Este texto es un fragmento de

La cueva del sur

Antonio López Martín

I

Comenzaron el viaje con un gran rodeo para evitar a la otra tribu y no dejar huellas que les pudieran delatar. Una de las estrategias empleadas con este fin era constituir un grupo poco numeroso.

Ya fuera de peligro, tras cruzar el primer gran río de camino hacia el sur, estuvieron muy pendientes, sobre todo Elft, de seguir cualquier indicio que les condujese hasta quienes estaban buscando afanosamente, algo en lo que el jefe no dejaba de insistir, incluso se desviaban del trayecto más fácil cada vez que descubrían algún lugar donde suponían que pudieran hallarse. Así, continuaron descendiendo con el fin de encontrarles.

Sin embargo, el jefe decidió dejar de avanzar porque se aproximaba el invierno y porque, cuanto más abajo llegaran, más tendrían que ascender de regreso a sus dominios.

Se trataba de su enclave predilecto del último año: en lo alto de los riscos, sobre el otero desde el que divisaba la mayoría de los posibles accesos a su territorio y desde donde, a sus pies, doscientos metros por debajo de él, podía verse cómo se estrechaba en una pequeña gruta el gran río entre dos enormes peñas, habitadas únicamente por águilas, buitres, palomas y algunos vencejos. Era una zona al cobijo de los vientos helados y de la que se mantenían alejados los depredadores.

Ahí, Gragt meditaba y, a la vez, imaginaba recibir el consejo de su padre, fallecido más de diez años atrás. Lo hacía siempre que necesitaba tomar alguna decisión importante para los suyos, o simplemente cuando se notaba triste y ansiaba estar solo. En esos momentos, ¿dónde mejor que ante ese paisaje tan bello y majestuoso?

Se sentía tranquilo y seguro allí, ensimismado y formulándole mentalmente preguntas al que fuera el más importante de los jefes recordados por su gente. Él y su abuelo le habían enseñado casi todo lo que sabía. Se dirigía al espíritu de su progenitor como lo había hecho a su persona cuando este vivía, pues al resto de los que cuidaban de su pueblo sólo podían acceder, según él, el chamán y su hija la hechicera, que se hallaba en la cueva con ellos.Cualquier detalle de su entorno podía ayudarle a encontrar y a confirmar la respuesta: una nube que cruzara por delante del sol,el aullido de un lobo, el ataque de un águila o cualquier otra señal que él pudiera interpretar como solución a su pregunta. Y nunca,por muy desacertada que fuese la decisión tomada, culpaba de ello al gran jefe, siempre llegaba a la conclusión de que él no había sabido descifrar correctamente los mensajes de su padre.

No obstante, no era exactamente una respuesta lo que perseguía, más bien necesitaba la confirmación de alguien en quien confiase con los ojos cerrados, aunque no estuviera ya presente,para sentirse más seguro. A pesar de no ser precisamente la inseguridad lo que le conducía a ese punto, él se limitaba a actuar como antes lo hicieron su padre y su abuelo, que era lo que había aprendido, sin cuestionarse nunca lo acertado o no de la decisión de ellos, igualmente, acudía a la hechicera cuando algo no le quedaba claro, para recabar más información.

Antes de llegar a aquel lugar perdido, muy al sur de la tierra que le había visto nacer, meditaba en la copa de un enorme pino inclinado hacia poniente. Siempre escuchaba a su tribu, al chamán o a la hechicera, a los cazadores y, sobre todo, a los ancianos,que no se encontraban ahí con él. Se reunían al anochecer alrededor de una enorme hoguera y atendía a las opiniones de todos los miembros del consejo que tuviesen algo que aportar sobre el tema tratado. Después, se tomaba el tiempo del que dispusiera para pensarlo, o decidía con rapidez si el asunto no revestía mucha importancia ni complicación.

Era un gran jefe, respetado por todos, y no había defraudado nunca a su pueblo, aunque en los últimos años, las cosas no habían ido del todo bien: los inviernos largos y duros, la escasez de animales y,por último, lo de los hienas habían conseguido que la tribu se hallase diezmada y dividida. Por más que la hechicera insistía en que seguían vivos, él estaba convencido de que los espíritus protectores delos grandes jefes y el de los cazadores de la tribu les habían abandonado a su suerte, por alguna razón que desconocían. En ese momento, había aumentado su fe en el propio instinto, que le fallaba cada vez menos veces gracias a su inteligencia y al transcurso de los años.

Después de tomar su última determinación trascendental y urgente, pues no le había convencido el resultado de lo hablado en la reunión, estaba seguro de que, al menos, algunos miembros dela tribu, incluido el elegido de los espíritus, continuaban con vida.Sin embargo, la duda acerca de si los demás habrían sobrevivido o no le corroía lo más profundo de las entrañas.

Se cuestionaba en muchas ocasiones si habían escogido adecuadamente al grupo, incluso llegó a comentárselo un par de veces a Vect. Todo había sido tan precipitado que les había faltado tiempo para reflexionar. Los hombres que había perdido, como Nanot o Chanert, eran importantes, pues Gragt confiaba mucho en ellos y se había beneficiado de su experiencia y su valor en muchas situaciones, otros tan valiosos habían resultado heridos, o sus situaciones familiares les habían impedido ser incluidos en la aventura en la que se habían embarcado.

La segunda ocasión en que conversó sobre ello con su amigo Vect, este le recomendó no dar más vueltas a lo irreversible.Reconocía que había actuado apresuradamente y que tendría que haber incluido a algún hombre más en el grupo, o que él mismo podría haberse quedado con la tribu para ayudar a Mongat y Aut, pero así lo habían hecho y tendrían que asumir las consecuencias. Después de ese día y del consejo de su amigo, Gragt restó importancia al tema.



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