De entre las grietas
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De entre las grietas

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Colaboradores de este libro

Maquetación
Álvaro López
Corrección
Elena Pina
Corrección
Esther Muntaner Ferrer

Sobre el libro


De entre las grietas se hizo así mismo. Cada una de sus esquinas, cada gota de lluvia, cada habitante, cada canción. Hasta que Santa Marta, un lugar que no aparece en los mapas, fue tan familiar para mí que me sabía cada grillo, cada estrella en el cielo y qué pasaba cada vez que las campanas de San Judas tocaban a muerto solas, o alguien escuchaba el click de una farola.


Porque primero tuve que vivirlo. Por eso tardé tanto en escribirlo. Diez años, nueve horas, y cuarenta y cinco segundos. Tuve que enamorarme primero, de cada uno de sus personajes. Sentir el suelo de sus calles bajo mis pies, oler los jazmines, escuchar el tic-tac de su reloj, tocar las piedras con mis propias manos, probar el café de Mamá Micaela, contar estrellas. Habrá unas veinticuatro mil, y por lo menos, cinco rojas.

Escucharle el pum pum del corazón.


Así que De entre las grietas habla del amor. De cualquier amor. Del amor entre padres e hijos, entre los novios y los pájaros e incluso del amor entre las piedras. Entre hombres y hombres y mujeres y mujeres y ositos de peluche con sicarios. Del amor a uno mismo. Del amor de una madre. De amores perros y amores de tapia y amores tan limpios como el culo de un bebé. De cómo el amor te atrapa por muy hondo y profundo que te escondas. Porque el amor, cualquier amor, es la única cosa que mueve el mundo.

Tenía tantas cosas que decir, que necesité muchas voces: me hizo falta Paca, una chica de ojos azules con fama de hada. Porque si hay un hada en el bosque, esa es Paca. Está embarazada. De un ángel. Voces como la del viejo y arrugado Don Ramón y sus historia. La niña Lorena y su manera especial de hablar con los peces de colores y hacer pompas de jabón.

Me hizo falta un asesino: Críspulo Cortés exactamente, terriblemente enamorado de Clarisse, la mala. Mala de cojones. Un minusválido con muy mala leche que amenaza con tirarse al río todos los años por la misma fecha. Un cura que no cree en Dios, un velero con nombre de mujer, un chucho sin dueño y un señor en moto llamado Sacramento que busca un manzano donde morir, a ser posible en paz.

Un sombrero maldito y un naufragio. El tren de las once menos,cuarto chuf chuf chuf, y una palabra de once letras. Y hasta una princesa. Y por supuesto, un beso. Uno de verdad. Y una chica bonita con un lunar bajo el párpado que se llama María. María nada más. La chica, claro. 

Y cómo no, un chico de ojos grises con un oscuro pasado y un secreto en las manos. El chico, por supuesto.

Siempre he pensado que existen los milagros.



Sobre el autor


Billy MacGregor

Soy alguien que sólo mira nubes. Un átomo. Un aprendiz de ser humano. Uno de esos tipos que no suelen hacer las cosas bien a la primera, pero a la vez de esos que tampoco se rinden.

Empecé a escribir en una libretita que todavía guardo. Iba a todos lados con ella y mi bolígrafo y me ponía a escribir tonterías en cualquier café, mientras la gente me miraba raro. Parecía un idiota, pero me encantaba ser raro. Estar en medio de la calle bebiendo coca cola y a la vez, luchando con dragones o inventando planetas y barcos mientras los semáforos cambiaban de color y la gente volvía del trabajo. Soñar. Todo lo despierto que se pueda.

Todavía soy raro.

El único currículum que tengo es haberme equivocado tantas veces. Aunque sé hacer otras cosas no tan importantes.



Por qué apoyar el libro


«Porque el mundo necesita héroes. Personas que se emocionen, que sonrían, que lloren, que sueñen despiertos, que crean en algo, en alguien, en ellos. Personas que se acuerden de quién son.

Yo un día perdí la esperanza. En todo. Y os juro que la busqué y la busqué con todas mis fuerzas, porque un hombre sin sueños, no es nada.

Y justo cuando parecía que todo había terminado, de una esquina, salió la esperanza con un vestido de flores amarillas. Se llamaba María, María nada más y tenía un lunar bajo el párpado. Sólo era un personaje. Todavía. Y venía a salvarme la vida.

Porque cuando leáis este libro, os vais a acordar de cuántas cosas merecen la pena todavía.»

- Billy MacGregor