Este texto es un fragmento de

Oficio de lance

Emili Piera

La noche de los tricornios

La destitución, muy acelerada, del primer president, Josep Lluís Albinyana, era parte del veto político a la autonomía valenciana en su versión más amplia. ETA se servía de la mayor libertad de movimientos, y del mejor surtido de las armerías, para matar más, tal vez para dejar claro que lo suyo no eran las libertades, sino los privilegios medievales al pil-pil. Había conjuras golpistas en los casinos militares y al Rey le cantaron el EuskoGudariak en el parlamento de Vitoria (me enteré en Providence, Rhode Island). Y para cuando Tejero tomó el Parlamento una tarde del 23 de febrero de 1981, yo estaba en la primera productora de vídeo que un grupo de temerarios habían montado en Valencia. De visita.

Al oír la noticia del asalto al Parlamento, me acerqué al Centro Regional de TVE en donde ya habían tomado posiciones el comandante Silla, en calidad de recadero, y un soldado o suboficial, no lo sé, no hice la mili, con el arma dispuesta. La Policía Nacional había tomado posiciones. Y se podía armar una muy gorda.
Charlaba con el comandante, mi compañero Toni Lara, que trataba de calmar los ánimos, incluso antes de que se exaltaran.

-Para cualquier cosa que se les ofrezca –le dije al comandante– tienen que hablar conmigo. En ausencia del director soy el trabajador de mayor categoría y representante sindical.

-Sindicalistas, no –dijo el oficial como quien recita una ordenanza.

El periodista Mateo Campuzano, señor aplomado y fino como un banderillero, era el encargado del informativo de Murcia que, aún entonces, se hacía desde Valencia. Al oír, en el televisor de Redacción, al teniente coronel Tejero proferir aquello de “¡Se sienten, coño!” dijo, sin inmutarse ni levantarse de la silla:

-Se ve que son gente de letras.

El director estaba en un entierro, es la verdad. Seguí un rato en la Casa. El bando de Milans del Bosch mostraba sus intenciones con total desnudez: línea castrense clásica. Los tanques en la calle, disipaban cualquier duda. Llamé a los antiguos camaradas: no, no tenían armas, ni aún para estos casos.

En medio de aquel desastre, había un detalle jocoso: los golpistas no podían usar la tele para emitir su proclama sediciosa porque Madrid tenía la llave de paso de las emisiones. Ahora, en cambio, un Tirano Banderas de regadío podría montar fácilmente un cantón golpista en Cartagena. O en Alboraia, centro mundial de la horchata.

Ninguna tarea razonable y sí mucho riesgo me aguardaban en la tele. Fui a casa, metí dinero en metálico, algo de ropa y un bastón extensible en una bolsa y me fui a casa de mis amigos Pilar López y José Vicente Aleixandre, mis compañeros del Avui (y pareja desde hacía unos años) a esperar una noche de cuchillos largos y una huida a todo gas.

El director del Diario de Valencia, J.J. Pérez Benlloch, se encontró en su despacho con el mismo tipo de interlocutores que yo en la tele: un oficial y dos soldados con Cetme. Sin instrucciones precisas sobre lo que podían hacer o no los redactores, aparte de insertar, obligatoriamente, el bando de Milans del Bosch. J.J. aún tuvo el cuajo de preguntar:

-¿En alguna página en especial?

Lo más llamativo es que en El País no se creían lo que J.J. les contaba: que las calles de Valencia estaban llenas de tanques. Si El País no lo sabía, es que no podía ser. Tampoco en la Zarzuela parecían dar crédito a los veteranos de diversos exilios –Doro Balaguer y Vicent Ventura– que contaban que los blindados seguían, con ostinatorigore, frente al Palacio del Temple, sede del Gobierno Civil, aún después de haber hablado el Rey:

-Pues de aquí no se han ido los tanques –sostenía Ventura, que era bastante empeñoso. 

Dijo el Rey en la tele, en mi tele, cosas que sonaban bien: después de todo, parece que no iba a haber una carnicería, lo que siempre es de agradecer.

Sí, fracasó el ajuste cruento, la gorilada pinochetista, pero el golpe, esa partida de ajedrez que el Estado jugó consigo mismo, con las piezas grandes y pequeñas marcadas, procurando, las grandes, caer de pie, como de costumbre, ese simulacro, había tenido éxito en su tarea principal: contener los afanes, cubrir el ejercicio de la libertad con la ceniza del miedo, construir una democracia vigilada, medrosa, de baja banda: como el U-matic con el que un grupo de pioneros tratábamos de montar la primera productora de vídeo de Valencia.

Luego se quejarán del fake que del 23-F hizo Jordi Èvole en la Sexta (Salvados), con Josep María Flotats de disparatado director artístico de la asonada, pero ya hace años que la realidad es tan sólo una categoría de la representación. Para bien, en según qué casos ¿Se imaginan un golpe protagonizado por franquista simbuidos de verdadero amor a la patria, teniendo en cuenta que su concepto de patria cabe en un kilobyte? Menos mal que el amor ya no es lo que era, que dijo Mendicutti. En todo caso mejor Flotats que Tejero o el Elefante blanco: tiene más recursos ficcionales.

Al día siguiente, en la manifestación unitaria en la que también participamos, como no podía ser de otro modo, los alegres chicos de la prensa, cuando nos disponíamos a celebrar el triunfo de las libertades (algo sobadas), algún cachondo organizó las cosas para colocarme junto a la subdirectora de Las Provincias, María Consuelo Reyna. Hay fotos. La entonces señorita Reyna ejercía de portavoz de todo tipo de pretendientes carlistas. De debeladora de las conspiraciones catalano-bolcheviques que trataban de beberse en porrón las esencias valencianas.

De los efluvios tóxicos de aquella noche, me curó otra velada, otro 23 de febrero, nueve años después, cuando nuestra gata Raspa parió cuatro gatitos, fuertes, sanos, insobornables: la vida se abría paso. Y no le pedía permiso al oficial de guardia.



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