El día que dejamos de creer en los ángeles

Un libro de Mariano Estela Aldana con el apoyo de 63 mecenas


  • Un pequeño GRAN adelanto para mis mecenas y todo aquel que se anime a apoyarme :)

    Actualización #2  · miércoles, 10 de junio

    Hola de nuevo, amigos y mecenas 

    Comparto con todos ustedes un pequeño adelanto de la obra. Espero que les guste: es tan solo el abre bocas de la novela: EL DÍA QUE DEJAMOS DE CREER EN LOS ÁNGELES 


    . . .    . . .    . . . 


    PRÓLOGO

    La punta del ala pasó a escasos centímetros de la copa del árbol. Era el más alto de los siete pinos que se disputaban la cúspide. Los demás se apilaban cuesta abajo, hacia la ladera, donde se evidenciaba el dominio de los eucaliptos que circundaban la montaña, y los grandes jirones de niebla que se entreveraban con las ramas y la corteza de los árboles, como si se tratasen de enormes serpientes albinas reptando sigilosas en busca de alguna manada desprevenida de bisontes en celo.

    El ave graznó con fuerza y continuó su vuelo hacia el valle mientras trataba de ubicar al resto de la bandada. No había pasado ni un minuto cuando la localizó medio kilómetro más al norte. Se trataba de un grupo grande: unas cuatro docenas de gallinazos que giraban en torno a las instalaciones de un antiguo colegio salesiano, en una especie de danza macabra de espectros alados.

    El gallinazo se unió a sus hermanos dejándose arrastrar por las corrientes de aire caliente que le inflaban las alas sin que apenas tuviera que mover una pluma. Sus ojos, pequeños y vivaces, escudriñaron el patio que se veía más abajo: un rectángulo grande de cemento lleno de arbustos y rosales, algunas islas de césped, varias bancas de madera y un par de fuentes sin agua.

    Algo se activó dentro del ave impulsándola a avivar su fuero interno con la llama de la rebeldía; algo que siempre la había caracterizado —desde que era un polluelo de zopilote— y que la impulsaba a ir donde su pico le indicara. Era un ave impertinente, siempre en contra de lo establecido por los demás gallinazos, sobre todo de los más viejos, aunque, reconocer los jóvenes de los viejos no era fácil: parecían un ejército de clones negros de cabezas calvas, con un trozo de piel que les colgada desde la nuca hasta el pescuezo: un pellejo grueso, feo y arrugado, como la trompa de un elefante.

    Después de pegar un graznido corto y chirriante el ave descendió hasta ubicarse unos metros más abajo. Un intenso olor a sangre y putrefacción comenzó a embriagar sus sentidos. Volvió a graznar mientras acortaba los giros. El patio se hizo más amplio y el olor más penetrante y, como siempre, la impaciencia se afincó por encima de sus instintos; quería descontar metros, seguir bajando, y otro poco, y un poco más para adelantarse a todos y acaparar los restos. Pasó saliva de solo imaginarlo. El hambre le atenazaba las entrañas: llevaba seis días sin probar bocado. Lo último que le había metido al buche fueron los restos de un cachorro de zorro del que solo quedaban la piel y la cabeza.

    El gallinazo decidió que ya estaba bueno de tantas vueltas y más vueltas, en esa especie de danza carroñera que se había inventado su especie. Graznó de nuevo y descendió otro poco, hasta que accedió al último grupo de aves que giraban sin parar, donde estaban los viejos; los que en teoría, tendrían mayor prioridad durante el festín… aunque, había algo que le punzaba en la cresta: ¿Por qué no bajaban?

    A tan poca altura, el buqué a sangre y muerte se hizo irresistible; era tan fuerte el olor que las tripas le dolieron como si se hubiera zampado un clavo al rojo vivo. Sin dudarlo se acercó hasta rozar la cola del que se lo tomaba con más calma. Desesperado, le graznó en la nuca con la impertinencia de la juventud, y sin que le importara un pedo de lombriz lo que pensaran de él se lanzó hacía los tejados. Un furioso coro de graznidos y reclamos se escuchó por encima de su cresta, pero... para lo que le importaba.

    No había terminado de decolar por encima de las primeras tejas de barro cuando sintió que algo no andaba bien; había atravesado una especie de barrera o membrana invisible. De inmediato, una sensación de frío intenso se apoderó de su cuerpo y las alas, petrificándolo en el aire. El cuerpo del gallinazo se torció y cayó sin control, como un amasijo de ropa vieja que hubieran lanzado desde alguna azotea. Se estrelló contra el tejado, con fuerza, resquebrajando varias tejas, pero continuó hacia abajo, hacia el borde, mientras sentía que su cabeza vibraba, y se sacudía, y se embotaba; como aquella vez… ¿cuándo fue?... no lo podía recordar… Como tampoco lograba que sus garras se afianzaran, a lo que fuera, porque seguía patinando sobre las tejas.

    Y de repente se acordó… sí, fue esa vez, y no otra, cuando se atiborró hasta más no poder con los restos de aquel hombre de cara chupada y ojos hundidos; el que había encontrado sobre unos cartones en una bodega abandonada, con una banda de caucho atada al brazo y un pequeño tubo de plástico clavado un poco más abajo. Mientras intentaba rememorar lo que había sentido, esa vez, su cuerpo se deslizó un par de metros más abajo hasta que por fin se detuvo junto al borde. Su cabeza se descolgó sobre la canaleta de aguas lluvias mientras trataba de pescar algo de oxígeno. Jadeaba y lo volvía a intentar, pero sus pulmones se inflaban muy poco, como si fueran de otra talla… Y entonces, se acordó de lo que se le hacía tan similar de esa extraña sensación que lo invadía… Sí, era eso. Y no era el amargo escozor que se le había incrustado, esa vez, en el gaznate… No... Era el hecho de sentir que el pico y la lengua ya no le pertenecían; al igual que su cabeza… Dos segundos después el cerebro desistió de cavilar y entró en pausa, al tiempo que sus membranas nictitantes y los párpados se cerraban.

    Cuando por fin recobró la conciencia, el gallinazo sintió que hasta la más insignificante de sus plumas le dolía y no se quiso mover —le hubiera gustado quedarse ahí para siempre—… pero luego de un rato el instinto se volvió a activar. El ave abrió los ojos y pudo notar que el sol se había vuelto fácil de mirar; se había desplazado hacia el oeste donde se había convertido en un inmenso ojo amarillo. La oscuridad pronto llegaría.

    Con gran esfuerzo levantó la mirada hacia el cielo en busca de alguna explicación. Por encima de su cabeza aún se veía a la bandada, aunque ya no eran tantos. El ave emitió un leve quejido en busca de una explicación, pero solo pudo obtener uno que otro graznido de burla. Tras unos segundos de respirar profundo —y de sacudir con fuerza el ego lastimado— su cuerpo comenzó a reactivarse, al tiempo que su instinto retomaba el control de las acciones.

    El ave se levantó. Las garras se afirmaron sobre el tejado mientras intentaba mover las alas para desentumecerse. Como si no hubiera ocurrido nada, o si ya no le importara, su pequeño cerebro se desentendió de lo que había sucedido: no era un gallinazo que viviera en el pasado o se llenara de rencores. Sus ojos parpadearon y los sentidos se enfocaron en la búsqueda de lo que olía a muerte y putrefacción. Desde el sitio donde se encontraba el hedor se sentía fuerte, más que ningún otro que hubiera percibido antes; era obvio que no se trataba de un perro viejo o una camada de gatos. Lo que se estuviera pudriendo en ese sitio era más que suficiente para todos; pero no se los iba a decir:
    «Que se jodan» —graznó.

    Abrió sus alas y tomó aire. El dulce aroma de la carne podrida le inundó las fosas nasales, apoderándose de su voluntad como un canto de sirena… y sin importarle nada más en la vida, el gallinazo arqueó el espinazo y tomó impulso…

    No había alcanzado a volar más de cinco metros cuando la segunda sacudida —mucho más fuerte y brutal— contrajo su cuerpo. El ave sintió que una mano invisible la atrapaba en el aire para estrujarla sin piedad. La molleja y el buche se le torcieron con violencia, mientras los ojos se salían de sus órbitas y un chorro de excremento era expulsado por la cloaca.

    Casi de inmediato sus alas perdieron sustento y se precipitó como una granada de mortero. El ave pasó por entre un arbusto y una de las alas se desgarró. Finalmente, rebotó contra el césped un par de veces antes de terminar junto al respaldar de una de las bancas del patio.

    El gallinazo comenzó a convulsionar y retorcerse. Uno de sus ojos había desaparecido, el otro seguía moviéndose de un lado a otro sin parar. Apenas respiraba, pero tampoco tenía con qué volverlo a intentar: todo dentro de él era un amasijo de órganos destruidos. Resignado a su suerte, notó que el cielo se despejaba, que ya no había nubes ni aves melindrosas, que todo se tornaba gris y un poco gaseoso. Luego vino el sosiego y la angustia despareció; un tenue resuello agitó algunas briznas del prado y el aire dejó de ser necesario… la oscuridad había apagado su único ojo.

    Sus hermanos lo contemplaron impávidos mientras seguían dando vueltas alrededor del colegio, sin atreverse a descender. Sabían, que en uno de los patios pequeños, aún se podían ver los despojos de las otras tres aves que habían sucumbido ante la impaciencia. Y sabían también, que pronto desaparecerían hacia la parte más oscura de los pasillos, tal como había pasado con los otros cuerpos: los que fueron arrastrados por las sombras cuando todo comenzó.

    Mientras la bandada mantenía su acecho, el sol avanzó camino hacia el ocaso tiñendo los muros del colegio con grandes destellos de luz, algunos, rojos e intensos como aliento de dragón. Varios de ellos se alcanzaron a colar por encima de los tejados del tercer piso —y por entre las ramas de los pinos que se alzaban junto al patio central—, creando una especie de abanico de luz, tan resplandeciente y abrumador, como para hacer parpadear al hombre que se acercaba por el pasillo... Se trataba del profesor Juan Fernando o simplemente Juanfe, como le decían con cariño sus colegas y los alumnos de los dos últimos cursos de bachillerato.

    El profesor se detuvo para contemplar al gallinazo que acaba de morir víctima de los efectos de la discrepancia que se había formado sobre el colegio, y que envolvía una gran parte de las instalaciones. Lo miró sin afán y sin hastío: en lo que llevaban atrapados a merced del, ya tan común fenómeno —más de una semana—, había visto caer a varios: prácticamente uno cada día. Todos, sin excepción, ahogados en medio de un extraño desespero como si no pudieran respirar: como si en ese colegio ya no hubiera tiempo o espacio para el oxígeno… Una estupidez, desde luego, pero eso era lo que su mente cansada y agobiada quiso imaginar.

    Los minutos corrían y Juanfe no se decidía a moverse. Sus ojos seguían fijos en el ave, albergando, tal vez, la tonta esperanza de que todo fuera un mal sueño o que, en cualquier momento, todo lo que hubiera muerto fuera a resucitar… Aunque más parecía que se le hubiera olvidado que ya se le estaba haciendo tarde para cumplir con lo que le habían asignado.

    Juan Fernando respiró profundo y miró el reloj digital que se veía sobre una de las carteleras de ciencias:

    18:20 17/12/2030

    Un gesto mordaz apareció en su rostro: ¿diez y siete?... Los datos que mostraba ese reloj correspondían al tiempo transcurrido dentro de la discrepancia. Pero afuera de ella, bien podría seguir siendo el doce de diciembre; y bien podría no haber pasado ni una hora desde que el incidente comenzó. Y bien podría, también, que todo se siguiera viendo con la misma y aparente normalidad de siempre… Muy distinto a lo que percibían con sus picos los danzantes alados; el olor a muerte parecía ser lo único que podía atravesar con libertad la discrepancia, como un mosquito por la red de un arco de futbol.

    Elevó la vista al cielo. Ahí estaban, girando con la lentitud de un viejo plato de microondas, dejándose llevar por las corrientes de aire caliente: pacientes, apáticos… sin ningún afán.

    «¿Será que treinta gallinazos dando vueltas sobre un colegio no son suficientes como para despertar la curiosidad de algún idiota?» —pensó, mientras dejaba escapar un bufido de rabia.

    Su atención regresó y se concentró en el corredor por el que debía continuar la marcha; aún le faltaba un buen trecho para llegar al sitio donde lo esperarían los de La Unidad o el delegado de los ángeles. Desde ahí, lo que le faltara por andar para entregar la maldita ofrenda era un misterio; ninguno de los que la habían llevado los días anteriores había regresado. Pero así eran las nuevas reglas. Y así le supieran a mico —esta y otras disposiciones de los Ángeles—, sabía que eran por el bien de los seres humanos y por la supervivencia de los que quedaron atrapados en la discrepancia; incluido el tarado que se había ofrecido a llevar la última bolsa amarilla… Juanfe suspiró y apretó sus labios al recordarlo. Luego, contempló por última vez el cadáver del ave, al tiempo que se aguantaba las ganas de quedarse a procrastinar un rato más.

    Sus piernas recobraron el movimiento mientras pensaba que, en medio de todo, al avechucho no le había ido tan mal en comparación con todo lo que había sucedido más atrás, a la vuelta del pasillo, donde estaban el salón de profesores, la oficina del rector y la biblioteca. Su estómago se estremeció al recordar lo que había visto, cuatro días atrás, cuando se topó de frente con el horror que había teñido de rojo y cenizas humanas las paredes del colegio.
    . . .

  • Rumbo hacia el siguiente paso... mientras tanto:

    Actualización #1  · sábado, 30 de noviembre
    Compartiendo los últimos días del año con mis alumnos del taller de escritura creativa (de 8 a 12 años)



    Como escritor me siento muy agradecido con el talento y la destreza que la vida me dio.

    Una forma de devolverle a la vida —porque así debe ser—, es ayudar a crear un nuevo ciclo: una nueva generación de escritores. Se ensancha la sonrisa, se siente bien, se vive mejor, cuando se sabe que las semillas de la creatividad y la fantasía están comenzando a germinar en sus cabecitas... Nuestro lema en clases: ¡Quiero usar el poder de mi imaginación!

    ¡Y vaya que lo tienen!

    Hoy trabajamos con "Sapolio" esa rana de patas rojas que, desde hoy, es Bombero, es Salvavidas, es un Héroe del bosque en llamas, un afamado Cantante y un amoroso Padre de dos renacuajos (queda constancia que también se le vio en el bosque con una "amiguita" montando en un unicornio; la imaginación de los niños da para todo)

    Nos quedan una pocas clases antes de que salgan a vacaciones. Yo, aprovecharé desde el lunes a continuar con la lucha que existe entre los Ángeles e Isabel; esa joven que los tiene con las plumas erizadas.

    :)

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Mariano Estela Aldana

El día que dejamos de creer en los ángeles

Novela de ciencia ficción ambientada en un futuro distópico en el que los ángeles y humanos conviven en la Tierra

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