡Diosas! A ver, basta de monsergas. Concéntrate y di las palabras.

—Anal naknak, otbá bijad, doryiel yienvé. Creo que mucho mejor, ¿no?

—No, no, no. Es importantísimo que lo digas correctamente. Una letra, una pausa o un tono diferente pueden cambiarlo todo. Piensa que si la sutil diferencia que produce una simple coma en algo como «Qué encantadora perra» y «Qué encantadora, perra» puede provocar consecuencias desastrosas, imagínate las apocalípticas consecuencias que podrían derivar de una mayor modificación de las palabras más poderosas que la magia conoce.

—Creo que no acabo de verlo, ¿me haces un croquis?

—¿Un croquis? ¿Pero qué dices? A ver, atiende, que te lo repito. Si cambias la entonación, no pronuncias correctamente o pones una coma donde no corresponde, la liarás parda pardísima, ¿vale? Es como si quieres decir «errata estúpida», pero lo que dices es «eh, rata, ¡estúpida!».

—Umm, creo que voy vislumbrando lo que quieres decirme maestro, pero no estoy seguro… Quizá con otro ejemplo…

—¿Otro ejemplo? ¿Serás mentecato? Bueno, bien, otro ejemplo. Imagina que en lugar de decirle a alguien «lo dijo el tontorrón», dices «lo dijo él, tontorrón». Podrías meterte en problemas, ¿lo entiendes?

—Umm, ya veo, creo que lo pillo… No sé…

—No, no lo pillas. El asunto es de tal importancia que tales palabras permiten dominar los objetos mágicos más mágicos que existen, incluso aquellos que pueden conseguirse en los coleccionables de los kioscos.

—Uau, es increíble…

—Y no sólo eso. También permiten controlar el espacio y el tiempo en aspectos desconocidos para la inmensa mayoría de las personas. Para ello, sin embargo, es necesario llegar a dominar los aspectos más sutiles de la técnica, algo que ni yo he logrado aún.

—Ya veo, ya veo…

—Un pequeño y leve error, y en lugar de permitirte portar un determinado objeto mágico sin peligro, todo podría desembocar en una gran explosión, o despertar a los muertos en cien kilómetros a la redonda, o servir de reclamo a todos los dragones de la zona. ¡No puedes pasar! Ejem, perdona, son tics que me dan cada seis…

—¿Cada qué?

—Cada dos por tres.

—Ah…

—Lo que quería decir antes es que… ¡No puedes equivocarte! ¿Te queda claro?

—Buf, pues no sé yo… ¿No puedes escribírmelo o algo?

—Pero vamos a ver, qué pasa contigo, ¿no estás pillando nada de lo que te estoy diciendo o es que me estás troleando?

—¿Eso no es cuando unos trolls te atrapan y te desuellan vivo?

—¿Pero qué coj…? ¡No! Me refiero a que si me estás gastando una broma y te estás riendo de mí!

—¿Qué? No, no, maestro. Es que estoy algo nervioso y me cuesta concentrarme.

—La verdad, preferiría que fuese una broma. En fin… Bueno, podría enseñarte la versión abreviada, también funciona. Prueba a decir: A’naall djenve.

—Anal yenvhe.

—A’naall djenve.

—Anall yembé.

—A’naall djenve.

—Annal yempé.

—A’naall djenve.

—Anhal llenvé.

—Jobar, qué cazurro, es imposible… —murmuraba el monje.

—¿Qué, maestro, ya lo dije bien?

—Probemos la forma híper abreviada, que también funciona, ¿de acuerdo? Di: Anvé. Tal como suena: Anvé.

—Anve.

—Anvé.

—Ambé.

—Anvé.

—Anwé.

—Anvé

—Ænvé.

—Anvé.

—Änvé.

—Anvé.

—Anvæ.

—Anvé.

—Anbê.

—Anvé.

—Anvé.

—¡Anvé!

—¿Anvé?

—¡Anvé, Anvé!

—¡Anvé, Anvé, Anvé! —dijo Frik emocionado.

—¡Anvé! —repitió el monje—. Qué virtuosismo, qué desparpajo, ¡qué arte! ¡Muy bien, sabía que podrías! Sin duda eres El Elegido.

Y contento y gozoso por haber despertado el poder interior del Elegido, más feliz que una perdiz comiéndose una lombriz con sabor a regaliz, al cabo de las seis horas y un crédito de curso, justo cuando sonaba la campana del final de las clases, el monje acostó y arropó a Frik, le dio un beso en la sien de buenas noches y se fue a mimir, satisfecho.

Al alba despertaron, bostezaron, se estiraron, apagaron la primera alarma del despertador, volvieron a dormitar, apagaron la segunda alarma cuando empezó a sonar, se rascaron las legañas, se acomodaron la ropa interior porque les tironeaba o se les había encajado aquí y allá, se sacaron un par de mocos y los arrojaron a medio metro tras amasarlos un poco con los dedos, se quitaron pelos de la boca, se levantaron, se lavaron la cara, comprobaron lo mal que olían sus sobacos, se sonaron la nariz y escupieron gargajos, hicieron mucho pis, se adecentaron algo y fueron a tomar el desayuno que había preparado el monje antes del amanecer.

Porque todo eso es lo que hace cualquier protagonista de cualquier historia que hayáis leído o visto con anterioridad (excepto robots, claro), aunque nadie os lo haya mostrado. Sí, sí, así son todos y todas; no se levantan perfectos y perfectas, ni perfumadas y perfumados. Así que ya podéis pensar en cualquier personaje que adoréis haciendo esas cosas. ¿Se os ha caído algún mito? Vaaaaya, cuánto lo siento, pero es que esto es una historia real, ya sabéis…

Al terminar, el monje les acompañó hasta los límites del templo y les señaló el camino. Al despedirse, el monje levantó un brazo y señaló con el dedo un enorme monte que se elevaba en la distancia. Era una enorme montaña monolítica, una gran mole de roca de paredes casi verticales, de cima truncada y aparentemente plana, y paredes estriadas, dando la impresión de estar arañadas por grandes garras.

—Te echaré de menos, maestro —dijo Frik.

—Y yo de más… —murmuró el monje.

—¿Qué…?

—Nada, nada. Recuerda: eres El Elegido. Estoy seguro de que volverás.

—Lo haré, seguro, y podrás enseñarme todo lo que siempre he querido aprender, maestro.

—Como deseéis.

—Oh, qué bonito maestro, esa frase suena a amor verdadero. Espero ser vuestro aprendiz prometido.

—Sin duda, sin duda. Ahora marchad.

Y marcharon, no sin que las demás advirtieran el extraño parecido entre ambos. Subieron colinas y pendientes empinadas, recorrieron valles y riachuelos, trotaron por bosquecillos y brincaron por los montes.

Al llegar a la falda de la montaña Síbol intentó levantarla, recibiendo una regañina general, aunque a Briana le hizo mucha gracia lo picarón que era.

Decidieron pasar la noche al pie de la montaña antes de emprender la subida al alba. De repente, al detenerse, escucharon voces cercanas y cierto jolgorio, y decidieron acercarse a cotillear.

Las voces provenían de un claro en el bosque que precedía a una bonita ciudad luminosa de la que nadie se había percatado hasta ese preciso momento, casi como si hubiese aparecido repentinamente, o como si fuesen tan despistadas y despistados como para no darse cuenta de ello, teoría que me convence más.

En la reunión había varios tipos normales, varios tipos bajitos y rechonchos, varios tipos menudos con pinta de niños, varios barbudos con túnica, y varios tíos buenos con aspecto de sobrados cuyas orejas eran extrañamente puntiagudas. En fin, todo tíos, un gran ejemplo de paridad de género, vaya.

—…pues sí, todos lo sentimos mucho, pero has sacado la pajita más corta y te ha tocado ir a la otra punta del mundo a destruir este anillo… —se les oía decir.

—Vaya, qué faena. Bueno, sacaré coraje para ir a destruir el anillo arrojándolo a la lava de un volcán infernal situado muy, muy lejitos.

—¡Nosotros te acompañaremos, no irás solo!

—¡Yo también me apunto!

—¡Yo pondré a tu servicio mi vara y mis águilas gigantes molonas!

—¡Y yo mi arco!

—¡Y yo mi hacha! Que no se diga que un enano se achanta donde un elfo tira pa’lante.

—¡Y yo mi motosierra! —dijo Ash.

—Muy bien, parece que ya tenemos una compañía formada para cumplir la misión de destruir este anillo, ni más ni menos que el número cincuenta y cuatro de la lista del monje.

—¡¡¡Ohhhhhhhhhh!!! ¡¡¡Ahhhhhhh!!! ¡¡¡Ihhhhhhhh!!! —chillaron todos a la vez, haciéndose un ovillo, sumidos en el terror por lo que significaba. Hubo alguno que hasta se hizo pipí.

—¡Un momento! —intervino Andy, apareciendo inesperadamente tras los arbustos, provocando que todos desenvainasen espadas, hachas, arcos y motosierras.

—¿Quién eres tú? —interpelaron los del corro.



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Víctor Canalejas

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