Este texto es un fragmento de

El destino no tiene puerta de salida

Robertti Gamarra

Madrid. 2016.


-¡Por fin! –exclamó ella.

Lucas hurgó en la bolsa de galletas por tres raquíticas costras dietéticas, las preferidas de su mujer, aunque no las suyas, a juzgar por su gesto contrariado. Sandra depositó el periódico ante él, con el dedo índice sobre la portada, con bullicio de exploradora ante el mapa de los tesoros. Lucas abandonó la taza de café sobre la servilleta, persuadido por la emoción de su mujer, y posó la mirada en el periódico. El reportaje de su padre ocupaba la portada aquel 30 de enero del año 2016. Sonrió orgulloso. Sandra se acomodó en la silla al otro lado de la mesa, sin deponer la vigilancia sobre su marido, ansiosa por descifrar su impresión. Lucas silabeó la entradilla del artículo sin aflojar la sonrisa y se dirigió rápidamente a las páginas interiores, invadidos esos días del esperpento político en torno a la investidura del nuevo Gobierno. Payasada de estos tiempos, juzgó Lucas y empezó a desgranar la crónica en silencio, con mansedumbre infantil de quien acaricia el juguete por primera vez. De inmediato, reconoció al autor en el relato, cuyos pasajes le arrancaban sonrisa, seriedad y conmoción a partes iguales, pero sin privarle del regocijo de ver el trabajo de su padre publicado aquel extraño invierno disfrazado de primavera soleada.

-Vaya –murmuró al llegar al final del texto.

Repasó la portada y la imagen que acompañaba al artículo: un grupo de hombres con uniformes de camuflaje militar y botas de goma, sentados tranquilamente bajo los árboles, con la jungla impenetrable a sus espaldas. Resultaba imposible adivinar el lugar de la instantánea. Podía ser Uganda, Sudán del Sur o cualquier lugar boscoso de esa parte de África. La habilidad de Dorothée al captar el momento trascendía la propia imagen, hurtaba casi al descuido las muecas estremecidas de los retratados allí. Lucas escrutó brevemente a su mujer, hambrienta de sus comentarios.

–A ver –tanteó él sin facundia. Retomó el artículo interior, con resoplidos en los labios. Finalmente, lo leyó en voz alta: –Los tres niños, cómo olvidarlos, jugaban a atraparse entre los árboles, retornando fugazmente a la inocencia natural. Ninguno parecía tener más de doce años, antes bien aparentaban entre nueve y diez. De pies descalzos, pantalones cortos, camisas de camuflaje militar desabrochadas, con las mangas hendidas y mucho más largas que sus propios brazos, les obsequiaba el aspecto de espantapájaros revividos. A cierta distancia, observando sin acercarse, se encontraba ella, Alice, la hacedora de milagros, responsable de devolverlos a la vida contra todo pronóstico. Esos tres niños saltarines alojaban en el cuerpo media docena de balas de una fugaz refriega con la fuerza militar sursudanesa. Cuentan que los jefes del escuadrón decidieron inicialmente abandonarlos, aunque luego se avinieron a los ruegos compasivos de Alice, bajo la promesa de no comprometer la marcha. Ella los cuidó y los sanó. Ahora los miraba con cierto orgullo, aunque no contaba entre sus virtudes vanagloriarse de su propia bondad. Minutos después, los tres soldados inocentes acudieron a comandancia, convocados a recoger sus gruesos fusiles y, con el arma cruzándole el pecho, formaron junto a sus compañeros la recepción militar del Señor de la guerra -Lucas hizo una pausa, visiblemente emocionado.

-Es muy duro -comentó Sandra. Se levantó de la mesa y se acercó al fregadero de cubiertos-. Realmente duro.

-Es verdad. Son historias invisibles, nadie las ve, nadie las siente.

-Invisibles, excepto para ellos.

Lucas carraspeó, para ahuyentar el llanto y aclararse la garganta. Siguió leyendo en voz alta. 

–Yo conocí al Señor de la guerra, Joseph Kony, el líder ugandés del Ejército de Resistencia del Señor. La primera impresión al verlo no pasó de una sutil sorpresa por la futilidad de mi hallazgo. No podía diferenciarlo de cualquier mortal conocido hasta entonces, por virtud ni por reputación. No obstante, bajo esa apariencia de normalidad subyacía lo inexplicable, la vileza de la naturaleza trascendía lo humano, se vislumbraba el alma perversa, la inmoralidad lo corrompía todo, y, a propósito o no, lo corrompía todo en nombre de Dios. Aquella mañana se sentó con la placidez de creerse en el patio de su casa. En silla de madera, bajo los árboles, flanqueado por hombres leales y resueltos, se dirigió a sus soldados, una horda de niños hambrientos y semidesnudos, niñas respetuosas desde la distancia, inocentes arrancadas del seno familiar al azar, encogidas sobre sí mismas con la cabeza hacia delante en señal de sumisión. Joseph Kony disertó complacido, seguro de su alegato. Sin embargo, los hechos no atendían a razones, fueran intencionados o no, públicos o no. Desgraciadamente, las actuaciones trascendían la razón. La vida de los niños no valía nada. Por eso ocupaban siempre la primera línea, los encargados de las armas, detrás, los mercenarios, y en último lugar el Señor de la guerra, parapetado tras sus hombres mejor dotados. Nadie podía negar en ello la propensión a salvaguardarse a costa de los niños, provistos de equipos bélicos ingobernables incluso para los adultos, armas pesadas que encorvaban sus espaldas –Lucas detuvo su lectura y suspiró–. Ese hombre secuestraba a niños para convertirlos en su ejército invisible. Al ver al Señor de la guerra aquel día, tan mortal como yo mismo, comprendí cómo las oscuras intenciones de unos pocos, en nombre de un Dios desfigurado y maltratado, podía configurar la realidad de todo un pueblo, la sinrazón por alcanzar lo imposible se transformaba en castigos de niños inocentes, y la decepción por no conseguir nada se convertía en la desesperación que todos los padres padecían.

Lucas saltó directamente a la parte final del artículo: 

– … Alice, la indestructible –concluyó con voz rota.

Sandra se afanó un instante con los cubiertos junto al fregadero, luego se encaramó a los muebles altos. Lucas la observó sin sentimientos, absorto en los vericuetos del reportaje de su padre.

–Deberíamos ir con ellos.

–¿A Uganda? –preguntó él.

Ella se volvió y picó la cabeza afirmativamente.

Lucas resopló indeciso. Quizá deberían ir con ellos. Hicieran lo que hiciesen, aquel artículo cargó sobre sus hombros la necesidad anímica de hacer el bien y varios años de recuerdos.



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