Los ingleses llaman daydreamer a aquel que sueña despierto. Era uno de los insultos más recurrentes entre los que se burlaban de mí.
Me gustaría verlos ahora. Disfrutaría como un niño observando cómo trataban de prender desesperadamente una cerilla, incapaces de aceptar la tesitura de que todo, absolutamente todo, se había apagado.
Yo sonreía ampliamente desde la comodidad de mi ostentoso hogar. Era el propietario de WorldLux, la mayor compañía eléctrica del mundo. Mi empresa canalizaba las fuentes energéticas a lo largo y ancho del planeta con el objetivo de abastecer de recursos a la unidad ZLR-32, el androide más sofisticado e inteligente de cuantos se habían creado.
Había hecho falta quemar muchos combustibles fósiles. De hecho, si uno miraba por la ventana podía apreciar cómo los rayos del sol ya no pintaban las calles de reflejos dorados. Densas nubes de humo negro cubrían el cielo, impidiendo que el astro rey realizara su función.
Por supuesto, nadie más que yo se anticipó a este panorama. Ni siquiera el Gobierno, con su supuesta formación académica y su obsesión por las políticas medioambientales, pudo siquiera intuir lo que se le venía encima. Digamos que, como diría Don Corleone, “les hice una oferta que no pudieron rechazar”.
Me presenté en la oficina en calidad de visionario y les expuse mis ideas. No dudaron un instante. Un contrato en el que se planteaba la introducción en el país de la última tecnología era un caramelo demasiado apetitoso como para dejar que otros se lo comieran. Firmaron debajo sin leer la letra pequeña.
WorldLux se reservaba el derecho al monopolio, a tomar el control de todos los medios a su alcance para lograr sus propósitos. Mis propósitos. Había condenado al mundo a la oscuridad eterna. Pero en mis ojos brillaba la luz.
La luz de quien lleva toda la vida soñando despierto.
Saludos Insurgentes