Miras el papel, en blanco, frunces el ceño y te estrujas los sesos lo mejor que puedes tratando de que el impulso de escribir algo y manchar la pulcritud de la hoja llegue a tu mano, completamente en vano. Quieres escribir, necesitas escribir, pero el papel sigue igual, en blanco. Y tu brazo se parece cada vez más a un tronco tumbado, apresado por maleza silvestre que lo ha mimetizado con el prado que es tu mesa. El lápiz tal vez no sea, más que una rama rebelde, que trata de escapar de la uniformidad con el vacío, pero en vano, porque el papel, sigue, vacío. Arrancas el tronco y talas cada árbol del pútrido bosque que te sume en la escasez de ideas y representaciones. Das una vuelta por tu cuarto, dos, tres, cuatro contando cuando te levantas a por agua. Refrescante portadora de ideas, el agua que consumes buscando a lo que te inspire.
Te ahogas en vaso de cristalina y ligeramente fría agua, tratando de que pasen los segundos que transcurren con el papel en blanco. Dejas el vaso en la mesa y regresas, huraño, a tu bosque masoquista particular, en el que te revuelves en tu silla, como si volvieses al pupitre del colegio, atrapado frente a un ejercicio que no sabías resolver, y contemplas tu obra no nata, fustigándote con el paso del tiempo, que transcurre como si no avanzase en un espacio en blanco, en el tiempo.
Lees un poco, buscando referentes que te han olvidado en lo yermo de tu habitación, que merma su espacio a medida que ves menos colores en la paleta que es tu mente. Tiras el tomo de segunda mano contra la cama, hastiado de ver palabras e ideas imposibles de transcribir o mutar dentro de tu propio alfabeto.
Sabes que en cuanto empieces a deslizar la mina de grafito de tu lápiz de la suerte sobre el folio empezarás a releer compulsivamente cada palabra escrita, las verás burdas, banales, las sentirás vacías, pedantes. Todo un intento de destacar que acabará en un fracaso estrepitoso. Tal vez sea mejor no escribir, tal vez si escribieses te dieses cuenta de que no te gusta lo que escribes, de que no eres bueno en lo que te gusta. Que no has mejorado nada en tantos años de práctica, que sigues siendo un adolescente escribiendo sus pensamientos por la noche. Te preguntas si no ha llegado el punto en el que no eres capaz de escribir, no por falta de ideas, si no de esperanza, en escribir algo que merezca la pena ser leído.