Este texto es un fragmento de

Zulú

Mariano Gómez García

1

El cadáver se mecía suavemente a merced de las olas. De vez en cuando, alguna más traviesa que el resto lo empujaba con mayor empeño, como si quisiera despertarlo. Mientras flotaba boca abajo, la espalda mostraba ya los signos de la cruel acción del sol, que había requemado la suave piel, llenándola de ampollas. Una larga melena negra colgaba hacia el lejano fondo como una oscura medusa, al tiempo que ondulaba sin cesar alrededor del rostro, deformado por la muerte y por el efecto del agua salada. Los habitantes del abismo habían dado comienzo a su labor destructora, de manera que el cuerpo empezaba a presentar ya esa estremecedora apariencia propia de los ahogados en alta mar. Las gaviotas, inmisericordes, se posaban sobre los restos para picotear golosas entre las quemaduras, con ese ansia ciega tan suya, tan indiferente.
Los despojos avanzaban desde hacía ya varios días hacia un lugar ignoto, plegándose a la terca voluntad de las mareas, volubles bestias de piel azul y blanca, poderosas, implacables. Durante su periplo pasaron cerca de un par de embarcaciones, una de recreo, la otra mercante, que no se apercibieron de su presencia. Y si lo hicieron, sin duda confundirían el cuerpo con un cúmulo de desperdicios de los que la mar soporta, mancillada por la desidia del ser humano.
Días después, ya harto de su silenciosa travesía, de sol y de picotazos, quedó varado en las arenas tostadas de la playa, en una muestra final de obediencia. Enredado en las tupidas algas que las olas arrastran hacia las rompientes, girando sobre sí mismo como un pelele descoyuntado, continuó pudriéndose medio enterrado entre el agua y la tierra.
Al día siguiente, un vecino paseaba con su perro de mañana, temprano, por la playa. El animal trotaba alegre levantando con violencia la arena a su paso; saltaba en el aire y volvía a correr a toda velocidad cuando sus patas tocaban de nuevo el húmedo suelo. De pronto, se paró en seco para observar algo que distinguió entre la arena y las algas y, mientras agitaba la cola, comenzó a ladrar y a gemir al tiempo que giraba la cabeza hacia su amo.
Pocos minutos después, la playa se llenaba con las luces azules de los coches de la Policía. El dueño del perro, consternado, sujetaba por la correa a su nerviosa mascota, que luchaba por romper la presa del hombre para acudir junto al recién descubierto cadáver. Quería olisquear, cotillear, enredar con aquellos restos de penetrante olor, de apetitosa y macerada presencia.
Y al igual que el perro, con idénticos deseos y venteando con fruición malsana el olor de la sangre, un grupo de personas invadía discreta pero imparablemente las inmediaciones del lugar en el que apareció el cuerpo.
—Tiene toda la pinta de una violación, me parece a mí —pontifica una rolliza maruja entrada en la cincuentena, con el móvil ya en la mano—. Yo tengo un sobrino policía que está harto de llevar casos de estos y sé lo que me digo —remata con cara de interesante.
—Señora, no se adelante usted. Dejemos trabajar a los profesionales, que para eso lo son —la recrimina, molesto, un hombre de mediana edad muy atildado y elegante. Se coloca el jipijapa con un gesto rotundo, decidido a meter en cintura a la sabihonda.
Un sujeto delgaducho, calvo, barrigón, con una enorme perilla y unos pantalones cortos por completo inverosímiles cuya cintura queda a la altura de su esternón, permanece atento a la jugada sin perder detalle. A su lado, una gachí de aspecto tan estrambótico como el de su galán chupa una enorme piruleta de extraños colores.
—Cari, vámonos ya, que llevamos aquí mucho rato. Me aburro; quiero playa y compras —farfulla durante uno de los escasos momentos en los que no lame con ruidosa gula el dulce de apariencia alienígena.
—Calla, coño —replica el calvorota. Se rasca la oreja derecha, atravesada por varios aretes—. Que ahora viene lo bueno, ya verás… —Mueve la arena con la punta de unas deportivas de color fosforito y se llena con ella los calcetines blancos con franjas rojas que llegan hasta mitad de sus pálidas piernas.
A pocos metros de la masa de gente, un grupo de técnicos de la Policía, envueltos en sus blancos trajes de campo, se azacanea dentro de los estrechos límites demarcados por cuerdas y estacas sobre la arena de la playa. Agachados unos, otros de pie, registran palmo a palmo, como una bandada de meticulosos charranes, el húmedo escenario en el que el cadáver ha hecho su aparición.
—Garcés, quíteme usted de encima a toda esa tropa, hágame el favor. La gente asiste a las tragedias ajenas como si viera una puta película.
—A sus órdenes, inspector.
—Y avíseme en cuanto lleguen los de los medios. Tardarán poco, enseguida huelen la carroña.
Alto, con un bigote bien recortado; el pelo engominado y siempre vistiendo traje y corbata. El inspector Martín Barrientos, de la Judicial, contempla su caro reloj con gesto malhumorado, los pies clavados en la arena. Se coloca unas gafas de sol para protegerse de la fuerte luz que ilumina la escena. Huele a bofia a treinta pasos y resulta ser un madero elegante, quizá demasiado para su sueldo. Podría deberse a que vio la luz de este mundo en el seno de una familia acomodada; podría deberse a una moral algo laxa, a saber mirar hacia otro lado en según qué circunstancias. Hace algunos años, el policía se habría molestado en aclarar tan enojoso asunto a quien le preguntase sobre él. Pero ya no. Ese tiempo pasó, quedó atrás para siempre. Que cada cual opine lo que le venga en gana.
Malhumorado, se acerca al agente que, arrodillado junto a los restos, toma notas en una pequeña tablet, con la lengua asomándole entre los dientes. Sus manos enguantadas manejan un puntero, que acribilla con un ruido hueco el teclado virtual con la habilidad que da la costumbre. El sol reluce indiscreto sobre su calva incipiente y pecosa, en la que la brisa mueve media docena de raquíticos cabellos.
—Bueno, Rodríguez —ataca Barrientos con un suspiro de resignación—, dígame qué es lo que tenemos aquí.
Rodríguez mira a su jefe a través de unos gruesos cristales, cuyo peso le obliga a contraer la nariz y a abrir la boca en un gesto ridículo que nada positivo aporta a su rostro conejil e imberbe, como a medio cocer.
—Mujer caucásica, de entre veinte y veinticinco años de edad; creo que lleva en el agua unas setenta y dos horas, más o menos, a juzgar por el estado del cuerpo. Tiene la espalda abrasada y con unos cuantos picotazos de las aves marinas… Manos y pies muy cuidados, uñas esmaltadas, tiene las marcas de un bikini sobre la piel…
—Y desnuda como un gusano. ¿Indicios de abusos sexuales? —indaga el inspector, casi arrepentido de su frase inicial al ver el rostro del otro.
—Bueno, ya sabe, eso tendrá que confirmarlo el forense después de un examen más meticuloso —contesta el de las gafas, turbado por la insensibilidad de su superior—, pero a simple vista opino que es posible que la víctima mantuviera relaciones sexuales consentidas, aunque… aunque un tanto… peculiares, por así decirlo, de manera que…
—Rodríguez, ¿cuánto tiempo lleva usted en la brigada? —interrumpe de súbito Barrientos. Se mira las uñas bien cuidadas, como si Rodríguez no estuviera allí.
—Va para quince años, señor, creo recordar…
—Pues ya va siendo hora de que hable usted con más claridad y sin rodeos, ¿no le parece? Le quedaría muy agradecido si no desperdiciase usted ni mi tiempo ni el suyo.
Rodríguez traga saliva ante la andanada. No tiene nada que hacer en las distancias cortas ante un killer como su jefe.
—Mis disculpas, señor inspector. Me refería a que el cuerpo presenta señales de estrangulamiento erótico, se ha sometido a asfixia erótica, aunque esa no es la causa de la muerte. Esta joven se ha ahogado después de mantener ese tipo de relaciones sexuales.
—¿Está usted seguro?
—Razonablemente, señor, a expensas del informe forense. Y hay algo muy importante que debe usted saber. Es la primera vez que veo una cosa así.
—Usted dirá… —asiente desganado el inspector.
Rodríguez le da la vuelta al cuerpo de la muchacha, que yace de espaldas, los ojos muertos desafiando a un sol que ya nada puede contra ellos. Lo hace con cautela, con mimo, como el que maneja un objeto delicado.
—Fíjese. No me dirá que no es llamativo, ¿verdad?
El inspector observa el perfecto trasero de la chica. En cada una de las nalgas, tatuado con primor, un ojo femenino mira al espectador con expresión serena.
—Ambos dibujos parecen bastante recientes, inspector. No creo que sean muy antiguos, aunque con el agua salada ya se sabe…
Barrientos examina de cerca los trazos. Se pasa la mano por el atractivo pelo entrecano, sujeto por un caro y aromático fijador, y mira la cercana rompiente de las olas. Está subiendo la marea; la espuma blanca y amarillenta lo invade todo. En pocos minutos, engullirá el cadáver y con él una historia humana que ha llegado a su fin abruptamente.
—Muy bien. Muchas gracias, Rodríguez; buen trabajo —afirma, conciliador, mientras echa de menos un cigarrillo con toda su alma.
«Hace doce años ya y me apetece tanto como siempre. Qué cabronada», piensa entristecido.
—Qué pena, por Dios. Una joven tan guapa, tan linda como
esta…
Rodríguez se ha incorporado y mira con genuina tristeza el cadáver de la muchacha, los brazos del agente extendidos a lo largo del cuerpo, las manos unidas, los hombros sumidos como si estuviera orando. Del bolsillo superior de su traje de campo sobresale la tablet; de uno de los laterales, como al descuido, uno de los guantes de nitrilo azules. Ni siquiera ha oído el elogio de su superior.
Barrientos contempla a su subordinado. Es el único de sus hombres a quien trata de usted, porque no consigue tutearle por más que lo intenta. Se ajusta el nudo de la corbata, que ya era perfecto, y carraspea.
—Cierto. Cuanto más jóvenes y más hermosas, más doloroso resulta… —añade, por mera cortesía—. En fin, supongo que su señoría no tardará mucho en asomar por aquí. Cuanto antes levante el cadáver, mejor para todo el mundo. La marea está ya en marcha.
A unos veinte metros del lugar donde se hallan Barrientos y Rodríguez, el agente Garcés pelea por mantener a raya a la muchedumbre que poco a poco se ha congregado en número creciente al avanzar la mañana. Suda bajo su camisa negra a causa de los ímprobos esfuerzos que hace para contener a la masa.
—Por favor, circulen; por favor, este es un escenario policial; vamos, circulen, pueden ustedes entorpecer la investigación… —repite, en un vano y monótono intento, ya desganado, de disolver al monstruo de mil cabezas.
El inspector alcanza a distinguir a la gorda sabihonda, que capta imágenes con el móvil bajo la iracunda mirada del dandy.
—Señora, por favor, que está usted ante un ser humano fallecido, un poco de buen gusto y de misericordia… —se acalora el elegante.
—Oiga, oiga, que esto lo hago para que lo vea mi sobrino, qué se ha creído usted… —se defiende ella, muy digna, para proseguir con su macabro reportaje.
—Cari, vámonos, que quiero playa y compras… —canturrea la tipa de la piruleta mientras tira del brazo de su hombre, que le hace caso omiso.
—Calla, coño… Hazte un selfi, anda. Que se vea el muerto y a la poli y todo eso. Y luego lo subes a donde quieras. Verás qué de likes vas a pillar.
Un niño de corta edad corretea descalzo por las inmediaciones del lugar mientras su madre, a grito pelado, intenta controlar a la bestezuela. El padre charla con el dandy y deciden de consuno que la actitud de la gorda es inaceptable, por muy policía que sea su sobrino. Un vendedor de helados vocea su mercancía en un intento por aprovechar la pequeña aglomeración que se ha producido en la playa. Echa un vistazo a la escena y prosigue con su tarea, impertérrito.
El inspector siente una poderosa sensación de asco que le sube por la garganta. La conexión con el resto del género humano que sentía al comienzo de su andadura profesional se va desdibujando dolorosa y lentamente, como si recibiera a diario una granizada de golpes sordos y continuados, hasta quedar reducida a una especie de pulpa moral carente de contenido, cortocircuitada y amarga.
Un coche negro se detiene en el paseo marítimo aledaño a la playa. De él descienden una mujer de mediana edad, rubia platino, y un hombre joven, que porta un maletín de cuero gris. Un sujeto grueso y sudoroso, otro funcionario, se baja también del
auto.
—Aquí vienen su señoría y la secretaria del juzgado con el forense, señor inspector. Menos mal que se han dado prisa.
—Ya los veo, Rodríguez, ya los veo —asiente como para sí el policía.
Avanza hacia los funcionarios judiciales, lo que le hace acabar muy cerca de la multitud de curiosos que, impertérritos y encantados con la carnaza, siguen allí. Los intentos de Garcés han conseguido detener su avance, pero no les han enviado de vuelta a sus hogares.
—Señores, se acabó el espectáculo. Den media vuelta y regresen a sus casas; aquí ya no hay nada que ver. Basta ya; repito, váyanse —pronuncia, con toda la dureza de la que es capaz.
Está a punto de añadir un par de groserías subidas de tono pero se contiene. De todos modos, la imponente presencia del policía parece surtir el efecto que la del agente Garcés no ha logrado. A regañadientes, la masa comienza a disolverse, seguida por la mirada del inspector, cargada de desprecio. Abandonan el lugar despacio, entre murmullos y comentarios no demasiado piadosos con las fuerzas del orden.
—Y luego piden colaboración ciudadana, no te amuela… —se ofende la cotilla, con el móvil aún en la mano—. Mi sobrino no se habría portado así.
—Pues sepa usted que somos nosotros los que pagamos sus sueldos, señora. Tanto impuesto y tanta leche para que luego nos traten de esta manera —remata con mucha autoridad el calvorota, mientras su chica se hace selfis con la escena de fondo guiñando mucho el ojo y abriendo una boca como un serón, sonrisa seductora y chicle churretoso incluidos, más que harta ya del espectáculo.
—Qué país; qué tiempos bárbaros nos ha tocado vivir… —se lamenta el petimetre, con la cabeza gacha y el gesto entriste-
cido.
—Y usted que lo diga —remata el papá, asombrado del vocabulario del hombrecillo.
Martín Barrientos respira hondamente, al tiempo que observa la llegada a la playa de la secretaria y del juez, larguirucho y desgarbado. Ella, mujer al cabo, se descalza de inmediato para no estropear los zapatos de tacón alto; él parece andar a golpes con su propia corbata, desmanotado y torpón, y se agarra a ella como si su equilibrio dependiera de la prenda. «Acabará con la cara enterrada en la arena, sin duda, o perdiendo los zapatos. Imbécil», piensa sardónico el policía. «Bien. Vamos, levantad el cadáver de una puta vez y cada uno a lo suyo».
El inspector camina hacia los funcionarios, que se acercan con un torpe anadeo, mientras con una mano se protege el rostro de la infinidad de pequeños mordiscos que el viento marino le propina, cargado de sal y de arena.
«Lo que daría por fumarme un cigarrillo», piensa, antes de estrecharle la mano al juez.





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