Este texto es un fragmento de

La inequívoca fragilidad de los mosquitos

Sonia Fides

I. Los huesos quietos

Que el pasado es quien escolta y blinda tu vida lo aprendes demasiado tarde. Exactamente, cuando una mañana cualquiera te miras al espejo y descubres que has pasado los últimos cuarenta años dependiendo de ese amante que siempre te deja insatisfecha y que se llama futuro. Y es que el futuro no está hecho para los hombres. Todos hablamos de él, lo veneramos, ponemos nuestra vida en sus manos y lo único que nos devuelve es la polvareda que levantan los sueños mientras huyen. No es fácil descubrir que está formado por un montón de músculos injustos que disfrutan haciendo gimnasia frente a tu cara cada vez más perpleja. Y en eso estoy, sentada en un concesionario de coches, tratando de librarme de ese sociópata llamado futuro. Aún no sé muy bien por qué he tomado la decisión de venir precisamente aquí para tratar de acabar con él, quizás sea cierto que el corazón tiene razones que la razón no entiende. Pero aquí estoy, firmando un talón bancario por un montante de 97655 €. Sé que mis planes, a primera vista, no necesitan de un coche tan caro, pero la casualidad ha lanzado contra mí el futuro tal y cómo arrojaría un loco el primer objeto que consigue alcanzar sin calibrar el daño que lleva implícito su vuelo. Algunas personas se siente seguras instalando en sus casas sofisticados sistemas de seguridad, otras tratar de cortarle el paso al peligro mediante alambradas electrificadas, otras infringen las normas del reciclaje y pegan sobre sus tapias puntiagudos restos de antiguas botellas de cristal. Yo en cambio acabo de comprarme un cochazo. Hay exactitudes que parecen titánicas hasta que alguien del pasado pronuncia tu nombre o lo que es peor, lo escribe en ese recuadro vacío que ofrece una conocidísima red social y habilita para ti una resurrección para la que nunca estuviste preparada.

II. Maldecir a Newton por haber sido el primero de la clase

1.

Como era lógico he pasado la noche en blanco organizando mis próximos movimientos. Aunque planear algo desde la quietud que implica tener un cuerpo tan cerca del tuyo, por mucho que tu cama sea king size, suene a perogrullada. Íñigo sigue dormido, ajeno a todo lo que pasa por mi cabeza. La oscuridad vuelve inútiles a la mayoría de los cuerpos. Empiezo a moverme en cuanto el primer rayo de luz se cuela a través de la persiana, soy yo quien esta mañana comienza con las caricias. No es que me apetezca de manera especial una ración de sexo, no es nuestra costumbre hacerlo por la mañana, ni es que ahora mismo sea mi primera necesidad, pero Íñigo se merece una despedida tierna y yo necesito subirme a ese coche, en el que iré recogiendo una a una a cuatro de mis antiguas compañeras de clase, sabiendo que devuelvo a Íñigo al lugar en que debe estar. Este siglo XXI, exento de límites, que se ha propuesto remover mi memoria y devolverme todos los cuerpos de la adolescencia me ha traído una gran dosis de alegría pero también una gran dosis de dolor y de inseguridad. Íñigo no parece estar muy receptivo esta mañana. El primer beso me devuelve un frío inesperado. Sólo carne blanda contra la dureza de su hombro fibroso. Me da pena que no sepa que será nuestra última vez. Así que ni sexo, ni espejos, sólo agua y ese silencio ficticio que pugnará al mismo tiempo que el vapor por adueñarse de la habitación. Abro el grifo para sentirme a salvo, pero sin quererlo, logro el efecto contrario, un recital de suaves advertencias líquidas parecen afearme que haya accedido a emprender este viaje a priori innecesario. El agua no habla ningún idioma, pero su silencio permea, destruye y alimenta mi cabeza para que acabe respondiendo a todas la preguntas. Respondo a por qué he accedido a hacer este viaje. La respuesta es cruel, porque si no, no sería una respuesta. Las preguntas nos hacen sabios, las respuestas hombres vencidos. Y aún así respondo.
Necesito volver a estar intacta, olvidarme de que mi éxito no es más que un acompañante de lujo para ayudarme a disimular que después de la infancia nuestro cuerpo empieza a descomponerse.
El champú resbala por mi ojos y hace que deba mantenerlos cerrados, parece que los elementos maniobran a mi favor a pesar del tono infantil de mi respuesta. Sin embargo los buenas noticias no sobreviven durante mucho tiempo bajo el agua caliente. Íñigo acaba de entrar en el cuarto de baño. Sin saber el porqué aprieto de manera frenética la cabeza dosificadora del frasco de champú y antes de que descorra la mampara de baño ya tengo la cabeza de nuevo embadurnada de materia viscosa y los ojos desaparecidos bajo la espuma que ha provocado el incesante frotamiento del liquido sobre mi pelo. Me besa y mi boca corresponde al beso, algunas partes del cuerpo se afanan por volverse anárquicas cuando los ojos no las vigilan. Íñigo limpia los restos de espuma que aún quedan sobre mis ojos, hubiera preferido que no lo hiciera, después de un rato de oscuridad la verdad se vuelve fluorescente. Ahora es él quien cierra los ojos y yo quien abraza su cuerpo. Hacemos lo políticamente correcto, después de varios años de amor, mientras la carne nos da una master class en diplomacia.



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