Este texto es un fragmento de

El misterio del umbral

Guillermo Escribano

Prólogo

Sucedió más o menos de esta forma.

Darío Magnelli, el célebre párroco de Calcata, avanzó a tientas en la oscuridad. Tropezó con una zapatilla de andar por casa y arremetió contra lo primero que encontró, un óleo de la Virgen con el Niño que había comprado en un mercadillo de Roma. Se agarró al maltrecho marco de madera y arrancó la obra de arte de la pared.
Se desplomó de lado, golpeando su cadera de 82 años contra el duro suelo.Oyó el chasquido del cierre de la ventana del despacho y sus peores temores se confirmaron.

El anciano se quedó inmóvil, dando grandes bocanadas de aire. «El Señor es mi pastor; nada me falta», salmodió. Apoyó el codo desnudo en una baldosa y se incorporó con dificultad. Afiló los ojos en busca de luz, pero allí solo había tinieblas.

—¿Quién anda ahí?

El silencio reinó en la noche italiana.

Magnelli gateó unos metros en la penumbra, se apoyó en el marco de la puerta y, con gran esfuerzo, se puso en pie. Se frotó la cadera y, a tientas, buscó su bastón. Era una pieza legendaria entre sus feligreses, elaborada en madera de haya negra, con puntera cónica de goma y puño de alpaca plateada con grabados de lazos.

Las bisagras de la ventana del despacho chirriaron justo cuando alcanzó el bastón. Magnelli se quedó sin aire.
«Algún día ocurriría, algún día tenía que ocurrir. Han venido a por él», concluyó. Se armó de valor, pensó en su dura juventud durante la revolución fascista de Mussolini, los horrores de la República Social y la guerra contra los anglosajones. Los años de plomo, el asesinato de Aldo Moro y la llegada de los liberales. Había sobrevivido a la terrible historia de Italia y Dios no iba a permitir que muriera con nocturnidad y alevosía.No después de haber sido el más fiel custodio. Estrujó el puño de alpaca plateada de su bastón y entró con decisión en el despacho.

La luna derramaba una luz prístina sobre su escritorio, donde el último cuaderno de sus diarios yacía abierto junto a un elegante bolígrafo negro fabricado en Jerusalén. El resto de la sala estaba en penumbra y Magnelli lamentó no haberse puesto las gafas. Observó a un lado y a otro del despacho, hasta que sus ojos se acostumbraron a la luz. Entonces lo vio.

—No debería estar aquí— dijo el hombre. Su acento era latino.
—¿Qué hace en mi casa? ¡Márchese ahora mismo!
—¿Dónde está? ¿Dónde lo ha escondido?
—No sé de qué me habla— balbució Magnelli. El puño del bastón estaba resbaladizo por el sudor.
—No le creo.

El extraño avanzó un paso y su silueta se recortó contra la luz de la luna. Sus ojos brillaron como si fueran de vidrio negro. Era un varón fuerte aunque no musculoso.

—Hace años usted robó algo y sus verdaderos dueños quieren recuperarlo.

«Dios mío, ¿cómo puede saberlo?». El padre Magnelli dio un paso hacia delante. La presbicia le impidió enfocar bien de cerca, así que no pudo distinguir con claridad el rostro del desconocido. Oyó un chasquido y vio un destello, parecía una gran navaja automática como las que utilizaban los matones de la Mafia en sus crímenes más horribles.

—Dígame dónde lo escondió y no tendré que matarle.

Magnelli se quedó sin aire, inmóvil. La navaja apuntó hacia su barriga. El hombre llevaba guantes. El párroco levantó el bastón de forma instintiva, interponiendo la madera de haya entre su cuerpo y el del desconocido.

—Nunca lo encontrará— gimió Magnelli.
—Me dijeron que mentiría.
—¿Quién se lo dijo?

El extraño pareció sonreír y sus dientes destellaron en las tinieblas. Su aliento hedía a tabaco negro.

—La verdad: no lo sé— afirmó.

«Nada me produce más alegría que oír que mis hijos practican la verdad», recordó Magnelli. El versículo 14 de la tercera epístola de Juan a Gayo, un cristiano íntegro a quien el apóstol alababa por la manera de tratar a sus hermanos. Aunque también le advertía sobre personas como Diótrefes, ambicioso líder de otra iglesia, cuya mala conducta no debía imitarse.

—¿Dónde está?— insistió el desconocido.

Magnelli era un buen párroco y así lo reconocían sus feligreses. Un clérigo tranquilo y amable, generoso en sus consejos, paciente y caritativo. Pero la situación era grave. Gravísima. Y él ya había pecado otras veces.

Regina caeli, laetare alleluia— murmuró el extraño.

Magnelli tomó aire y alzó el bastón con las escasas fuerzas que su anciano cuerpo retenía, decidido a espantar a su agresor violando el quinto mandamiento. «Dios, perdóname porque he pecado», murmuró mientras el bastón descendía. El desconocido se echó hacia atrás de un salto y el bastón cortó el aire con un siseo.

Quia quem meruisti portare, alleluia... ¡Rayos!

Antes de que pudiera recuperarse, el costado de Magnelli ardió. El párroco soltó el bastón, que se estampó contra el suelo. Se llevó las angulosas manos a la herida. Una sangre cálida y espesa resbaló entre sus dedos. Cerró los ojos y cayó de rodillas. El agresor inspiró varias veces con fuerza.

—¿Dónde está?— preguntó.
—Nunca lo encontrará. Esa es la verdad.

Magnelli se miró las manos y comprobó que allí no había agua, solo un fluido viscoso y negro. Pensó en el desconocido soldado romano que clavó una lanza en el costado de Jesucristo. Y recordó la majestuosa estatua de Longinos, nombre que los evangelios apócrifos dieron al soldado, tallada en mármol por Bernini. Era una mole de cuatro metros y medio que se hallaba en el Vaticano. El párroco le ofreció su mejilla al agresor, que era casi tan grande como Longinos.

—Perdono tu ofensa.
Ora pro nobis.

El desconocido limpió la hoja de la navaja en el pijama del párroco y después la cerró. Masculló una maldición, trepó al escritorio y desapareció a través de la ventana. El eco de sus pasos sobre la calle empedrada llegó nítido hasta Magnelli.

«¿Por qué rezaba una antífona mariana?»

El párroco intentó incorporarse, pero no halló fuerzas. Un arroyo de fuego nacía de su costado. Se apoyó en una mano y con la otra taponó la herida. Había visto a campesinos morir por la infección del pequeño corte de una hoz.

«No deben encontrarlo», se dijo.

Con un terrible esfuerzo, conteniendo el dolor, se arrastró por el suelo hacia la librería de su despacho. «Tengo que protegerlo. La verdad no debe salir a la luz», murmuró.

Las campanas de la Iglesia del Santísimo Nombre de Jesús dieron las cuatro. Y Magnelli pensó que iba a morir.



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