Lo más extravagante del siglo XXI no había sido que el 78º presidente de los Estados Unidos hubiese proyectado una loca enmienda sobre Patrimonio, y que cualquiera que entrase en barco por el Hudson se encontrase con la estatua de la libertad pintada de rojo, o de negro, según el mes. No, lo más chocante no era eso; ni el hecho de que aquella canción tarareada por un borracho –su estribillo decía algo así como crazy world, ohh crazy world…– se llegase a convertir, por Decreto, en himno nacional, como una insinuación en ciernes, una alegoría inquisitiva que proclamaba que la normalidad residía solamente allí.
Y aunque dichas escenas difuminaran las de hombres vestidos de indio entrando armados en el Capitolio, ninguna resultaba la más estrambótica de la destacada potencia. Porque lo que nadie esperaba, por otro lado, era que un par de críos obtuvieran el primer mensaje del espacio exterior tras una simple interferencia de cables del televisor. Tal hallazgo, en efecto, arrojaba la posibilidad de existencia de vida humana más allá del sistema solar. Entonces la grabación se hizo pública, y sonaba como una melodía canturreada, incomprensible, gutural. Tras corregirse los artefactos, separarse las pistas, se llegó a una conclusión unánime, que dejó a todos perplejos: y es que la armonía alienígena se parecía incuestionablemente al estribillo de Crazy world.
Fue cuando el 78º presidente compareció, contundente:
–¡Es una burla! Vemos necesario tomar medidas severas. Nuestras naves ya están preparadas.
Una nueva guerra, ¿esta vez contra quién? La reacción mundial fue enmudecer de asombro, como siempre, y resarcirse pensando que quizás la vida extraterrestre no estaba tan distante, pues de verde, de negro o de rojo, la estatua perseveraba en las mismas beligerantes reacciones, y eso, me temo, tenía mucho, mucho de marciano