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Viaje a Términus

Míguel Ángel Gracia Santos

Teruel, año 2040 (podría ser el 2050).  La provincia tiene la misma población que en 2016.  La tecnología y la innovación se han incorporado en todas las facetas de la vida: drones controlan el ganado, los robots realizan sacas de madera y preparan la biomasa que luego se quema en district heatings, las casas de la gente mayor están domotizadas, los mayores -muchos de ellos centenarios- disponen de chips que controlan sus constantes y previenen sus afecciones en tiempo real, los coches sin conductor circulan por las carreteras, y el transporte de personas y mercancías está optimizado a través de apps; las viviendas están dotadas de energía solar y microeólica. 

En los polígonos, las empresas trabajan y patentan productos orientados al cuidado de los mayores y a la automatización de trabajos en el monte; cuando hace falta, imprimen la herramienta que necesiten con una impresora 3D.   Muchas empresas se financian a través de business angels, gente de la provincia que emigró a Barcelona o Zaragoza, y ha encontrado el modo de canalizar su ahorro hacia actividades creativas que generan empleo y riqueza en sus tierras de origen.  Casi todas las instalaciones de Motorland han cerrado, y sólo se mantiene un pequeño circuito para pruebas de vehículos eléctricos y de hidrógeno. 

Hace ya años que la central térmica de Andorra cerró.  Los turistas pueden visitar sus instalaciones y el museo creado al efecto, y subir en el ascensor panorámico por la chimenea de 343 metros. 
La PAC ha desaparecido.  Zonas que se cultivaban al albur de las ayudas están reconvirtiéndose en estepas o bosques.  En otras zonas, los agricultores y ganaderos han tenido que unirse y reforzar su vertiente comercializadora para poder vender sus productos.  El cambio climático está forzando una adaptación de los cultivos.  El ganado ovino pervive; la quinoa o el almendro en altitud se han desarrollado.

Cada vez hay menos setas, las inversiones de regadío en truficultura han fracasado, plagas de insectos africanos sobrevuelan las vegas de los ríos y los regadíos de Valmuel y Puigmoreno.  La almendra se ha convertido en un producto de lujo.  La producción intensiva de porcino se ha reconvertido a una producción extensiva que convive con el ovino y, en algunos lugares, con el vacuno; el jamón de Teruel ha alcanzado una cota de excelencia comparable al Ibérico, fruto de esta reconciliación con la naturaleza, pero ha reducido enormemente su producción y las empresas y empleos asociados.  La contaminación por nitritos ha dejado de ser un problema, pero el agua sigue siendo un bien escaso.  En este contexto, Coca-Cola y otras grandes empresas se han hecho propietarias de los principales acuíferos de la provincia.  Existe una lucha por el agua, y un conflicto por saber quién cobra los servicios ecosistémicos. 

Los turistas acuden a observar la fauna salvaje, o a colaborar en trabajos agropecuarios y forestales en fincas orientadas a la producción sostenible y la biodiversidad. Ayudados por videos de realidad virtual reproducidos en sus smartphones de octava generación, pueden ver cómo los poblados ibéricos, o cómo se trabajaba en las minas de Aliaga, o cómo era el paisaje de los dinosaurios.

El comercio tiene lugar exclusivamente por vía telemática o electrónica; nadie lleva dinero en el bolsillo.  Se usa el “amante”, la moneda local. Muchas mujeres tienen sus propios negocios.  Una mayoría gobiernan los municipios y los consejos comarcales, que en nada se parecen a los de principios de siglo.  Los niños acuden a la escuela, sujetos a una programación y un profesorado estables en el tiempo.

Mucho ha cambiado en este Teruel, al Teruel de finales del siglo XX y de principios del XXI, cuando todo apuntaba hacia una despoblación cada vez mayor, al vaciamiento de pueblos, y al aumento de la brecha con el resto del país. La tendencia no se ha revertido, pero sí se ha desacelerado.   Tras el cambio de gobierno acaecido en España hacia 2030, el mismo había decidido ubicar en Teruel un experimento social a gran escala: la reconversión de un territorio abandonado de la España vacía, en un foco de innovación y desarrollo respetuoso con la naturaleza. Y para ello, planificó una emigración de cerebros: lanzó una convocatoria, a todas las Universidades españolas y también extranjeras, para captar ingenieros, maestros, médicos, informáticos, agrónomos, veterinarios, economistas...Teruel tenía que llenarse de gente altamente cualificada y, en colaboración con la gente de allí, construir un nuevo modelo. También llegaron sociólogos, hubo talleres de participación, no faltaron las discusiones, estuvo a punto de romperse la cuerda; ¿quiénes eran éstos que venían al pueblo, y pretendían redimirnos? ¿Quién les había llamado? Pero el modelo tenía que funcionar.  Y quienes acudían lo hacían en busca de un porvenir que se les hacía esquivo en la ciudad, donde ya nada les ataba.

A pesar de ello, el número de núcleos habitados se ha reducido.  Apenas 200 núcleos siguen habitados.  El resto, han sido abandonados definitivamente, junto con las pertenencias, su banda ancha y su carretera.  Las zarzas se enseñorean.  Es difícil adivinar las calles de muchos pueblos.
Horacio García, analista del Ministerio X, recibe el encargo de revisar el experimento 10 años después. 

Viajará por todo el territorio, se entrevistará con unos y con otros, paseará, y sacará conclusiones. 




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