13 de agosto, 2020
Hace exactamente un año mi única preocupación era llegar a un acuerdo con mi madre para librar un fin de semana en verano antes de empezar la universidad. No es que tuviera grandes planes, en realidad, yo nunca he tenido planes, ni grandes ni pequeños. Decir que odiaba mi trabajo se quedaría corto. Desde que tengo uso de razón, recuerdo trabajar de sol a sol en el chiringuito que mi madre tenía alquilado en una playa nudista de Málaga. El que no ha servido paellas a 40 grados sin más uniforme que un mandil de lunares y una peineta nunca podrá entenderme. Odio el mar. Solo pensar en el sonido de las olas y ya está el ridículo tic martirizándome . Abro la mandíbula en tres tiempos agitando la cabeza hacia delante y cierro los ojos como si me dieran espasmos. He intentado corregirlo, pero es más fuerte que yo. Juré que, si algún día lograba salir de aquel agujero al que mi madre se refería como "coqueto restaurante junto al mar", no volvería a vivir cerca de la costa en toda mi vida. El que dijo “nunca digas nunca jamás”, no conocía a María José Durán Lucas Bustamante Bovedilla, Jose para los amigos.
Mi vida ha sido un alarde de exhibicionismo constante, involuntario, pero constante. Por esa razón, nadie se creería que tengo pánico atroz a mostrarme como mi madre me trajo al mundo. Ella me repetía hasta la saciedad que, aunque yo no lo creyera entonces, me estaba haciendo un gran favor. Supongo que se refería al grandísimo favor de necesitar un psicólogo de por vida.
-Eres una niña remilgada y con la vergüenza no se come. Tan lista para estudiar y tan tonta para las cosas prácticas de la vida.
Una historia muy interesante.
Ganas de más.
Saludos Insurgentes