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La figura de cartón

Gonzalo Aróstegui Lasarte

La figura de cartón

1

La primera comunicación fue hecha por teléfono. Ella esperaba en la cocina a que sus niños volvieran del colegio cuando sonó el aparato. «¿Señora López?» «Sí, soy yo.» La voz correspondía a algún administrativo del Ejército que le preguntaba si había recibido ya la carta.

—¿Qué carta? ¿Ha muerto mi marido?

—No, no, tranquilícese. Su marido sigue sirviendo a la patria con dignidad y entereza, como un hombre… —Esas tres últimas palabras habían sido desafortunadas, y crearon un silencio incómodo. Pero incómodo para el militar, que había usado una terminología que, más por obsoleta que por la propia degradación que contenía, ya no estaba bien vista en ámbitos castrenses; no para la mujer, a la que en aquellos instantes lo último que le importaba eran los restos de inveterado machismo que las fuerzas armadas, quizá por la propia naturaleza que las informaba, alimentaban para que nunca muriesen del todo.

—¿Qué le ha pasado a mi marido?

—Le repito que nada, señora López. Yo no quiero engañarla.

—Dígame la verdad, por favor. —La señora López empezó a llorar. A aquel insignificante administrativo del aparato militar (aunque sus superiores no se cansasen de decirle lo contrario: «Cada uno de vosotros es vital para el funcionamiento perfecto del engranaje») se le empezaba a ir de las manos la situación. Una simple y rutinaria llamada de comprobación empezaba a convertirse en un infierno.

—No sabe los meses que llevo sin ver a mi marido, señor…

—Reed

—Señor Reed. Esto es un infierno.

La misma palabra: infierno. Pero por todo lo contrario. En el Ejército les enseñaban a enfrentarse, a atacar, a despreciar; no les enseñaban a comprender, a negociar, a consolar… Incluso siendo un soldado de interior, un vulgar oficinista, era incapaz de asimilar sentimientos ajenos. La palabra solidaridad no existía en su vocabulario. Prefería plantar cara a un grupo de wahabistas armados hasta los dientes que a un problema de su hijo, algo que él sin embargo jamás admitiría en público.

—Señora López, no sé si me ha entendido bien. A su marido no le ha pasado nada.

—Entonces, ¿por qué me llama?

«Malditos hispanos», pensó Reed para sus adentros (tampoco esto lo admitiría en público; menos aún).

—Señora Reed, escúcheme.

—Espere un momento.

La puerta de la casa se acababa de abrir. «Mamá. Mamá», se oyó a través del auricular. Los hijos volvían del colegio. «Quiero un donut, mamá», gritaba uno. «Hola, Michael, hola, Steve», decía la madre. La señora López se dirigió a la nevera y sacó un cartón de leche para servir dos vasos a sus hijos. «¿Tú quieres también donut, Steve?» El administrativo armado Reed escuchaba trasegar a la señora López cada vez más desesperado. Pero a la señora López se le había olvidado el señor Reed, y ya sólo tenía en su mente a sus hijos; incluso su marido —luchando por la democracia a miles de millas— había quedado en un segundo plano. Reed esperó tres minutos y colgó el teléfono pensando que aquel silencio inútil lo pagaban los contribuyentes.

La señora López tardó un poco más en acordarse del señor Reed, así que cuando lo hizo sólo un pitido que no parecía asemejarse al señor Reed le respondió al otro lado de la línea. Unas horas más tarde, la señora López se acostaba sin el menor recuerdo de la carta, de la llamada, ni, por supuesto, del señor Reed. Soñó con su marido, plantando la bandera de las barras y estrellas en algún lugar que acababan de conquistar al enemigo, ese que el presidente decía que quería acabar con la democracia que había «en nuestra gran nación».

Pero a la mañana siguiente llegó la carta. Era un sobre timbrado del ejército, lo que hizo que la señora López se acordara de golpe de lo que le había dicho el señor Reed. Se sentó en la cocina, sirviéndose un café antes de rasgar el sobre.

Tras alabar la labor de su marido, la carta hablaba de lo duro que es tener a la persona más querida alejada del hogar durante meses, aunque esa ausencia fuera debida «a la lucha contra los enemigos de la patria». La patria, qué palabra tan bonita, pensó la señora López. Ella había nacido en un país centroamericano, pero no quería saber nada de eso; ellos eran estadounidenses, americanos, como Michael y Steve. Pagaban sus impuestos, hablaban en inglés y las barras y estrellas colgaban de un mástil encima de la puerta de entrada (sólo eran arriadas para recibir un buen chapuzón en la lavadora cada cinco o seis meses). La señora Reed siguió leyendo. 

«Sabemos que su marido es insustituible —continuaba—, no obstante hemos creído oportuno ofrecerle la posibilidad de tener más cerca al padre de sus hijos. Nuestro Departamento de Proyección Exterior ha diseñado una figura en tres dimensiones de su marido a tamaño real para que usted y sus hijos puedan sentir su presencia a pesar de las millas que les separan. Si usted da el visto en bueno, en menos de diez días recibiría en su domicilio, sin abonar gasto alguno, este presente que el ejército estadounidense quiere hacerle para agradecer el valor y la entereza que tanto usted como su marido están demostrando en estos duros momentos en que la nación está siendo acosada por sus enemigos.» La señora Reed no salía de su asombro. Pero el asombro no era europeo. A ella no se le habría ocurrido pensar jamás que aquella propuesta fuera una solemne majadería. No. El asombro venía al ver que el ejército —tan lejano, tan abstracto, tan hermético—, se acordaba de los simples mortales, de la soldadesca, que lo componían. Y no es que le sorprendiera o le alegrara comprobar que también allí había un lado humano, sino que no tenía claro que los soldados rasos tuvieran derecho a semejante distinción. Demasiado bien se portaba el país dándoles un trabajo fijo y bien remunerado, como para que encima tuvieran aquel detalle excesivo. Era horrible tener tan lejos a un marido; pero también era horrible que ese marido fuera un simple soldier, un plebeyo, él, que podía aspirar a tanto y que no lo hacía por amor a la rutina y por miedo al fracaso. Escalar dos o tres peldaños para escapar de la muerte definitivamente, o al menos hasta que lo quisiera el Señor, ya mayores, sentados en el porche, viendo la vida pasar…

Rápidamente llamó al número indicado y pidió que le pasaran con el señor Reed. «El señor Reed no se encuentra en este momento», contestó una voz femenina. «¿Quiere que le deje algún mensaje?» Sí. El señor Reed llamó media hora después de colgar el teléfono. Se alegraba mucho de que la señora López hubiese tomado la más sabia de las decisiones, la más correcta. Al señor Reed aquellas cosas le hacían reforzar su fe en el país de las oportunidades, la gran nación americana; o al menos eso le dijo a la señora López. «Es importante que tenga usted en cuenta, señora López, que la figura, aunque no sea su marido, no es un sucedáneo, es un símbolo de lo que significa su marido para usted y para los Estados Unidos de América. Y los símbolos, bien lo sabe usted, son tan importantes como las personas.» La señora López recordó la bandera de la entrada. «Sí, es verdad, señor Reed.»

Concretaron los detalles del envío antes de despedirse. La señora López no quiso comentar nada a sus hijos para darles una sorpresa. El envío tardó menos de lo esperado, y parecía que acababa de despedirse el señor Reed cuando llamaban a la puerta. Un hispano y un negro flanqueaban el enorme paquete. «¿Señora López?» La señora miró con desprecio al hispano y no contestó. «Tenemos este envío para usted.» «Métanlo dentro, por favor.» Los dos hombres golpearon el paquete contra el dintel cuando entraban en la casa. «¡Tengan cuidado con mi marido!», chilló la señora. El negro se detuvo un instante y miró al hispano, que supo reaccionar: «¿Dónde lo colocamos?». «Súbanlo arriba.» Los hombres dejaron el bulto en el dormitorio y se largaron susurrando un imperceptible buenos días. La señora López miraba el envoltorio que cubría a su marido cuando sonó el timbre. 

Era el hispano. «Perdone, pero tiene que firmar aquí, se nos había olvidado.» La señora le llamó inepto (insignificante, innecesario) con la mirada y cerró la puerta tras devolverle el boli. El hispano volvió serio a la furgoneta y se sentó junto a su compañero. «Qué asco, tío. Se debe creer una wasp, y es peor que ellos.» El negro estuvo de acuerdo, pero prefirió no asentir. Por si acaso.

La señora López fue a buscar a Michael y Steven a la parada del autobús escolar, a escasos ciento cincuenta metros de su casa. «¡Mama!», chillaron los niños de felicidad.

—Tengo una sorpresa —les dijo cuando caminaban de vuelta. «¿Qué es?, ¿qué es?», no paraban de preguntar los chicos, pero su madre no abría la boca. Llegaron a casa y preguntó. «¿Queréis un trozo de tarta de cerezas?» «¿Es ésa la sorpresa, mamá?», preguntó Steve. «No, hijo; la sorpresa viene después de la tarta.» Los niños devoraron la tarta con ansia procedente del hambre, pero sobre todo de la curiosidad. «Comed despacio. Qué modales son ésos.» «Ya está, mamá. Ahora la sorpresa», dijo Michael. «Espera a tu hermano, no seas tan impaciente.» «Venga, Steve, date prisa.» El mayor tiró del pelo del hermano pequeño, que se quejó con sordina. «¡Michael, deja en paz a Steve!» Michael se volvió a sentar y empezó a golpear el suelo con la suela de sus zapatillas deportivas. «Quiero verlo, quiero verlo.» La madre cedió y cogió de la mano a Steve: «Luego terminas la tarta». Steve intentó quejarse, pero la emoción también se había apoderado de él. Los chicos subieron las escaleras rápidamente y esperaron órdenes de su progenitora.

—Cerrad los ojos. —Michael y Steve se colocaron junto a la puerta y cubrieron sus pequeños rostros con las manos—. No miréis. —La madre abrió lentamente y cuando terminó dijo—: Ahora ya podéis.

Michael y Steve separaron velozmente las manos, dejando vía libre a unos ojos que en ningún momento habían llegado a cerrarse. Junto a la ventana estaba papá. Se acercaron con miedo, como animales. Papá miraba al frente, sentado y con las manos apoyadas en las rodillas. El uniforme parecía recién lavado y planchado.

—No es papá —dijo Steven.

—No, es una reproducción que nos ha mandado el ejército.

—¿Para qué?

—Para que nos acordemos de él.

—¿Papá sigue en la guerra?

—¿Qué guerra? ¿Quién te ha dicho eso?

—Lo oí el otro día en la tienda del señor Smith.

—Tu padre está defendiendo a nuestro país, no hagas caso de lo que dicen por ahí.

—¿Y por qué se ha ido fuera?

—Tenemos enemigos por… —La señora López calló y miró la figura de cartón—. No son cosas para niños, Steve. Lo único que tienes que saber es que papá está muy lejos y gracias a esta reproducción lo tenemos más cerca de nuestros corazones.

Steve calló. Su hermano no había abierto la boca.



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Gonzalo Aróstegui Lasarte

La figura de cartón

Un compendio de relatos sobre la dureza y el hastío existencial. Fragmentos vitales que componen al autor.

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