Este texto es un fragmento de

Venganza

Jorge Urreta

DESTINO INCIERTO



—Señores pasajeros, les habla el capitán —dijo una fría voz cuando el avión llevaba ya cuatro horas en el aire y casi todo el mundo se había relajado, algunos incluso dormido—. Nos estamos acercando a una pequeña tormenta que en los últimos minutos ha variado su rumbo. Eso nos obligará a elevarnos unos cuantos metros para evitarla, pero por su propia seguridad y para evitar problemas, les rogamos que permanezcan en sus asientos y se abrochen de nuevo los cinturones de seguridad. Gracias.



César formaba parte del grupo de los dormidos y tuvo que recibir la explicación de manos de una azafata acelerada, lo cual no fue de gran ayuda a la hora de mantener la calma entre los pasajeros; lo que la medida tranquilidad de la voz del piloto había logrado lo deshicieron los asistentes de vuelo en unos pocos segundos.



César tuvo el tiempo justo para abrocharse el cinturón antes de la primera sacudida. Si, como el piloto había dicho, la tempestad había cambiado de dirección de forma repentina, debía de ser la «tormenta perfecta» de George Clooney, porque no parecía posible que una tormenta recién detectada pudiera alcanzar el avión en tan poco tiempo.



La segunda sacudida tardó un poco más, como si aquel avión fuera una primípara con contracciones previas al alumbramiento. Por desgracia para los pasajeros y la tripulación de aquel vuelo, la nave estaba de verdad de parto e iba a expulsar una gran camada al exterior, de más de cien retoños. Como si del parto múltiple de un animal se tratara, la clave parecía estar en cuántos de esos «retoños» lograrían sobrevivir al alumbramiento de mamá.



Las sacudidas se fueron sucediendo con más o menos fuerza hasta que una de ellas logró que un motor se parase. El avión pareció comenzar a perder altura, pero el piloto y el copiloto lograron estabilizarlo. Deberían confiar en la suerte y en que bajo esa tormenta no hubiera tráfico aéreo. En el último momento se habían visto obligados a atravesar la borrasca, por lo mucho que cambiaba, y empezaban a temer que no hubiera sido buena idea.



La tormenta no era grande, sino «apocalíptica», como algún exagerado publicaría meses después en un periódico de máxima tirada. La gran cantidad y densidad de las nubes obligaron al piloto a descender muy por debajo de la altura normal de vuelo, aunque todavía muy por encima del suelo, océano en ese caso. Por las lecturas y por sus propios ojos, antes de verse de lleno dentro de la tormenta se encontraban en algún punto por encima del océano Atlántico. Tal vez se hubieran desviado ligeramente del rumbo previsto, pero no les preocupaba mucho eso. Más les preocupaba estar demasiado lejos del aeropuerto más cercano, y ese pensamiento es especialmente agobiante cuando tu avión se halla sobre millones y millones de litros de agua salada. Una cosa son los manuales, lecciones y simulaciones sobre amerizajes, y otra muy distinta pensar que tal vez tengas que realizar uno.



No tuvieron que pensar mucho en el amerizaje, sobre todo desde que perdieron el segundo motor y, para más inri, nada más salir de la tormenta.



Viajar más bajo debía, en principio, permitirles evitar la mayor parte del tráfico aéreo excepto, tal vez, alguna avioneta o avión particular, pero también implicaba la posibilidad de exponerse a otros ocupantes de ese espacio; en ese caso concreto, una bandada de pájaros en plena migración. Fue suficiente con que una media docena de pájaros se introdujeran en los dos últimos motores sanos para que estos fallaran sin remisión. El resto del avión recibió el impacto de unos cuantos pájaros más, pero eso era bastante poco relevante cuando ya empezaba un inevitable descenso en barrena.



Pero ese no fue el final de las desgracias. En la cabina, una azafata que se había confiado y se había soltado el cinturón de seguridad al ver que salían de la tormenta, provocó el caos. Antes de la tormenta, se había acercado a la cabina con una humeante jarra de café, que fue la causa del comienzo del fin.



La última gran sacudida dio con la azafata caída sobre el copiloto, quedando ambos inconscientes por el golpe. La en principio apetecible jarra de café se encargó de dejar fuera de combate al piloto al abandonar las manos de la mujer, que cruzó la cabina volando. La azafata, abrumada y desplazándose ella también por el aire al mismo tiempo, fue incapaz de advertir a los dos tripulantes. El piloto fue el primero en notar algo, cuando un chorro de humeante café le quemó la nuca y parte de la espalda, pero no tuvo opción de reaccionar. En cuanto se giró para ver qué sucedía, recibió un impacto directo en su cara, lo que acabó con él inconsciente sobre su panel de mandos.



La azafata también continuó avanzando hacia delante sin poder controlarlo y provocó el estado de inconsciencia del copiloto en cuanto sus cabezas chocaron de forma muy violenta. El copiloto cayó a plomo sobre el cuadro de mandos de una manera muy similar a la de su compañero, mientras que el cuerpo de la azafata fue hacia atrás por la inercia del impacto, tras lo cual trastabilló y acabó junto a la puerta.



En ese momento, el descenso en picado de aquel avión fue un hecho innegable y nadie podría ya evitarlo. Con el pánico extendiéndose entre los pasajeros, el único suficientemente decidido fue un fornido asistente de vuelo, que trató de acceder a la cabina en cuanto se hizo patente que los pilotos habían perdido el control. No pudo entrar, pero lo que él desconocía era que lo que se lo impedía no era ni más ni menos que una desafortunada mujer que yacía en el suelo. Después, una nueva sacudida hizo al asistente golpearse la cabeza con una de las paredes del avión, con lo que el último y mínimo atisbo de poder recuperar el control de aquella nave, aunque solo fuera para hacerla planear durante sus últimos metros e intentar el amerizaje, se esfumó. Un destino incierto, agua o tierra, esperaba a las casi ciento treinta almas que volaban en aquel IB387 de Iberia a Nueva York.




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