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Lo que Shakespeare no te contó de la Guerra de las Rosas

Daniel Fernandez de Lis

La casa de Lancaster: Enrique IV y las dudas sobre su derecho al trono y la legitimación de la familia Beaufort

La coronación de Enrique IV supuso la subida al trono de los descendientes del tercer hijo de Eduardo III, Juan de Gante. Esta rama es conocida como casa de los Lancaster, aunque siguieron siendo parte de la dinastía de los Plantagenet como descendientes de Eduardo III.

Durante todo el reinado de Enrique IV, los descontentos con él utilizaron como argumento recurrente para expresar su oposición al rey tanto las inusuales condiciones en que se produjo su subida al trono, como las oscuras circunstancias de la muerte de su predecesor, Ricardo II. Los términos «usurpador» y «asesino» acompañaron en todo momento al nuevo monarca y los ojos de esos descontentos se volvían recurrentemente hacia los descendientes de los otros hijos de Eduardo III, especialmente los de su segundo hijo, Leonel de Amberes Duque de Clarence, que llevaban el apellido Mortimer. Argumentaban que dado que Ricardo II había muerto sin descendencia y se había extinguido la línea del primer hijo de Eduardo III, la corona debería haber pasado a la línea hereditaria de Leonel de Amberes, su segundo hijo y no a la de su tercer vástago Juan de Gante.

Un factor complicaba aún más las cosas: Juan de Gante tenía una amante llamada Katherine Swynford. De dicha unión habían nacido durante la década de 1370 cuatro hijos que adoptaron el apellido Beaufort (era el nombre de una de las posesiones continentales de su padre). El hecho de que los cuatro hubieran nacido de una relación extramatrimonial de un hombre casado hacía que estos descendientes ilegítimos no tuvieran derecho a heredar los títulos y propiedades familiares de su padre.

Cuando en 1394 falleció su esposa Constanza de Castilla, Juan decidió volver a casarse. Aunque podía haber optado por cualquier joven casadera de la realeza europea, decidió honrar a la que había sido durante tantos años su fiel compañera y amante, Katherine Swynford. La pareja contrajo matrimonio en Lincoln el 13 de enero de 1396. Juan de Gante solo tenía un heredero legítimo, Enrique Bolingbroke (el futuro Enrique IV) y decidió que era importante que este contara con el apoyo de sus hermanastros sin que estos se vieran lastrados por su estigma de bastardía.

La ilegitimidad de un hijo no solo le privaba de la posibilidad de heredar los títulos y propiedades de su padre, sino también de obtener un trato preferente en el supuesto de que optaran por hacer carrera dentro de la iglesia. Para solventar ambos obstáculos era preciso solicitar el reconocimiento de la legitimidad de los hijos nacidos antes del matrimonio por la ley civil y por la canónica.

Juan de Gante se dirigió tanto al Papa como al Parlamento inglés para lograr que los cuatro vástagos de su unión con Katherine Swynford fueran legitimados. El reconocimiento papal le fue concedido en septiembre de 1396. Y el del Parlamento en enero de 1397, cuando una ley declaró que el rey Ricardo II, en el ejercicio de su poder y con la ratificación del Parlamento, concedía a los hijos de Juan de Gante y Katherine Swynford la consideración de descendientes legítimos de su padre a todos los efectos. Esto incluía el derecho a acceder a «todos los honores, dignidades, preeminencias, propiedades, grados y oficios públicos y privados, tanto perpetuos como temporales, nobles y feudales, por cualquier nombre por el que sean designados, ya sea ducados, principados, condados, baronías u otros».

Como hemos apuntado más arriba, en 1399 había accedido al trono el primogénito de Juan de Gante y Blanca de Lancaster, Enrique IV, hermanastro de los Beaufort. Cuando en 1397 se planteó la cuestión de su legitimidad no parecía probable que los descendentes de Juan de Gante se encontrasen en la línea de sucesión al trono (Juan era el tercer hijo de Eduardo III). Sin embargo, cuando en 1399 Enrique IV usurpó el trono, sus hermanastros (ya legitimados) sí se encontraban mucho más cerca en esa línea sucesoria.

En 1407 el mayor de los Beaufort, John, por entonces conde de Somerset, solicitó que el Parlamento confirmase la legitimidad de su familia. Su solicitud fue aprobada, pero sobre el texto original se realizó una pequeña aunque muy significativa variación. Se les reconocía el acceso a "todos los honores, dignidades, excepto la dignidad real, preeminencias...».

El historiador Nathen Amin llama la atención sobre un aspecto importante: la resolución inicial de 1397 había sido aprobada por una ley ratificada por el Parlamento. Cualquier modificación sobre su contenido debería haber seguido el mismo trámite (bien mediante su derogación y su sustitución por una nueva ley, bien mediante una norma que modificase la anterior). Sin embargo, la adición de 1407, si bien fue sancionada por Enrique IV, no pasó por el trámite de la ratificación parlamentaria.

Para el citado autor, este matiz hace que la exclusión de la línea sucesoria de los Beaufort, no fuese válidamente establecida y que, por tanto, lo que debía prevalecer era la ley de 1397 donde se les reconocía el derecho a acceder a cualquier dignidad, incluida la real. Esto supondría, según Amin, que todos los descendientes de los Beaufort sí tendrían derecho al trono inglés.

Los planes de Margaret Beaufort frustrados por la muerte de Eduardo IV

Tras la derrota (aparentemente definitiva) de los Lancaster y la muerte de su esposo, Margaret Beaufort estaba en una posición más que delicada. Señalada partidaria de la casa perdedora, viuda de un hombre en el que Eduardo IV nunca confió del todo y, sobre todo, madre del que parecía emerger como nuevo banderín de enganche para los lancasterianos, necesitaba de un protector importante. Y lo encontró en la figura de Thomas Stanley.

Thomas Stanley era uno de los hombres más poderosos del reino, propietario de grandes territorios en el noroeste del país, cuyo apoyo, por los soldados que podía aportar, era clave para el monarca reinante. A pesar de que su familia era simpatizante de los yorkistas, Thomas había conseguido navegar en el proceloso periodo de la lucha dinástica sin ganarse la enemistad de ninguno de los bandos y sin participar en ninguna batalla.
Además se daba la circunstancia de que ostentaba un curioso y pomposo pero vacío cargo. Había heredado de su padre el título de rey de la isla de Mann. Se trataba de un reino creado en 1237, que hasta 1265 había sido vasallo del reino de Noruega, pero que en 1265 pasó a serlo del de Inglaterra. Llegó a ser independiente entre 1333 y 1399, pero desde hacía casi un siglo volvía a ser un dominio que dependía del rey de Inglaterra. El título había pertenecido a la familia Stanley desde 1405, aunque solo tenía de rey el nombre. Thomas no era soberano de ningún reino.

Con el enlace, Margaret conseguía colocarse bajo el paraguas de un hombre que gozaba del favor de Eduardo IV; Stanley, por su parte, conseguía emparentar con una rica terrateniente, con la familia real y con el prestigioso apellido Beaufort. Thomas, además, tenía ya varios hijos, por lo que no necesitaba que Margaret le diese un descendiente, pues para entonces parecía claro que su nueva esposa había quedado estéril tras el difícil parto de Enrique Tudor.

La situación pareció estabilizarse con Margaret y su esposo firmemente asentados entre la nobleza inglesa. Mientras tanto, Jasper y Enrique Tudor se encontraban en una complicada situación. El duque Francisco de Bretaña los mantenía como prisioneros, en buenas condiciones pero separados, sin permitirles abandonar el ducado, pero sin ceder inicialmente a las presiones de Eduardo IV para que le fueran entregados.

No obstante, en 1475, Eduardo solicitó el regreso de Enrique a Inglaterra alegando que quería casarlo con su hija Isabel. El duque de Bretaña decidió entregarlo a los embajadores ingleses, pero Enrique (al parecer advertido por su madre de que las intenciones del rey inglés no eran tan pacíficas como aparentaba) escapó de su compañía y se acogió a sagrado en St. Malo. Francisco de Bretaña decidió rescatarlo del asedio de los caballeros ingleses y asegurar su permanencia en el ducado, nuevamente como prisionero.

En los años siguientes, Margaret Beaufort inició una sorda pero constante tarea. Poco a poco fue ganándose la confianza de la pareja real (especialmente de la reina) y se le fueron concediendo honores, a la par que negociaba con Eduardo IV un perdón para su hijo que incluiría su matrimonio con la hija mayor del rey, Isabel de York. Las negociaciones estaban muy avanzadas, pero todo se vino abajo el 9 de abril de 1483 cuando Eduardo IV falleció.




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Lo que Shakespeare no te contó de la Guerra de las Rosas

La verdadera historia de la guerra de las Rosas, de Enrique VI, de Ricardo III y de Enrique Tudor.

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