Este texto es un fragmento de

El fútbol es lo único importante

Miguel Santamarina Del Rincón

Llego al bar en el que hemos quedado antes que los demás. Pido una cerveza y me quedo mirando la televisión. En realidad hay dos, emitiendo el mismo partido. En un museo no hay dos cuadros iguales, en el cine solo vemos la película en una pantalla, pero aquí a nadie le parece extraño que muevas la cabeza a la izquierda o a la derecha, estés en la barra o sentado en las mesas, cerca del baño o en la barra, y siempre veas a Messi chutando el balón.

Mis amigos van llegando a cuentagotas. Estoy feliz: puedo seguir el partido aunque estemos hablando. Ahora entiendes por qué hay dos televisores, ¿no?

Ya estamos los cinco. Aurora habla y habla, y yo finjo que le hago caso. El Barça sigue perdiendo en Cornellá —1-0— y no parece que eso pueda cambiar por lo mal que está jugando mi equipo. Quedan quince minutos. Sale Alba por Digne; el locutor no deja de recordar el fallo del francés en el gol, y lo hace con la misma inquina con la que podría hablar de un violador múltiple o de un asesino en serie. María se suma a la conversación de la gala de los Goya. Yo sigo en silencio, asintiendo con la cabeza; esperando el milagro del argentino.

Daniel me mira y se ríe; sabe que soy débil. Las chicas todavía no se han dado cuenta o no han querido hacerlo, pero él me conoce y ve cómo miro —con el rabillo del ojo— ansiosamente la pantalla de plasma.

Estoy limpio. Eso es lo que le digo a los demás. Pero es mentira. Llevo cinco años sin consumir, pero cada vez que quedamos en un bar, recaigo. Imaginaos a un ex yonki al que dejan solo en una habitación de un hotel con diez gramos de la mejor cocaína, a un ex alcohólico en la sala de bodegas de la mejor destilería de whiskey o a un ex adicto al sexo en una cama redonda con Angelina Jolie, Gisele Bündchen y Rihanna. Por mucho que lo intento, es imposible no volver al fútbol.

Aurora por fin se da cuenta y me echa la primera mirada de recriminación. La miro a los ojos y le pregunto por Joaquín Reyes y Ernesto Sevilla ("¿Qué tal lo hicieron?"). Daniel se ríe a carcajadas. Es lo primero que había contado Aurora (fatal, lo hicieron fatal, lo he dicho ya como cuatro veces). Mis amigos habían estado diez minutos comentando los tuits de este domingo criticando a los chicos de Muchachada Nui y su presentación en la entrega de premios y mi cerebro no había sido capaz de retener una sola palabra de su conversación. Solo podía procesar las combinaciones de Luis Suárez con Coutinho.

Intento reengancharme a la charla con algún comentario estúpido. Con habilidad lo consigo. Hablan de reivindicaciones feministas y de la película que ha ganado. Ni sé cuál es ni me interesa lo más mínimo. Han pasado dos minutos y mi atención vuelve a estar en la televisión. Quedan diez minutos. Solo pienso en el empate. Tampoco sería un mal resultado.

En teoría llevo cinco temporadas sin fútbol. En la práctica, aunque ya no me vea cuatro partidos al día —de Primera, de Segunda, de la Liga Inglesa, la Alemana, el Calcio, la Champions...— como acostumbraba a hacer antes, sigo leyendo en Internet todas las crónicas de los partidos, viendo los resúmenes en Youtube y escuchando en la radio los programas de deporte cuando voy al trabajo —ahora con los podcasts es todo mucho más sencillo—. Consumo en silencio, pero comento en público, con los compañeros del trabajo que no saben que lo he tenido que dejar —Rosa me dio un ultimátum: o ella o el fútbol, y no tuve valor para decirle que para mí el fútbol era lo único importante en mi vida, más que ella— y siguen preguntando mi opinión, que para ellos tiene tanto valor, sobre todo, cuando se trata de recordar tal o cual partido, o a ese jugador del que ya nadie recuerda el nombre. Aunque ahora está Google, ellos siguen confiando en mí.

Intento meter un comentario de rondón, como ha intentado hacer Sergi Roberto hace un momento con un pase a la banda, pero ambos son fallidos. Aurora está a punto de estallar, de explicarme a mí y al resto del bar que cuando alguien habla hay que escucharle, que en la vida existen cosas más importantes que el maldito fútbol, pero el que estalla entonces soy yo: Messi, siempre Messi, saca una falta y Piqué cabacea a la red; ¡gol! ¡gol! ¡gol! Hemos empatado. En mi celebración he tirado la fuente de patatas bravas en la falda de Aurora —con sus correspondientes salsas de tomate y alioli— y la cerveza de Daniel se ha desparramado por toda la mesa. Me da igual. Grito gol una y otra vez como si hubiese sido yo el que lo hubiera marcado. Mis amigos me miran con una mezcla de pena y de rabia: les he vuelto a estropear la tarde. A mi lado, un hombre da botes y canta el tanto blaugrana con los brazos alto; nos abrazamos. ¿Qué tiene el fútbol que me hace sentirme más cercano de una persona a la que no conozco de nada que a mis amigos de toda la vida?

Pago la cuenta en el bar; qué menos, después de la que he preparado. Me despido, pero solo Daniel me contesta. Por cortesía, y porque aunque él sí que lo dejado del todo, en el fondo comprende lo que me pasa.

De camino a casa, pienso en cómo explicárselo a Rosa. Aunque seguro que mi entusiasta celebración ya ha sido comentada vía Whatsapp.

Dicen que de todo se sale: del juego, de la droga, del alcohol… ¿Y del fútbol? Del fútbol es imposible. El fútbol es lo importante, es lo único importante.



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