Este texto es un fragmento de

Josefina tras la ventana

Laura Medina Alemán

JOSEFINA TRAS LA VENTANA

Laura Medina Alemán


Diario de viajes de Daniela Sánchez

Edimburgo, 1 de mayo de 2016

Siempre que la imagino, la proyecto en mi mente con su cuaderno de notas abierto, sentada enfrente de un escritorio de madera envejecida. La dibujo tras una cortina blanca impoluta, vaporosa, agazapada y divisando el mar. El lugar perfecto desde donde mimetizarse camaleonicamente con la isla que le brindó el primer suspiro de vida. Allí donde se convertiría en la “muchacha isla”, como la llamaba Pedro Salinas.  

El azul del cielo en su mirada, el dorado del sol en su melena, el salitre reposado en sus labios. Así imagino siempre a la escritora canaria Josefina de la Torre: envuelta en brisa marina y versos…


CAPÍTULO 1

Me llamo Daniela Sánchez. Soy periodista y a ratos escritora en el sentido más romántico de la palabra. Sobre todo soy una mujer que ama su libertad y su vida. Una que sueña con la igualdad entre hombres y mujeres. Aquella está dispuesta a rescatar las voces femeninas perdidas en el eco ensordecedor. 

Llegué a Edimburgo en el año 2016, justo cuando abril le daba la mano a mayo. Un mes y medio después, la crisis entre el Reino Unido y Europa se materializaría a través del Brexit y los españoles (como el resto de extranjeros) seríamos señalados. ¡Como si buscarse el pan fuera un pecado! Un pecado como el que, a veces, resulta el hecho ser mujer e intentar hacerse un hueco en la historia

Precisamente una mujer fue la razón que me trajo hasta Edimburgo. Una mujer de bandera, de esas que cuando pisan resuenan sus pasos, de las que hacen historia sin que la propia historia se lo reconozca. No una mujer cualquiera, sino una que había destacado como un lucero en el firmamento. Artista, soprano, escritora, actriz, también periodista y un sinfín de facetas más. Su nombre: Josefina de la Torre

Ella fue la que inspiró la tesis doctoral gracias a la cual gané una beca para trasladarme a la capital escocesa. Me otorgaban seis meses para formarme como escritora en una ciudad con un importante legado literario. ¡Eso sí que era una oportunidad! Al mismo tiempo, aprovecharía la coyuntura para hacer justicia y decirle al mundo quién había sido aquella escritora olvidada. Una escritora española, nacida en las islas Canarias, sus islas en las que tanto se inspiró. Siempre a medio camino entre el grupo de quienes formaron la Generación del 27 y de los modernistas canarios. También, siempre, relegada a un segundo plano. 

Edimburgo ha sido cuna y residencia de algunos de los escritores anglosajones más relevantes de la historia de la literatura. Robert Louis, Stevenson, Sir Walter Scott, Robert Burns, Ian Ranking, Muriel Spark, J.K. Rowling, todos han tenido alguna vinculación con esta ciudad, la primera declarada “Ciudad Literaria” por la UNESCO en 2004. Y allí estaba yo con mi tesis recién terminada dispuesta a decirle al mundo que entre todas esos artesanos de la escritura había una española a la que (como otras muchas) no se había valorado como merecía. 




Una tarde que alternaba lluvia y sol aterricé en la ciudad que sería mi residencia durante seis meses. La ilusión me recorría el cuerpo, lo notaba en el palpitar del corazón, pero también en el temblor desmesurado de mi mano izquierda. Siempre me ocurría cuando me enfrentaba a lo desconocido, cuando no sabía qué me encontraría al abrir las ventanas y ver lo que me aguardaba el futuro. 

- Ventanas... -musité mientras me dirigía a la parada de taxi.

De repente empecé a recordar esas ventanas, desde donde curiosear el presente y atisbar el porvenir. Ventanales parecidos a los que proyectaba en mi imaginación, con Josefina mirando a través de ellos. 

Abrí la puerta del primer taxi que encontré libre sin percatarme apenas en el conductor.

- Please, I’d like to go to this address…- ahogué mi frase justo cuando el taxista me interrumpió casi sin darme tregua. 

- ¡¿Dani?! ¡¿Muchacha, qué haces aquí?! ¡Qué alegría más grande! - gritó convirtiendo el pequeño habitáculo en una fiesta improvisada. 

-¡¡Martin!! ¡Qué sorpresa tan genial! No imaginé que estuvieras por estas tierras. ¡Esto sí que es un notición para empezar mi viaje!

Ambos, haciendo honor a nuestra espontaneidad y despejando cualquier dudas acerca de nuestra procedencia sureña, salimos del coche para darnos un abrazo interminable acompañado de aspavientos y carcajadas. Luego y con la sonrisa pintada en los labios emprendimos la marcha hacia el centro. Era un buen comienzo de guión: Martín y yo en Edimburgo. 

Martin había estudiado conmigo en mi etapa madrileña. Él ya estudiaba Humanidades, en la época en la que yo ingresé en la universidad para comenzar Periodismo, pero coincidió que teníamos algunas asignaturas en común. En una de esas clases, concretamente en Teoría aplicada de la comunicación, (un tostón, por cierto) nos conocimos. Desde entonces quedábamos para asistir a las charlas que organizaba el club de lectura de la facultad de Comunicación, para pasear o simplemente para hacernos compañía. 

Lo cierto es que Martín pasó de ser un completo desconocido a convertirse en algo así como un novio un tanto sui generis. Me encantaba, pero yo sabía desde el primer momento que aquello no funcionaría. Y no me equivoqué… Dos años después, Martín desaparecería casi sin avisar, justo en el momento en el que rompimos nuestra relación. Habían transcurrido prácticamente diez años desde esa despedida.

- Y bien, ¿cómo estás? ¿Qué ha sido de tu vida? - me preguntó más calmado y con un cierto color de timidez en  su voz. 

- ¡Pues feliz de estar aquí! Acabo de terminar mi tesis y me han concedido una beca para venirme seis meses. ¿Qué te parece? ¿No está mal, no? -contesté, mientras le dedicaba una sonrisa por el espejo retrovisor.- ¿Y tú? ¿Qué haces aquí? Hacía tanto que no sabía de ti…

- Lo sé…- afirmó como apenado- Después de que rompiéramos necesitaba distancia y acabar la carrera. Tanto tu llegada, como tu salida en mi vida fue algo así como un tsunami emocional… Así que me concentré en mí, terminé los estudios y comencé a trabajar en una revista sobre cine. En Mutaciones fui redactor durante cinco años. Escribía crítica literaria y cinematográfica, artículos de opinión, entrevistas… Hasta que decidí probar suerte por estas tierras. Aquí me pongo al volante durante media jornada y la otra media trabajo como periodista en una revista bilingüe que se llama Cosmopolita Scotland.  

- ¡Es genial! Me alegro muchísimo de que todo haya ido bien, te lo mereces… -tras un silencio repentino continué con la voz quebrada-.Nunca pretendí hacerte daño, ¿lo sabes, verdad?…-apunté con un hilo de voz y la emoción agarrada a la garganta-. Yo también lo pasé mal, podrías haber dado señales de vida ¿no?

- Tienes razón, me comporté como un inmaduro, pero bueno hice lo que sentí en ese momento - contestó con firme y animando su tono de voz-. Lo importante es que estás aquí y podemos empezar de cero. Además me tienes que contar sobre tu tesis. ¿Borrón y cuenta nueva?

- Bueno, bueno…- solté con aire divertido y desenfadado-. Primero tendrás que enseñarme la ciudad. Si eres un buen anfitrión, aceptaré tu trato - sonreí en un intento de no abrir viejas heridas.

El coche atravesó Princes Street a trompicones. El tráfico me resultó infernal y la calle estaba abarrotada de gente que aparecía de los rincones más insospechados. Sin embargo la ciudad era un cuento de hadas que se desplegaba como un tocho de cartas que un crupier sirve a los jugadores sobre la mesa. Sobrecogida, divisé el Walter Scott Monument. El monumento más grande en honor a un escritor se alza en el corazón de Edimburgo, justo al lado de Waverley Station. ¿Una estación con nombre de novela clásica? Me pirran este tipo de referencias literarias, lo reconozco. Edimburgo me había ganado sin apenas conocerla.

Pensé en Josefina. ¿Qué habría pensado ella si le hubieran dedicado algo tan majestuoso? Seguramente, no le habría gustado. Ella era una mujer sencilla alejada de cualquier pretensión. Escribía por el amor a las letras, de corazón. 

De repente, como si hubiera sido poseída por la propia Josefina, comencé a recitar uno de sus poemas en alto, mientras Martín conducía hacia el Este de la capital escocesa: 

Quisiera que en lugar

de este abril y este mayo

y de este sol que nace 

con el aire temprano, 

fuera otra vez, de nuevo, 

aquel marzo incompleto (...) 

- ¿Josefina de la Torre? ¿Fue ella sobre quién escribiste tu tesis, verdad? - me interrogó como si ya supiera la respuesta. 

- Ya sabes que siempre fue mi escritora favorita. De hecho tengo un proyecto que quiero llevar a cabo ahora que he recibido esta beca. Ella se lo merece y este será mi pequeño y humilde homenaje. Ya te contaré, todo a su tiempo. Ahora enséñame ese lugar tan espectacular que me dijiste que veríamos 

Martín detuvo el coche en Waterloo Place. Subimos unos pocos peldaños, antes de adentrarnos en una avenida que nos conduciría directamente hasta la perspectiva más fotografiada de Edimburgo. Nunca pensé que también sería una de las más bonitas que mi mirada alcanzara a ver. La imagen me encogió el corazón, justo en el momento en que Martín extendió sus brazos sobre mis hombros. Note su cariño abrazándome.

En un instante tuvimos a la Atenas del Norte y a la inmensidad en nuestra mano. Nunca había tenido problemas para comunicarme, pero la colina de Calton Hill me ganó la partida. Allí arriba estaba eclipsada por la belleza de aquel lugar. Me encontraba en un capital azotada por el Mar del Norte, construida en piedra y leyendas, aguacero, auroras boreales en verano y ventiscas en invierno. Pero sobre todo en una ciudad con un castillo como centinela y con cientos, miles de ventanas por donde admirarla. 

Y ahí estaba de nuevo la imagen recurrente. Esas ventanas, como pedazos de vida enmarcados, por las que un día otros ya se atrevieron a escudriñarla. Un siglo atrás ella no observaba ni la misma ciudad, ni el mismo mar. Sin embargo, en su pecho ardía la misma ansia de expresar con palabras lo que le brindaron las calles por donde transitó de la mano con su niñez y su adolescencia. Edimburgo para Stevenson, como Las Palmas de Gran Canaria para Josefina de la Torre. 

El mundo sería ahora quién tendría la necesidad de descorrer las cortinas de su vida y obra.  Canarias y Edimburgo unidas por las letras en femenino. Unidas por mi querida Josefina. 

- Cientos, miles de ventanas… - repetí ahora desde Calton Hill.

-¿Qué dices, Dani? 

No le respondí, tan solo me limité a mirarle fugazmente para volver la mirada hacia el horizonte . Ya habría tiempo de explicaciones. Ahora era el momento de empezar a trabajar y a disfrutar de la aventura de vivir.




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