Este texto es un fragmento de

De entre las grietas

Billy MacGregor

Capítulo 1

Atardece.

Cara  de lobo, como todo el vecindario acostumbra a llamar al irlandés, levita a diez centímetros del suelo con las manos metidas en los bolsillos, y a la deriva, de espaldas al mundo, deambula como un náufrago sin nombre por las calles estrechas y empedradas de este lugar al que lo trajo la marea no hace tanto, desde quién sabe dónde, sin un norte adonde ir, un día como este.

Aunque en realidad se llama Billy, Billy MacGregor. Y este lugar es Santa Marta, un sitio con farolas donde hace fresco por las noches y las mujeres todavía se ponen flores en el pelo, flores de verdad. No tiene un mar, ni montañas, y si ha nevado alguna vez, solo las piedras se acuerdan. Las piedras y don Ramón, que se acuerda de todo.

Por aquí dicen que si escuchas el click de una farola cuando se enciende, es que ese día vas a enamorarte. Una que dé luz amarilla; nunca blanca. Al irlandés, que ya no cree en nada, una historia como esa, además de increíble, le parece ridícula, y aunque fuera cierta da igual, porque si hay algo que él jamás volverá a hacer, es enamorarse.

Tic-tac, tic-tac, tic-tac.

En la plaza del barrio las grandes agujas como brazos del viejo reloj bicentenario de la torre de la iglesia de San Judas marcan con precisión helvética las siete y media de la tarde.

La torre se levanta por encima de terrazas y azoteas salpicadas de Sol y ropa blanca, de tiestos de geranios y de hormigas, y la cima, a la que se puede acceder subiendo un caracol hasta las nubes, es un oasis de aire puro que Billy malgasta fumándose el último cigarro del paquete mientras el cielo se descose, y por una brecha mortal de donde fuera a salirse todo lo que el universo tiene dentro, tose estrellas diminutas en mitad del ocaso. Huele a jazmines, porque es mayo, y apetece estar triste, como cualquier domingo.

Ochenta y dos escalones más abajo las parejas pasean evitando los charcos y se aprenden las manos mientras comen pipas de calabaza y escupen las cáscaras al suelo haciendo castillos en el aire como si el aire fuera un terreno edificable, y en los árboles frutales,  entre una trama de ramas y follaje, los pájaros se dicen te quiero con el pico.

La banda sonora la pone una chica que cruza la plaza con las manos a la espalda: “Sin  ti niña mala, sin ti niña triste que abraza su almohada…”.

No sabe cantar; pero canta. Canta y la vida es más sencilla. ¿Dónde irá descalza?

Justo cuando la chica del vestido azul cobalto y las manos a la espalda que no sabe cantar pero canta dobla la esquina, la luz del sol casi concluye, el cuerpo de campanas de la torre de San Judas llama a misa de las ocho, y las farolas comienzan a encenderse en Santa Marta.

Ya no la ve; pero aún puede escucharla: “…me río sin ganas, con una sonrisa  pintada en la cara…”. Seguro que la niña triste de la que habla esa canción termina muriéndose de amor por un niñato de taberna.

Sin alivio y sin tabaco Billy baja de la torre, toca tierra y, caminando con la dignidad de un faraón, se pierde entre las sombras de una calle cualquiera sin farolas. Por si acaso.

Le cruje el alma y los recuerdos le muerden las paredes del estómago.

De camino al Brillante, el bar de la estación, una luna redonda lo acompaña describiendo una parábola perfecta.

Han pegado un cartel en los cristales de la entrada que lee de reojo cuando atraviesa la puerta: Fiestas de Santa Marta. Anuncian una orquesta, un baile de disfraces y un desfile de negras seguidas de una banda de tambores y cornetas. 

Su tabaco. Gracias.

Ajeno al movimiento rotatorio del planeta, Billy fondea en una mesa cuarteada por el paso del tiempo en la terraza, junto al río.

Las mesas del Brillante antes eran verde carruaje, y desde entonces, quién sabe cuántas almas han garabateado sobre ellas toda clase de frases, corazones, fechas e iniciales. Testamentos, poemas de Walt Whitman, citas de Gandhi. Y hasta mapas de tesoros. Nicolás, que era un romántico, decía que mientras esperaban su tren, en vez del periódico, que solo hablaba de cómo el mundo, qué lástima, se caía a pedazos, podían leer frases como: “Busca un lugar donde  la hierba se doblegue bajo el peso del agua”, o “Quiero enredarme a tus  caderas como una puta cobra”. También hay palabras labradas a punta de navaja. Y promesas. Promesas de once letras tatuadas con bolígrafos azules que a la luz de la luna parecen puñaladas. 

Ayer llovió, y hoy en el barrio todavía hay un olor a fruta fresca que puede cogerse con la punta de los dedos y disfrutarlo entre los dientes como algo delicioso. Es el sur que se quiebra, es la tierra mojada, son los jazmines anidando en el cabello de las niñas, las que tienen tetitas de limones y andan presumiendo de mayores porque han probado un beso. Alborotan más allá de donde Billy se ha sentado. Puede escuchar cómo palpitan: “¿Y a qué sabe?”, pregunta una que se llama Lorena. “Pues… ¡A beso!”, le contesta otra que se llama Carolina. Y todas se ríen, porque Lorena no se cree que un beso sepa solo a beso, y dice que un beso tiene que saber a otra cosa que casi no pueda explicarse con palabras.

En la radio del local suena Chet Baker, un trompetista con perfil de canalla que había triunfado en el París de los cincuenta, y caído al vacío años más tarde desde la ventana de un hotel en Amsterdan.  Tras la barra, Micaela –una señora con trenzas en su pelo color plata, ortografía cirílica y una infinita tristeza en la mirada–, organiza cucharitas, rellena los saleros y se ausenta en el brillo de las copas. Y en el brillo de las copas, descubre al irlandés sentado en la intemperie mendigando lumbre del mechero.

Durante la guerra de los Balcanes, Micaela Kravitz había visto tanta gente rota, sin brazos, sin piernas, sin ojos, sin peinar…

–¿Y si le traigo un café bien calentito al cachorro más terco de la tierra?

Billy persigue con los ojos un tren de mercancías que se pierde en la distancia haciendo chuf-chuf-chuf. Ella conoce bien a los viajeros. Siempre tienen los ojos entornados cuando van a marcharse. Y ya lleva días rascándose la barba, mirando el horizonte y rascándose la barba.

–Billy…

La vieja nunca le ha visto tan ausente, tan lejos, tan hueco y tan vacío. Ni mirar así los trenes.  Los trenes... Toneladas de leyenda que han hecho el mismo viaje miles de miles de veces. Él llegó en uno cualquiera –puede que en el de las once menos cuarto–, bajo un sombrero negro y con el alma muy mojada. Desde entonces, todas las veces que Micaela ha estado cerca de sacarle las espinas –que él hundía más en su piel–, todas las que quiso hacer diana en su pasado –y él esquivó con artimañas de alquimista: se hacía invisible durante días–, todas habían servido para nada. En ninguna consiguió acertarle ni por asomo qué cábalas lo estaban volviendo transparente. Pero hoy necesita un milagro, uno de esos que ahuyente de algún modo la nostalgia mayúscula. Tirará de él, y tirará, y seguirá tirando hasta que ya no pueda más, y cuando ya no pueda más, si es necesario, se lo dirá. Se lo dirá. Le va a doler; pero no va a dejar que al chico se lo trague la tierra si ella puede evitarlo. Lo pondrá a salvo.

–Ya no puedes subirte en uno de esos trenes sin que nadie te eche de menos...

Las primeras palabras lo parten de costado, como a un barco que choca contra un iceberg. Cara de lobo frunce el ceño y sus pupilas se convierten en cabezas de alfiler. Micaela le toma de las manos. Tiene manos de artista, de trovador, inofensivas y hermosas.

–Nadie te está esperando. En ningún sitio. Aquí hay gente que te quiere; aunque tú no te dejes.  Paca te adora, y el viejo, y  Sebastián, y además: ¿quién va a hacerte el café mejor que yo?

–Paca adora a todo el mundo –la interrumpe él bordando de ironía sus palabras–. ¿Soy tu buena obra del día, Micaela?

–No seas grosero. Yo tengo canas y tú no. Solo intento decirte que...

–No soy tu hijo, Micaela.

Así es “Cara de lobo”: devastador.

Micaela ni siquiera ha parpadeado.

Ahora Billy buscará desesperadamente un cigarrillo, como si un cigarrillo bastara para arreglarlo todo.

–No. No lo eres. Y tampoco te pareces. A mi hijo lo mató una bala –la guarda en una caja de cerillas. Es uno de esos proyectiles que usaban los francotiradores que asolaron Sarajevo. Micaela todavía se pregunta cómo algo tan pequeño podía arrancarle la vida a uno de los suyos, algo tan pequeño que solo dejaba en la frente la picadura de un insecto y un hilo de sangre camino de los labios–. Y a ti te están matando tus entrañas. Eso que tienes dentro, lo que sea, te las está comiendo. No hablas. No sonríes. A veces ni siquiera respiras. No estás viviendo, Billy. Te estás volviendo transparente.

Nubes con formas de elefantes e hipopótamos se agrupan en el cielo como gotas de aceite en un plato de agua, y unas bragas enormes ondean al viento como una gran bandera de la paz colgadas de seis pinzas de la ropa color fucsia.

Un perro ladra.

Quizás llueva.

Se miran, y en el callejón sin salida del silencio, dejan que pase un siglo. Un siglo sin ruido de trenes ni de copas brindando por todo lo que es bueno. Un siglo si Chet Baker.

Sosteniendo entre sus manos perfectamente limpias la barbilla del muchacho, Micaela lo enfrenta a sus demonios y le suspira un “Yo sé lo que te pasa” que hace jirones el humo del cigarro y le taladra los oídos  hasta esa parte de nosotros donde guardamos bajo llave, entre algodones, las cosas de cristal.

–¿Lo sabes? Entonces también sabrás que hoy me apetece beber. Y es lo único que me apetece. ¿Cuánta ginebra te queda bajo el mostrador?

El último cáliz de veneno con rodaja de limón que se bebió se fue rodando terraza abajo el mismo día de su llegada a Santa Marta, cayó al río y aún debe estar flotando camino del Atlántico. A él se lo llevaron en volandas, como a un torero, empitonado de muerte y con los ojos en blanco. Parecía un pez fuera del agua.

Por lo menos hasta que pudieron estabilizar el ritmo cardíaco.

Aquella misma tarde, cuatro horas antes de que su corazón dijera basta, había dejado la maleta abierta y sin deshacer encima de la cama de una habitación de hostal que pagó por adelantado: “Me iré mañana, solo estoy de paso”. La dueña, una viuda rodeada de felinos, amarilla de cara y a punto de morirse, le preguntó que, si no era mucho preguntar, adónde iba.

Era mucho preguntar. Billy se metió debajo del sombrero, cruzó el pasillo hasta la puerta de la calle sin contestarle, y cuando cuatro horas más tarde estuvo tan borracho que apenas pudo levantarse a mear le dijo a una mosca que pasaba: “Yo  ya no soy de ningún sitio”. Y se orinó encima.

A los dos minutos, Micaela estaba llamando a una ambulancia, y en el mismo momento, sobre un regazo de camisas, ropa interior y calcetines, una gata que entró por la ventana al cuarto de Billy estaba pariendo una camada de gatitos.

Cuando emergió a la superficie desde aquel pozo de miseria en el que últimamente se tiraba de cabeza con el firme propósito de olvidar lo inolvidable, lo primero que  pudo distinguir entre las sombras de la habitación doscientos trece, fueron los ojos de una mujer con trenzas en el pelo vencidos por el sueño; pero no derrotados.

Con solo hilvanar los nombres de barcos, princesas y tormentas que aquel cachorro de ojos grises y barba de poeta había estado murmurando toda la noche mientras la fiebre lo arrastraba de un lado a otro de la cama, cualquiera  habría descifrado que aquel sombrero negro cubierto de polvo milenario y una larga historia que se adivinaba terrible, estaba mejor lejos del muchacho.

Billy salió del hospital abstemio y reciclado después de días y días sin alcohol, y lo primero que hizo, fue preguntar por su sombrero. “Donde tiene que estar.  Colgado de un clavo –le dijo Micaela–. Ahora esto te hace más falta.  Todo lo que había en tu maleta huele a gato”. Y le tendió una bolsa con ropa que su esposo Nicolás ya no usaba nunca, porque había amanecido entre un lecho de hojas secas un tres de marzo muerto de bruces al pie de los rosales, de una tos para adentro, un minuto después de que sonaran solas las campanas de San Judas.

Billy no se fue aquel día, ni al siguiente ni al otro, y Micaela terminó por ofrecerle en alquiler la casa vieja junto al manzano, al otro lado de las vías.

Cuando él le preguntó por qué hacía todo aquello, ella contestó poniéndole las llaves en la mano y cerrándole la boca con una mentira: “Necesito un ayudante en la  cocina”. Él aceptó con una condición: Estaba de paso.

A menudo Micaela intentó hurgar en sus recuerdos sin resultado. No encontró más que cicatrices. Si Billy alguna vez tuvo una vida, era algo que al menos para él ya había dejado de tener importancia hacía algún tiempo, desde un domingo veinticinco de mayo exactamente, a las siete y media de la tarde. Al día siguiente, sin afeitar, se evaporó de la faz de la tierra y comenzó a beber como un suicida, hasta que “Cara de lobo” se le metió por completo en los pellejos, hasta los mismos huesos.

Micaela guarda silencio, esa clase de silencio que guardan las mujeres cuando tienen muchas cosas que decir.

Le arden las mejillas. Va a decírselo.

Va a tenderle una emboscada con su voz de terciopelo:

–Billy... No va a volver.

Lo está diciendo.

–Los muertos nunca vuelven.

Lo ha dicho.

Y Billy se ha roto.

En mil pedazos.

Pequeñitos, pequeñitos, pequeñitos.

Ella, que está en todas partes y a todas las horas del día y de la noche, que no ha dejado ni un momento de existir. Aunque sobre su tumba crezcan ahora las violetas y la vida continúe.

Micaela, que es catedrática en remiendos, lo pone a secar en la ensenada de sus senos y deja que el llanto templado y antiguo del muchacho y todos los muñecos de trapo que tiene dentro, resbale como una gota en el cristal de la ventana por su pecho.

Un árbol no sale de la nada, ni el recalentamiento global del planeta, el conflicto de Irak, o las veces que nos vamos solos a la cama. Ni esa barba. Ni las ganas de vivir en un paisaje de muñecas sin cabeza, sin ninguna esperanza de que la bailarina rusa vuelva a bailar en su cajita con espejo.

Billy ya no está. Está enredado. En algún sitio. Donde quizás no haya tierra firme. Amada amor amante mía, la llamaba, para que ella, dando pasitos de gaviota, asistiera a sus brazos desde la ventana con el mar en los ojos, y en la boca, la perfecta maquinaria de su risa, que solía derramar por todos los rincones de la casa.

Pasa otro siglo. Billy aún gotea; pero respira como un niño. Solo Micaela es capaz de hacer eso sin que ningún planeta se salga de su órbita. Al menos todo gira, aún suena Chet Baker, el reloj de la torre sigue marcando todos los minutos y segundos que aún les quedan por vivir, y seguro que mañana sale el sol, porque mañana siempre es otro día.

Un perro ladra.

Llueve.





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