Este texto es un fragmento de

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Alejandro Moreno Sánchez

Pasé junto a un quiosco que tenía una pila de periódicos amontonados en la puerta. Cogí uno y me fijé en la fecha: 8 de Septiembre de 1997. Leí algunos titulares: «Calcuta llora a la madre Teresa». «La respuesta popular contra ETA vuelve a sorprender a los partidos». «El R. Madrid gana 0-2 al Salamanca». Aquello no podía ser un sueño, era imposible que yo retuviera tanta información, tan precisa y detallada. En los sueños nunca conseguía ver los detalles o leer los textos, al igual que nunca había podido abrir ningún cajón. Pasé algunas páginas y me quedé de piedra al ver una noticia de la sección internacional: el entierro de Lady Di había sido dos días atrás, el domingo día seis. Recordaba perfectamente haber leído el día anterior mientras desayunaba que se habían cumplido veinte años de su muerte. Aquello era increíble. Seguí pasando páginas y llegué hasta el horóscopo. El día para mi signo, Virgo, decía: «Hoy lunes, se presentan ante ti múltiples posibilidades. Vas a deber estudiarlas todas bien y, conforme tu poder de resolución o Libre Arbitrio, decidir aquello que encaje en tu vida. Sabes que eres el único responsable de tu vida y de tu destino, con lo que no culpes entonces a absolutamente nadie de tu elección, aunque esta sea errada...». Y ahí dejé de leer. Nunca había creído en la astrología, pero por primera vez, le vi sentido a lo que me contaban esas líneas y estaba dispuesto a seguir sus consejos. Aquello era demasiada casualidad, demasiado conectado con mi situación actual y quizás por una vez, tenía que hacerle caso.

—Eh, chaval —dijo el quiosquero desde el interior—, esto no es una biblioteca. Si quieres leer el periódico, lo compras, y si no, ya lo estás dejando en su sitio.
—Perdón —le dije mientras lo cerraba y lo dejaba encima de los demás—, solo estaba viendo los resultados del fútbol. Ya lo dejo. Lo siento.
—¿Lo siento? ¿Y ahora quién me va a comprar un periódico usado?
—Ya le he dicho que lo siento. Quería ver cómo había quedado el Atleti, no es para ponerse así. Está igual que como lo cogí.
—Anda y tira para la escuela —exclamó en tono amenazante mientras venía hacia mí—, que es donde tendrías que estar.
—Tranquilo, jefe —le dije una vez lo tuve frente a mí, plantándole cara—, que le va a dar un ataque por un puto periódico.
Me di la vuelta y seguí mi camino dejándole despotricando sobre mi conducta y los malos modales de la juventud de hoy en día. Era la segunda vez en poco más de una hora que sacaba a un adulto de sus casillas. Al parecer me había metido muy bien en mi papel de adolescente.

Llegué a la esquina del parque que estaba antes de llegar al instituto y me detuve justo en la entrada. Dudé en si debía rodearlo —tomando la ruta larga— o atajar por el camino que cruzaba el parque por el interior. No quería llegar demasiado pronto.
Fue entonces cuando escuché a alguien gritar a mis espaldas. Me di la vuelta para ver quién era.
—¡Adri, Adri, espera! —gritaba un chico moreno mientras venía corriendo hacia mí. Los michelines se le movían debajo de la camiseta al compás de sus pasos.
Miré en todas direcciones y no vi a nadie cerca, por lo que supuse que era a mí a quién se dirigía. Llegó a mi altura, se detuvo jadeando y se inclinó apoyándose con las manos en las rodillas mientras recuperaba el aliento. Tras unos segundos, con la cara roja y la frente llena de sudor, se incorporó.
—Llevo... un bueno rato... llamándote...—Hizo una pausa más larga y tomó aire. Las marcas de sudor en la camiseta se dejaban ver a través de las axilas. Llevaba unos auriculares al cuello que estaban conectados con un cable al discman que tenía enganchado de la cintura—. ¿No quedamos ayer en que pasaba a buscarte? Te he tocado el timbre y tu madre me ha dicho que ya te habías ido.
—Lo siento —dije dubitativo—, se me ha olvidado. Ya sabes, con la emoción de empezar el instituto...
—¿Emoción? —Observó un momento el discman y apretó el botón de pausa—. Tú lo que querías era ver a Silvia.
—¿A Silvia...? —dije mientras intentaba hacer memoria—. Qué va tío. De verdad que se me había olvidado que habíamos quedado. Estaba pensando en mis cosas, solo eso —Entonces me acordé que Silvia fue una chica que había conocido aquel verano y con la que estuve saliendo unos meses, hasta poco después de Navidad. Era un año más joven que yo, aunque muy espabilada para su edad y para mí en aquella época.
—¿Y qué tal el ampli nuevo? —preguntó—. ¿Le diste caña anoche o qué?
—¿El ampli? —Me rasqué la cabeza pensado qué decir—. Sí, sí, estuve hasta las tantas. Una pasada, la verdad.



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