Este texto es un fragmento de

Ruta al exilio

Antonio Trives

La decisión ya está tomada y su mente está puesta en Alemania, aunque su sentido común le hace ver las cosas con mucha cautela. Es consciente de que para alcanzar su objetivo es imprescindible llegar a Turquía, y eso no será nada fácil. Quiere llegar a Alemania junto a su familia para comenzar una nueva vida en un lugar seguro. En el país germano, lugar donde ansía llegar lo antes posible, vive su hermano mayor desde hace 30 años, el segundo desde hace 20 y el tercero llegó como refugiado hace dos. El trayecto va a ser largo, muy largo, tanto como peligroso. «La ruta es tan peligrosa que tienes que pensar cien veces para tomar la decisión de salir. Quizá mueres. Si el ejército del gobierno te coge, te mata, y si cometes cualquier error en el área del ISIS, te matarán también. La decisión es muy difícil, pero pienso que estando en Siria, estaría bajo la muerte todos los días. En la ruta puede que muera, pero tengo que intentarlo».

 Es 8 de enero de 2016, momento de partir. Kamal reúne a toda su familia: su madre, su mujer, cinco hijos y dos de sus hermanas con sus maridos e hijos. En total son 18 miembros. Desde el momento en el que ponen un pie fuera de casa, Kamal se pone en contacto con un traficante de personas. No todos los sirios que huyen lo hacen. Dependerá en la zona en la que residan. Algunos, incluso, no entran en contacto con los traficantes hasta que llegan a la frontera con Turquía, pero este ex bombero de 39 años no tiene opción. Están al sur del país y tienen que llegar hasta el norte, cruzando varias zonas de conflicto y áreas controladas por diferentes grupos armados que luchan entre sí.

 Su nivel de ingresos medio no le garantiza alcanzar la cuantía mínima para poder iniciar el viaje. Sus ahorros son insuficientes y por eso ha vendido todo lo que tiene. Pero no es suficiente. Necesita más, y uno de sus hermanos que reside en Alemania le ayuda económicamente. Todo este esfuerzo es para tener una oportunidad, nada garante, de llegar a un lugar seguro. Si todo sale mal, no tiene donde regresar. Desconoce cuánto dinero le va a hacer falta en total. Amigos que ya han hecho el viaje antes que él le orientan, pero los precios varían muy rápido; por eso, cada cierto tiempo, su hermano le enviará una cantidad de dinero. Tampoco quiere llevar todo el dinero encima porque ya le han avisado del alto riesgo de que le roben.

 La región en la que vive se encuentra bajo dominio gubernamental. El medio de transporte va a ser un vehículo conducido por uno de los traficantes. Es pequeño y en él suben los 18 miembros de la familia. El camino transcurre sin ningún percance hasta que miembros del ejército les ven y comienzan a perseguirles. El conductor, con pericia, acelera y empieza una persecución que les obliga a conducir a gran velocidad entre los campos y las granjas. Han conseguido despistar a los soldados y parece que el primer peligro ya ha pasado. Tras recorrer varios kilómetros más y alejarse de sus perseguidores, los traficantes detienen el vehículo en medio de un campo e inician una discusión entre ellos. Plantean dejarlos allí y abandonarlos. Kamal, horrorizado, escucha toda la conversación. No puede hacer nada, ni en su mano ni sus argumentos tienen la posibilidad de influirles y hacerles recapacitar. Respira cuando llega otro miembro de este grupo de traficantes y zanja la discusión en seco rechazando lo que sus compañeros discutían. Sin perder tiempo, les apresura a que retomen el viaje.

Ya están en la línea que separa su región de la siguiente, que está bajo dominio del ISIS. Una vez dentro, la primera exigencia y trámite que imponen a la familia de Kamal es registrar cada uno de los nombres. También preguntan por muchos detalles de su vida para tener la mayor cantidad de información posible. Todos quedan registrados, tanto los pequeños como los mayores. Una vez finalizado el registro y el interrogatorio, los propios miembros del ISIS les indican el camino que han de tomar. Parece que este escollo dentro del área bajo dominio del autodenominado Estado Islámico ha sido superado, pero cualquier aire de sosiego se desvanece con rapidez. Cada zona a la que llegan les dan el alto y obligados de nuevo a ser registrados y darles toda la información posible que exigen. Y en parte tiene su lógica: sería demasiado sofisticado un sistema informático para volcar toda la información y compartirla con el resto de grupos de su misma milicia para que en estos casos comprueben la identidad y quedar satisfechos de que ya han sido registrados por otros compañeros.

 En uno de los días del trayecto, siendo ya de noche, les obligan a detener el coche. A punta de pistola bajan a todos los miembros de la familia, niños incluidos, y son obligados a tumbarse boca abajo. Sin despegar el cañón de la pistola de sus cabezas les pregunta gritando quiénes eran. No era la única familia que viajaba en esta caravana de traficantes. En la anterior área, esperaron hasta que los traficantes reunieron a más familias para iniciar el viaje todos juntos. Quizá por ahorrar costes o puede que para levantar las menos sospechas posibles. Uno de los soldados –Kamal cree que es miembro del ISIS iraquí- se dirige a ellos. «Estoy recordando lo que me ha dicho mi jefe y es que si alguien habla, me ha dado órdenes para matarlo». Arranca con una batería de preguntas de todo tipo. Kamal, sin ningún tapujo se dirige a él y le responde: «Si me preguntas y no puedo hablar, cómo quieres que te responda, dime por favor, qué es entonces lo que debo hacer». Tras la inesperada respuesta el miliciano decide coger uno a uno para esta vez preguntar individualmente. Quién eres, de dónde vienes, a dónde vas. Kamal cree que la actitud y el tipo de interrogatorio se debe a que quieren impedir que nadie abandone su área y menos el país. Esta postura es completamente contradictoria porque, al mismo tiempo que tienen como premisa poner las trabas posibles para que nadie salga, son quienes facilitan el coche o autobús para continuar el viaje hacia el norte.

 La familia de Kamal inicia su siguiente tramo hacia la zona de Alepo, al norte del país. En esta ocasión en un vehículo en el que el conductor y quienes le acompañan son miembros del ISIS. Para iniciar este tramo el ex bombero ha tenido que poner por delante el pago a los traficantes, algo que exigen quienes trafican con personas. Varían las cantidades pero a ellos les han pedido algo más de 300 euros por toda la familia.



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