Este texto es un fragmento de

Una mujer de Prahova

José L. Riopedre y Dana Radu

Ploieşti

Nací el 20 de julio de 1971 en la periferia de la ciudad de Ploieşti. Ciprian, mi padre era de buena familia, el problema es que también era alcohólico. En la familia de mi padre había un veterinario, un médico y varios policías, pero mi padre arruinó todo por culpa del alcohol. Cornelia, mi madre, en cambio, era de familia humilde, de esas muchas familias rumanas que subsisten día a día… Fuimos cuatro hermanos, los dos varones fallecieron, y quedamos dos mujeres, yo soy la mayor. Mi hermano Costică, que era un año menor que yo, murió a los siete años de edad. No recuerdo bien cómo fue, de lo que sí me acuerdo es que todo comenzó cuando le pusieron una vacuna. Era entonces la época de Ceauşescu. Nos vacunaron a todos en el colegio y yo también había tenido problemas por la vacuna. Pero, a mi hermano lo tuvieron que llevar al hospital y acabó muriendo allí. Mi otro hermano, Eugen, murió antes de cumplir un año a causa de una infección intestinal. Mi padre hoy también está muerto, a él se lo llevó el alcohol con cáncer y mucho dolor.

Vivíamos al lado de la Refinería 1. De hecho, mi padre trabajó en la fábrica como soldador. Entonces nuestra calle no estaba asfaltada y lo peor era cuando llovía pues todo se llenaba de barro. Todas las casas tenían un pequeño cierre de madera. Todo era de color gris. Recuerdo que era una casa pequeña con dos habitaciones y una cocina de leña. A veces mi padre traía pedazos de carbón de la fábrica. Mientras, yo salía a buscar leña con mis hermanos por los alrededores de la estación de tren. Allí en invierno hacía un frío horroroso, porque muchas veces no conseguíamos leña suficiente para calentarnos. Los meses de enero eran siempre los peores, hacía tanto frío que cuando salías a la calle podías sentir como el aire te cortaba la cara. Ahora ya no hace tanto frío, debe de ser un poco por el cambio climático.

Nuestros vecinos más próximos eran una familia de gitanos de Moldavia, madre, padre y siete hijos. Una de las niñas venía conmigo a la escuela. Recuerdo que había también otra familia, campesinos de Valea Cucului, y que eran buenos amigos nuestros. Mantuvimos la relación hasta el momento en que nos venimos para España. El resto de los vecinos eran familias de gitanos que se dedicaban a vender pipas, utensilios de cocina, etc. Me acuerdo de la gitana Valeria, una anciana enjuta y de cabello blanco, que siempre vestía de negro. Valeria salía a la calle a vender porumb fiert (maíz cocido), sandías, dulces, etc. Nosotros le comprábamos algunas veces. Nada más verla ya se me hacía la boca agua, pero Valeria tenía un palo largo para defenderse de los niños. A mí ya me tiene pegado unas cuantas veces con el maldito palo… No sé cómo hacía, pero ni te enterabas y ya te estaba dando con el palo. Durante toda mi infancia no creo que haya probado la sandía más de unas cinco veces.

Nosotros nunca tuvimos problemas con los gitanos. Solo años más tarde cuando a mi padre lo echaron de la fábrica por culpa de su afición a la bebida, recuerdo que tuvo problemas con un gitano que era vendedor ambulante. El gitano, que se llamaba Răzvan, tenía la “rueda de la suerte” y por aquella época contrató a mi padre. Marchaban juntos por los pueblos con la famosa “rueda”, hasta que un día durante una fiesta mi padre se emborrachó y se escapó con todo el dinero de la recaudación. A partir de ese momento aquello fue como una revolución…, todos los gitanos armados de palos  gritando y amenazando llegaron hasta la misma puerta de nuestra casa. En aquel instante  pensaba que íbamos a morir. Los gitanos entraron en casa y al ver que mi padre no estaba, nos dejaron al fin en paz y se marcharon por donde habían venido. Mientras, mi padre huyó a Constanţa. Yo tenía entonces unos ocho años. Ciprian  encontró trabajo de soldador en el puerto y no regresó a casa hasta al cabo de dos años.

Cuando el gitano Răzvan regresó al barrio estaba muy enojado con nosotros. Un día entró en casa, cerró la puerta tras él e intentó violar a mi madre. Tiempo más tarde mi madre me comentaría que Răzvan pretendía violarnos a las dos, pero yo no me acuerdo de nada de eso. A mi madre la salvó Doru, el propio hijo de Răzvan, que venía detrás de él, y que apenas llegó consiguió sacarlo fuera, entre amenazas.

Mi padre siempre nos hizo la vida muy difícil. Nunca he podido entender cómo mi madre no lo dejó, ni porqué seguía con él. Todos los días salía de la fábrica y se marchaba a beber con los amigos. Llegaba a casa ya de noche. Recuerdo que nosotras estábamos en la cama durmiendo y nos despertaban los gritos. Siempre maltrataba a mi madre, la insultaba y muchas veces cuando llegaba a casa luego nos echaba a todas a la calle. Era como si se bebiera el cerebro. Otras veces mi madre salía corriendo y nosotras nos quedábamos allí solas con él. Le teníamos miedo y nos quedábamos paralizadas, por eso en ocasiones no conseguíamos seguir a mi madre cuando ella escapaba.

Pasamos mucha hambre en aquella época. Mi madre no tenía apenas nada que cocinar. Nuestra comida consistía en repollo, patatas, alubias y algo de pan negro cuando había. Como tenía tanta hambre, yo me comía la comida de mi hermana, le cogía el biberón. Un día mi madre me sorprendió tomándole el biberón a mi hermana y entonces me dio una paliza que me dejó sin aliento. Pero, mi padre era mucho peor. En una ocasión él me pegó con una cadena porque yo no quería ir a la escuela. Aquel día había una fiesta y yo aproveché para robar algo de comida. Entonces mi padre me vio y me dio una paliza. Solo dejó de golpearme con la cadena cuando vinieron unos vecinos en mi ayuda y lo contuvieron entre varios.

Aún era una niña cuando le pregunté a mi madre que porqué éramos tan pobres, y ella me contestó que todo era por culpa de mi padre, que se gastaba todo el dinero en bebida, y a causa de ello arrastraba un montón de deudas. En Rumanía siempre ha habido gente que sabe aprovecharse de los borrachos y que les prestan dinero con intereses muy altos para así endeudarlos. Y en esas andaba mi padre.

Cuando empezaron a salir juntos, mi madre no sabía muy bien cómo comportarse, sobre todo al principio, porque mi padre venía de buena familia. Todo esto, claro, me lo ha contado ella. Pero, mi padre fue obstinado, dijo que la quería y que no le importaba que mi madre fuese pobre. Como en aquella época mis tíos tenían un piso en el centro de Ploieşti que estaba vacío, les dejaron vivir allí durante un tiempo. El problema de mi padre con la bebida ya venía de antes de casarse, a mi madre no debió importarle mucho entonces. Hasta que empezó a pegarle. La primera vez que le pegó, según cuenta ella, fue en la boda de su amigo Remus, porque allí mi padre se puso muy celoso, bebió mucho y luego montó un escándalo. Si no se lo quitan de encima, la mata allí mismo delante de todo el mundo. Luego mi madre se marchó a casa y mi padre la siguió. Como era invierno, el río estaba helado y al intentar cruzarlo él resbaló, cayó al suelo y a continuación se quedó allí mismo dormido. En mi país hay un refrán que dice que mala hierba nunca muere… Casi se congela, pero al final sobrevivió. No recordaba nada de lo que había ocurrido el día anterior. Sin embargo, al cabo de unos días le volvió a pegar.



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José L. Riopedre y Dana Radu

Una mujer de Prahova

Un trabajo científico de carácter sociológico basado en la historia de vida de una migrante rumana

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