Este texto es un fragmento de

Los olvidados de Fortuna

Pedro López Aurrekoetxea

Cayo Clamio desató a su caballo, lo llevó de la brida una corta distancia y volvió

con su destacamento donde se reunió con Lupo y Papio.

Algo no cuadra –dijo una vez desmontado y quitándose unas gotas de lluvia de la

nariz.

¿Qué es lo que no cuadra? –preguntó el decurión.

Se están disponiendo a acampar en una granja cercana, son unos treinta jinetes y

otros tantos infantes, hispanos todos.

¿Y cual es el problema? –preguntó el veterano velite.

Que estoy seguro de que el grupo era más numeroso, al menos cien hombres,

quizá más –dijo Clamio testarudo.

Puede que te equivocaras... – insitió Papio.

Si Clamio dice que eran cien, es que eran cien, así que nos faltan cuarenta, y

cuarenta pueden ser muchos –dijo Lupo seriamente mientras jugueteaba con una rama.


Los tres estaban pensando en lo mismo, ¿porqué no nos damos la vuelta y aquí no

ha pasado nada? Pero ninguno lo dijo y se impuso la profesionalidad.

Esto es lo que vamos a hacer... 

El decurión se agachó sobre el barro y empezó a dibujar un croquis con la rama mientras los otros atendían seriamente.

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Cayo Papio y sus casi cien velites se acercaron al casar agachados entres los

arbustos a unos sesenta pasos. Los caballos estaban en un cercado de la granja vigilados

por un par de hombres, Papio notó que seguían con las bridas y las mantas sobre las que

se montaba aún puestas. En otras circunstancias quizá no se habría fijado, pero la

insistencia de Clamio en que había gato encerrado le había puesto la mosca detrás de la

oreja y empezó a pensar que el pequeño jinete podía tener razón. Los hispanos estaban

dispersos, varios habían hecho una hoguera al refugio de lo que parecía un establo, otros

estaban tranquilamente en el pórtico de la casa y en el interior de la cual se veía también

algo de movimiento. Estaba todo tan tranquilo que ponía los pelos de punta. Pero tenía

que hacer su parte. Agarró firmemente el escudo y las jabalinas con la mano izquierda,

sopesó una en la derecha y sin decir nada echó a correr entre la lluvia hacia los

celtíberos.

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Lupo, desplegado con la mitad de los jinetes, un poco por detrás de los velites y a

su derecha, esperó su momento. La idea era que la infantería ligera disparase la trampa,

fuera cual fuera esta y, antes de que cayera sobre ellos, abortarla con la caballería. Para

ello, Lupo se había desplegado a la derecha con treinta de los soldados a caballo. Clamio

con los otros treinta había hecho lo propio por el otro flanco. Se había quitado la paenula y

notaba como el agua helada de la lluvia empezaba a colarse por el cogote, helándolo de

frío. Apretó los dientes y esperó. Los velites ya corrían hacia la granja.

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Papio corría con pasos rápidos y no muy largos, tratando de no hundirse

demasiado ni resbalarse en el fango al correr. Los hispanos, para haber sido pillados por

sorpresa, reaccionaron con extraordinaria rapidez, cogieron sus escudos y les salieron al

encuentro. Aún así, a unos treinta pasos lanzaron sus jabalinas e hirieron a varios,

comenzaron a retroceder tras un segundo lanzamiento y esperaron a que los celtíberos se

les echaran encima para lanzar a quemarropa y correr otra vez. Tras los infantes hispanos

se veía ya a los jinetes montando, y de esos no podrían escapar si no lo hacían ya. A

unos diez metros lanzaron contra los hispanos derribando a varios más, deberían quedar

unos veinte, no demasiados, pero aún así las órdenes eran claras, se dividieron en dos

grupos y echaron a correr a izquierda y a derecha.

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El grupo de velites que se replegó hacia la derecha fue el perseguido por los

jinetes. Si Lupo no intervenía, la carga los haría pedazos, así que sin necesidad de dar

órdenes clavó los talones en las ijadas de Impasible, que saltó hacia delante y sus

hombres le siguieron al encuentro de los hispanos.

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Cayo Clamio maldijo su suerte, ya se escuchaba el ruido del combate amortiguado

por la lluvia, pero en su aproximación por el flanco se habían topado con una pequeña

rambla imposible de cruzar a caballo y habían tenido que dar un rodeo. Ya se acercaban

desde un poco más hacia la izquierda de lo previsto, entre la espesura. Se detuvo para

dejar que el resto se reagruparan y entonces, a unos cincuenta pasos más adelante, vio

unas figuras que se alzaban, se despojaban de las capas con que se cubrían y echaban a

correr en silencio hacia la refriega.

Como me jode tener razón... –gruñó.

Miró a su alrededor y vio que veinte de sus hombres ya se habían alineado con él,

tendrían que se ser suficientes. Con una señal les indicó que le siguieran y puso su

caballo al trote en pos de los recién aparecidos, temeroso de que se tropezase y se

rompiera las patas o de que una rama baja lo derribara a él.

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Cayo Papio corría por su vida, si la caballería no aparecía a tiempo, confiaba en

llegar a la espesura y que, una vez allí, la mayor movilidad de los velites y su número

equilibrase el enfrentamiento con los guerreros celtíberos. Le quedaban dos jabalinas,

agarró una y se volvió hacia su derecha, justo en ese momento escuchó algo zumbar

junto a su oreja y agachó la cabeza. Un soldado a su lado fue derribado y quedó sentado

en el barro, intentó tocarse la mandíbula, pero ya no tenía. La lengua le colgaba entre

jirones de carne y sangre, intentó chillar pero solo le salió un gorgoteo mientras miraba a

Papio con los ojos desorbitados y se tocaba torpemente el amasijo de carne donde había

estado su boca. Algo impactó en su escudo, lo agujereó y casi lo derriba. Se volvió de

nuevo hacia el bosque y los vio, dos docenas de hombres con túnicas rayadas que

acribillaban a sus hombres con sus hondas. Puesto en la tesitura decidió que los

guerreros celtíberos eran una amenaza menor, lanzó la jabalina contra el más cercano,

que la paró con el escudo. Iba a lanzar la segunda cuando notó que algo le agarraba del

pie, el desgraciado al que le habían arrancado media cara le sujetaba con una mano,

suplicándole ayuda. No podía hacer nada por él así que se desasió, lanzó su última

jabalina al bulto hacia los guerreros que ya casi estaban encima suya, sacó su espada y

fue contra ellos.




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Pedro López Aurrekoetxea

Los olvidados de Fortuna

Cartago y Roma se enfrentan en esta novela histórica que recrea la II Guerra Púnica desde la mirada de los soldados anónimos de infantería.

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